La liberación de Joaquín El Chapo Guzmán es asunto de Estado porque así lo ha asumido Andrés Manuel López Obrador

EL PERSONAJE ES EL MENSAJE

Por Rafael Cardona

La insistencia con la cual el señor presidente de la República incluye en sus conferencias mañaneras al señor Guzmán, como llama a “El Chapo”, obliga a corregir o ampliar la famosa tesis (superada hace años) de Marshall McLuhan, sobre el medio y el mensaje.

En el caso actual el mensaje es el personaje. Y no me refiero al señor de Badiraguato; hablo del jefe del Estado mexicano. Si lo dice el jefe de Estado, es asunto de Estado.

El solo hecho de incluir asuntos relacionados con el quejicoso malestar de un reo en los Estados Unidos, avecindado en el “Alcatraz de los Apalaches” por una extradición legal, y las condiciones o maltrato a ese personaje en la ergástula inviolable de las profundidades rocosas, convierte el asunto en tema de abogados, porque si bien estos tiene la obligación de husmear por los resquicios de la legalidad, para descubrir astillas de ilegalidad en cuanto su cliente, no debería ser tema del Ejecutivo hurgar en esos temas ni jugar, con el peso de su cargo, como oficioso abogado del célebre criminal hoy PPL.

PPL, significa en el lenguaje penitenciario, Persona Privada de su Libertad, lo cual es un eufemismo ridículo para describir a quien vive tras las rejas o a la sombra, como se decía en las crónicas policiacas de “El güero” Téllez Vargas y mucho antes.

Pero el caso es recurrente.

Alguna vez vimos a nuestro gran  estadista  –en las inmediaciones del inexpugnable domicilio sinaloense–  saludar confiadamente a la madre de don Joaquín, y ofrecerle atención a una carta de cuyo contenido todos nos enteramos, una gestión del más alto nivel, para retornar  a México al narcotraficante,  pues aquí  resultaría sencillo lo imposible allá: evadirse del penal cómo ya lo ha hecho en dos ocasiones,  una escondido entre sábanas sucias y la otra a través de un larguísimo túnel construido bajo las narices de los administradores y custodios; porque si al ojo del amo engorda el caballo, más robusto se pone si alguien se hace de la vista gorda.

Más allá de la discusión sobre el respeto a los derechos humanos (el segundo de los cuales, la libertad, queda suprimido en la cárcel), el tema de abogar por un reo –excepto si es un detenido como el señor general Salvador Cienfuegos, cuyo caso, absolutamente distinto–, debería mover a la silenciosa prudencia y no a la manifiesta simpatía.

Si el impulso de esta preocupación es el respeto a los Derechos Humanos, bien podría Genaro García Luna pedirles a sus abogados recorrer esa quejumbrosa ruta, a ver si logra también, la abogacía matutina en las conferencias del Palacio Nacional.

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