Watergate de Trump… ¿desde Rusia con amor?

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La historia es cíclica. El 17 de junio de 1972, cinco hombres fueron arrestados cuando allanaban la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington D.C. en el complejo de oficinas Watergate; iniciadas la investigaciones el FBI encontró vínculos entre los supuestos ladrones y el dinero negro utilizado por el Comité para la reelección del presidente Richard Nixon. Casi en forma paralela, desde la Casa Blanca se montó una sofisticada operación de encubrimiento, en la que participaron todos –o casi todos- los “hombres del Presidente”.

Determinante en la investigación fue la participación de dos periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, quienes contaron con la ayuda anónima de un informante que conocía los detalles y entretelones desde dentro del grupo compacto del presidente que se hacía llamar “Deep Throat” –Garganta Profunda-; con quien se encontraban en la obscuridad de sótanos y estacionamientos; quien sin permitirles acercarse, les proporcionaba datos duros para seguir las huellas y cuya identidad se conoció hasta treinta años después.

Fue “Garganta Profunda” quien les reveló que el asalto a Watergate era en realidad una operación para instalar una red de espionaje telefónica, planeada y dirigida con la anuencia del presidente por H. R. Haldeman y John Ehrlichman, los principales asesores del presidente que buscaba la reelección –ironías de la vida, que alcanzó en noviembre de ese año por amplio margen y que igual lo hubiera logrado sin intentar hacer trampas-; a los que pronto se sumaron los nombres de Howard Hunt y Gordon Liddy, dos personajes vinculados al Comité de Reelección.

El 15 de septiembre de 1972, los cinco asaltantes, mas Hunt y Liddy, fueron imputados por conspiración, robo y violación de leyes federales; el juez John J. Sirica los condenó en enero de 1973; la investigación continuó y como suele suceder, en marzo de ese año James McCord, uno de los condenados, cantó la sinfonía implicando a los altos funcionarios del gobierno, incluyendo al Procurador John Mitchell; poco a poco se fue descubriendo que Richard Nixon y su equipo conspiraron para ocultar el allanamiento desde seis días después de ocurrido.

Para julio de 1973, el Comité Watergate creado por el Senado para investigar por testimonios de implicados que buscaban salvarse, descubrió que Nixon tenía instalado en sus oficinas un sistema de grabación de sus conversaciones –algo así como para autochicanearse- entre otras una gran parte relacionadas con el encubrimiento. La batalla legal para que las entregará fue ruda, al final la Corte Suprema dictaminó que debía entregarlas. Ante la disyuntiva de enfrentar un impeachment –proceso de destitución-, Richard Nixon renunció a la Presidencia el 9 de agosto de 1974.

El tema y el paralelismo viene al caso a partir del pasado miércoles, cuando John Dean, Consejero Legal de la Casa Blanca durante la presidencia de Nixon, vía twitter –para estar a tono con el estilo impuesto- lanzó una premonición “Hey Donald, un consejo: los encubrimientos no se hacen fáciles a medida que avanzan”, en evidente referencia de cómo en los setentas el presidente se fue involucrando y auto incriminando.

Las coincidencias, con los naturales matices de tiempos, formas y personajes, ahí están; el gobierno de Trump y el mismo presidente enfrentan –por ahora- una controvertida polémica por las revelaciones de que varios de sus colaboradores más cercanos, durante la campaña pasada se reunieron en varias ocasiones con el embajador ruso Sergey Kislyak; encuentros que ocurrieron cuando ya se ventilaba la injerencia de hackers soviéticos en la filtración de correos de Hillary Clinton y el apuntalamiento de la candidatura de Trump.

Retomados por la prensa y en curso una investigación, los involucrados con cierto candor han declarado que sólo fueron conversaciones de “cuates”, que para nada hablaron de la contienda en curso, sólo de temas triviales, tal vez el clima, de Jack Daniel’s el whiskey elaborado en Tennessee, el vodka helado que se disfruta en las terrazas de los restaurantes de Moscú; en este escenario el caso ya provocó en primera instancia la renuncia del Consejero de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn.

Sin embargo, aún hay más; la semana pasada se descubrió que el recién estrenado Fiscal General de EE.UU. Jeff Sessions también mantuvo conversaciones con el citado embajador de Rusia, las cuales se abstuvo de mencionar en enero cuando fue interrogado bajo juramento en el Senado para su ratificación; el jueves 2 de marzo, bajo fuerte presión de congresistas de ambos partidos, la prensa y la opinión pública, en agitada conferencia, Sessions se declaró impedido de participar en cualquier investigación relacionada con la campaña electoral del 2016, incluyendo –por supuesto- la presunta injerencia de Moscú.

Ese mismo día, Trump salió en defensa de la “honestidad valiente” de Sessions; en otra de sus ya recurrentes andanadas de tuits, dijo que Sessions “no hizo nada malo” aunque podía haber respondido con “más precisión”; se lanzó contra lo que definió como “caza de brujas” del partido demócrata, condenó las “totalmente ilegales filtraciones” y para rematar el fin de semana acusó a Obama de “haberlo espiado y grabado durante la campaña”.

Ya para concluir, lo que parece ser el primer jueves negro, la Casa Blanca reconoció que Jared Kusher, yerno y principal asesor de Trump, también participó al lado del defenestrado Flynn en un encuentro con el embajador ruso en diciembre; Las malas lenguas dicen que para darle las gracias, él afirma que para establecer “líneas de comunicación”; y negó que el Jefe del Gabinete Reince Priebus, haya intentado sin conseguirlo que el FBI refutara informaciones sobre tales vínculos de los asesores de Trump con Rusia.

Como se advertirá, las comparaciones son de lógica elemental; dos presidentes, Nixon y Trump del partido republicano; ambos reconocidos como autoritarios y ultra conservadores; enfrentados con la prensa, aunque Carl Bernstein, uno de los periodistas que reveló el Watergate, dijo recién a CNN que “los ataques de Trump a la prensa son más desleales”.

Analistas de reconocido prestigio como Margaret O’ Mara, historiadora de la Universidad de Washington han señalado las similitudes “no sabemos con certeza lo que está pasando, pero la Casa Blanca está presionando tanto contra cualquier tipo de investigación que plantea sospechas”.

Y concluyó O’Mara “la gran lección histórica de la presidencia de Nixon –que Trump no entiende- es que no se trata del delito, sino del encubrimiento”.

Si acaso la única diferencia sustantiva es que en esta ocasión los republicanos tienen el control del Congreso; en contraparte, la presión de la prensa es mayor… la gran interrogante es ¿el Watergate de Trump llegará desde Rusia con amor?…
¿Alguien puede asegurar que esto ya está decidido?

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