Aquella noche en el Club de Periodistas

Veo y vuelvo a ver la fotografía de aquella noche. Fue en noviembre de 2018 en el Club de Periodistas. 

Noche de gremio, fiesta de compañeros. 

Todos contentos porque “El bolo” había editado su libro de cuentos, ese libro cuyos originales vi y leí cuando su confianza me lo permitió años atrás mientras los redactaba arduamente entre el fragor del noticiario de Pepe Cárdenas. 

–¿Te puedo pedir un favor, me acompañas a presentar mi libro?, ya quedó terminado. Y me lo entregó con una dedicatoria sencilla, clara, cariñosa. 

–Claro que te lo presento, le dije, claro que te acompaño.

Muchos de esos cuentos los conocí –cuando eran borradores apenas–, en las varias tardes cuando al terminar la emisión yo lo llevaba a su casa de la colonia del Valle cuando ya no manejaba. Le avisaba a su siempre Elizabeth o a Miriam (a quienes les mando mi condolencia), sobre mis afanes de auriga y eso nos daba tiempo de conversar y reír en el trayecto desde Polanco.

Hoy veo a Bolívar Roblero Zúñiga, con una enorme sonrisa en la mesa de paño colorado en la cual Rodrigo Porrúa, Amadeo Franco, Roberto Ramos y yo,  presentamos la primera edición de su literatura, agrupados bajo la sombra de Xtabay y un epígrafe como presagio: morir, es dormir un poco. 

Ahora Bolívar duerme. 

Aquella noche la alegría se podía cortar con un  cuchillo en el aire. A pesar de sus muchos quebrantos y sus problemas de salud (recuerdo las enormes letras de su pantalla sobre fondo negro en la oficina del noticiario), nunca perdió la dulzura de su trato. Nervioso a veces, frágil en ocasiones, como bien describe a su personaje en uno de los cuentos del libro, cuando Sara Moirón amenaza colgarlo de la antena (y de una parte más suya), Bolívar nunca perdió la dicha de vivir.

Mi última comunicación con él fue con motivo de la música de Barry White. Se conmemoraba un aniversario de su muerte y alguien en detrimento del gran erotómano musical, le  decía en tono de crítica mayor: con una canción ya los oíste tofas.

–¿Qué opinas tu”, me preguntó.

–“No importa, eso mismo decían de Vivaldi”, le dije.

–Sus carcajadas fueron ruidosas, como siempre. 

Bolívar fue, sobre todas las cosas, un hombre de noticias. 

Devoto, firme en su compromiso por hacer las cosas con calidad, con presteza, adicto a la incurable adrenalina de la radio, de las prisas inclementes, del furor por lo instantáneo, luchaba como un león en los teléfonos para localizar al contacto, a los entrevistados; los camelaba, les endulzaba el oído para lograr su voluntad, les arrancaba la cita, los empujaba, hablaba con ellos y los envolvía. 

Todo para hacer un mejor noticiario. Y lo lograba. Siempre discreto, siempre dispuesto.

Su enorme olfato descubría la noticia bajo los pliegues del disimulo oficial. Amaba su trabajo y era solidario con sus amigos, con sus compañeros, con los conductores. No hubo jamás colaborador cuya relación no deviniera en respeto, cercanía. 

Yo solamente le agradezco ahora algo cuando no es tarde porque en vida y en público se lo dije: gracias, Bolívar por haberme permitido ser tu amigo. Conocerte y quererte. Tu vida fue un privilegio para mi. Tu muerte, mi dolor.

BARTLETT

Nadie sabe a estas alturas cuál es la razón de tanta fraternidad entre el presidente de la República y Manuel Bartlett.

No se trata de ver nada más cómo el presidente atrae hacia la investidura presidencial cualquier crítica a los apagones  la Comisión Federal de Electricidad. Ha defendido a Bartlett en lo personal, cuando se le han descubiertos riquezas no declaradas o irregulares  negocios filiales.

Ha asumido el riesgo de las comparaciones y las posibles acusaciones de complicidad. No lo ha dicho literalmente, pero al salir en su auxilio de tan franca manera, con tanta vehemencia, con el pecho protector por delante, al denostar a los críticos y asumir para sí los señalamientos, ha puesto por él las manos en el fuego. 

¿Habrá algo en la historia política de Bartlett suficiente para tanta empatía, para tana defensa?

Nadie lo sabe pero el único riego es algún día compartir el juicio del futuro. 

Por ahora los apagones son argüendes y mitotes de los adversarios. Ojalá y se quedaran en eso y no en la evidencia de una industria eléctrica nacional deficiente, insuficiente, cara y en perpetua quiebra financiera.

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