Dos actitudes resultan altamente sospechosas en relación con los extranjeros.

Una, por su origen, el terror psicológico ampliamente practicado por el “trumpismo” xenófobo en los Estados Unidos, y otras partes del mundo en las cuales no se necesita a Trump para temer, primero, y odiar después,  a los emigrantes de otros países cuya impureza amenaza los castillos nacionales.

La otra es la empatía irreflexiva e ilimitada por el migrante, casi siempre de los dientes para afuera.

Las semana pasada causaban risa los lamentos, falsos lamentos, producto del lugar común, los cuales hablaban por los medios de comunicación, de “nuestros hermanos” hondureños o centroamericanos.

¿De cuando a acá los seres humanos sólo tenemos fraternidad con los de nuestro mismo genotipo?

Pues desde siempre. Yo nunca he oído hablar de nuestros hermanos alemanes, o nuestros hermanos japoneses.

Cuando ha sido necesario, los gobiernos estimulan alguna de estas actitudes cuyos extremos son dañinos para cualquier sensata forma de convivencia.

Hoy se debe ser muy ingenuo para creer en la espontaneidad de esta caravana ahora ya casi disuelta, cuya abigarrada multitud echó abajo las puertas fronterizas en el puente Robles, de Chiapas. Ese asalto contra nuestras débiles defensas, fue el material mediático necesario para el gobierno de Estados Unidos, a quien ahora podríamos ver como el único ganancioso con esta infame movilización de personas desvalidas a quienes Günter Wallraff podría incluir entre “los perdedores del mejor de los mundos”.

Hoy no es necesario repetir los pretextos del racismo ni hablar sobre la superioridad étnica tan invocada en algún tiempo reciente. Basta con hablar de lo evidente: las diferencias culturales y la protección del espacio.

Para los nazis la cuestión étnica era la justificación de todo su ideal de exterminio. Para el apartheidera suficiente con la segregación (física, urbana, laboral, académica). El exterminio llegaría por sí mismo.

Para el actual sistema cuya expansión en el mundo es más rápida de cómo suponemos, la conducta (es decir, la diferencia cultural), es suficiente para el repudio. Antes las murallas se construían para defenderse de amenazas militares; hoy —por lo menos en Estados Unidos—, se quieren edificar para protegerse de los hombres de mala conducta, de los “bad hombres”; traficantes de drogas (por ellos consumidas hasta la estupidez colectiva), delincuentes y violadores, como si los allí nacidos no estuvieran lo suficientemente locos para bastarse en la cifra de los delitos.

Pero pensar en todo eso resulta innecesario frente a los hechos políticos y geopolíticos.

Se quiera admitir o no, México es hoy un comparsa en el juego migratorio de Estados Unidos. Por eso ha resultado tan humillante el comportamiento de Trump (una vez más y hasta cuando él quiera). Quizá desde Winfield Scott (gobernador militar de la ciudad de México durante la Intervención), para acá, no había quien  dijera: los mexicanos ya comprendieron quién es el amo.

—¿No lo dijo así? No. Lo dijo así, lo cual es lo mismo pero con otras palabras:

—(AP).- Este sábado, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, agradeció a México por contener la entrada de la caravana migrante y aseguró que dicha acción se debe a que “México respeta el liderazgo de Estados Unidos”.

Trump hizo tal afirmación durante un mitin republicano en el estado de Nevada. Además calificó como “increíble” la manera en que la policía federal y las autoridades mexicanas detuvieron el libre paso de la caravana a México.

“¡Quiero agradecer a México, y a los líderes de México que han sido increíbles! (…) ¿Y ustedes saben por qué (contuvieron a la caravana)? ¡Porque ahora México respeta el liderazgo de Estados Unidos!”, afirmó el presidente de Estados Unidos”.

Decirlo así; con el adverbio ahora, significa una derrota enorme para la actitud del gobierno. De este y seguramente del entrante.

En diciembre, otra administración se las verá con el agresivo presidente de Estados Unidos. ¿Dejará (ante sus ojos), de respetar el liderazgo de ese país; conducta tan elogiada en estos últimos días  por quien pone las condiciones y las políticas migratorias mexicanas?

No se sabe, pero se supone.

Sobre todo cuando, por escrito, el futuro presidente de México se ha congratulado de las semejanzas entre ambos.

Hoy queda claro el triple bandazo en el cual los pobres hondureños (acarreados en su mayoría en una caravana grotesca), fueron usados como piezas en una jugada preelectoral de Donald Trump quien pudo exhibir, a través de sus noticiarios favoritos, la marabunta.

Pero lo grave es la imposición para México.

Hoy los adversarios de este agónico gobierno le podrán echar la culpa a Videgaray y a Peña; pero mañana, un nuevo gobierno deberá lidiar con maniobras similares o con actitudes inmutables en cuya cínica expresión se ostenta el desprecio americano por México.

A ver si pronto hablamos de nuestros hermanos estadunidenses, con la misma condición filantrópica como lo hacemos con los centroamericanos a quienes no les damos, en “Tijuanita” ni una yema de huevo.

No les ofrecemos visas de trabajo locales para invitarlos a residir en México. Lo hacemos para frenar el éxodo a los Estados Unidos, con Mike Pompeo en el comando estratégico del Paseo de la Reforma. Ese es el encargo.

 

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