Como el gobierno no puede arreglar las necesidades del país, quiere resolver los problemas del mundo

El gobierno del mundo; los problemas locales

Por RAFAEL CARDONA

Nadie sabe por qué sucede, pero es un fenómeno frecuente: los lideres mundiales, especialmente los del llamado Tercer Mundo, concepto añejo y ahora en desuso, buscan en el desorden mundial no solo el origen de sus problemas, sino la receta para solucionarlos.

Como no pueden arreglar el país, quieren arreglar el mundo. Y en ambos empeños, fracasan.

Veamos un ejemplo muy cercano de este anhelo de resolver el mundo a base de consejos moralistas. Todo esto ocurrió en un lapso de 48 horas:

Esta demostración de ineptitud (un gobierno incapaz de resolver un problema autogenerado por sus políticas “moralizantes”, sin resolver ni las malas prácticas del pasado ni las consecuencias de sus atropellados procedimientos puede ser vista como una demostración de honestidad política, pero también como un desvarío en el campo internacional.

–¿Por qué?

Porque el mismo gobierno cuya capacidad de organización y distribución no supera ni a los vendedores de papitas, va a las Naciones Unidas a exponer exigencias y recomendaciones sobre la vacunación del mundo en medio de la pandemia.

Comparemos el tono:

“Estamos en decadencia porque nunca antes en la historia del mundo se había acumulado tanta riqueza en tan pocas manos mediante el influyentismo y a costa del sufrimiento de otras personas, privatizando lo que es de todos o lo que no debe tener dueño; adulterando las leyes para legalizar lo inmoral; desvirtuando valores sociales para hacer que lo abominable parezca negocio aceptable.

Veamos, por ejemplo, lo sucedido con la distribución de la vacuna contra el COVID-19. Mientras las farmacéuticas privadas han vendido el 94 por ciento de las vacunas, el mecanismo COVAX, creado por la ONU, para países pobres, apenas ha distribuido el 6 por ciento; un doloroso y rotundo fracaso.

Este dato simple debiera llevarnos a admitir lo evidente: en el mundo actual la generosidad y el sentido de lo común están siendo desplazados por el egoísmo y la ambición privada; el espíritu de cooperación pierde terreno ante el afán de lucro y con ello nos deslizamos de la civilización a la barbarie y caminamos como enajenados, olvidando principios morales y dando la espalda a los dolores de la humanidad.”

La selección del primer discurso nos habla de la Secretaría de Salud, Los párrafos del segundo, del Apocalipsis.

Previamente el señor presidente les había puesto un rapapolvo al secretario de Salud, Jorge Alcocer (a quien más tarde cubrió de elogios, como linimento ante la frijoliza) y al director del Insabi, un incapaz bueno, para poco, llamado Juan Ferrer.

“Esto va para Juan Ferrer, para el doctor Alcocer –les dijo públicamente–: Yo no quiero escuchar que faltan medicamentos y no quiero excusas de ningún tipo, no podemos dormir tranquilos sin medicamentos para atender a enfermos”.

Pues malas noticias para el insomnio presidencial: con estos métodos, estos personajes y esta estrategia nunca se va a resolver el problema, sobre todo si un día después del manotazo, viene la explicación con tono de disculpa:

–…Y también quiero aquí aprovechar decir que le tengo toda la confianza, porque se malinterpretó. No se malinterpretó, es que yo lo dije de una manera un poco fuerte. La política, entre otras cosas, es equilibrar la pasión y la razón, y quienes nacemos en el trópico, como ustedes, de Colima, los tabasqueños, a veces nos sale la pasión, pero lo mejor es el equilibrio. Aunque se tenga el corazón caliente, la cabeza fría, equilibrar razón y pasión, eso es lo mejor.

“Las dos cosas son importantes, las transformaciones se hacen con pasión, pero también se requiere la moderación, el autolimitarnos.

“Entonces, ayer como lo dije se pensó que era un regaño al secretario de Salud, que es una gente extraordinaria el doctor secretario Jorge Alcocer, doctor secretario de Salud, Jorge Alcocer, lo conozco desde hace mucho tiempo…Premio Nacional de Ciencias, reconocido mundialmente en su especialidad y además hombre bueno, honesto, de convicciones; pero también necesitamos que no falten las medicinas…”

¿Y de Juan Ferrer? NI media palabra.

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