Cada vez parece más difícil para los intelectuales afines a la IV-T cumplir con  su encargo generacional de llevar los afanes populistas de su líder a una conceptualización económica de un proyecto aún difuso, cuya contundencia atreviesa el tiempo.

La marca misma “Cuarta Transformación” (en el sentido de una oferta de mercadotecnia electoral exitosa, nada más) , no tiene sustento en la evolución histórica de este país, al menos no hasta ahora.

Uno de esos intentos públicos se debe al talentoso Lorenzo Meyer (y por pública la comento), quien se pregunta seguramente con la mano en la barbilla:

¿Y esto cómo se llama?

“Hoy y aquí —dice sentencioso—, se debe buscar una economía política que si bien no tiene que ser enteramente original, si debe corresponder a la gran meta que se persigue.”

Esta ignorante columna confiesa plenamente su deficiencia: más allá de los lemas de campaña y los fervorines sobre la felicidad humana, como los expresados el fin de semana en Chiapas, con todo y los ingredientes pacifistas de la reconciliación, ignora cual es “la gran meta que se persigue”.

El recurrente tira-tira entre la tercera y home, no puede ser una gran meta. Tampoco le otorgo esa epopéyica categoría a los afanes de extinción de todo cuanto se toca y cuya amplitud cubre aeropuertos, instituciones, obras públicas, compromisos y hasta corporaciones policías o militares.

Pero dice algo simpático el buen Lorenzo. Después de trazar un esbozo de los orígenes del pensamiento económico de la Colonia para estas fechas, comenta:

“—En 2018 una insurgencia electoral en México puso fin (le puso fin, sería mejor) a un sistema con gran déficit de legitimidad. El que le ha depuesto dice rechazar los dos pilares del  arreglo pasado: autoritarismo y neoliberalismo. Al primero lo va a sustituir con la democracia policía, pero respecto del segundo no hay claridad.

“Al proyecto económico de la IV-T le está faltando precisar y explicar el conjunto de ideas que orientan tanto el desmantelamiento del neoliberalismo, como la construcción teórica de su reemplazo, que si bien aún no tiene nombre, tiene contenido (¿?): darle al Estado un papel central en el proceso del desarrollo económico y social.”

Dichas así, de golpe y con la autoridad académica de lo repentino y la ligereza propia de un artículo de prensa, las cosas suenan geniales, pero si uno les mete la uña (o el colmillo), se diluyen como azúcar en agua tibia.

¿Insurgencia electoral? Chale.

—¿De veras el depuesto sistema era autoritario, autoritario?

Yo no lo creo.

Pongamos un ejemplo; ¿en un sistema realmente duro (pensemos en Stalin, Castro, Franco, etc), un dirigente social como Andrés Manuel habría sobrevivido, actuado, formado partidos políticos, organizado movimientos, tomado plazas,  durante tantos sexenios sin conocer siquiera una delegación de policía?

Si la definición del autoritarismo pudiera recaer en la frase “paciana” del ogro filantrópico, yo la complementaría con la imagen del último tramo del viejo régimen: el eunuco maniatado.

El autoritarismo siempre invocado, cuando ahora vemos pasos firmes en un ejercicio de control absoluto cada vez más determinado  y decidido, centralizado y unipersonal como nunca antes, ni siquiera en los tiempos de Cárdenas, nuestro último tlatoani, resulta hoy una caricatura.

Un autoritarismo al cual le tiran obras públicas por la resistencia de un puñado de dirigentes con el escudo de los pueblos originarios, capaces de abatir aeropuertos, hidroeléctricas, carreteras y demás, ni puede ser tomado muy en serio como prueba de la dictadura. Ni siquiera de la ocurrente frase de Vargas Llosa, de la dictadura perfecta. Si hubiera sido perfecta no la echan abajo.

La forma como en pocos días fueron prácticamente anulados los policías federales inconformes por los malos tratos y las acusaciones no probadas, sin mencionar el atropello a sus derechos laborales (además de los médicos residentes, entre otros grupos), es una muestra de cómo se puede someter sin reprimir con el tolete en la mano.

Se quiere disfrazar  la concentración  autoritaria con el munífico reparto de pensiones sin ton ni son, con programas socioelectorales. La compra de clientelas, la subvención de las conciencias, los estómagos agradecidos, no son una filosofía, son una estrategia perdurable en un afán de poder interminable.

Hoy no tenemos un ogro filantrópico, tenemos un patriarca pontifical, decidido a conducir política y moralmente a un pueblo.

Como dice Jan Werner Müller: “el principal postulado populista implica que, para empezar, quien no apoye verdaderamente a los partidos populistas, no podrá formar parte del pueblo verdadero.”

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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