Su majestad el franelero y el príncipe valet

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Cuartoscuro

RAFAEL CARDONA

La semana anterior los estacionamientos y su obligatoriedad fueron tema de análisis, discusión y hasta debate. A mi me tocó polemizar contra la postura de Juan Pardinas (no contra él en lo personal), en una emisión radiofónica en el programa de José Cárdenas. Algunos de mis argumentos fueron reproducidos ayer por el mismo Pardinas en su colaboración dominical de Reforma.En ese mismo diario y en la misma semana aparecieron las ideas de Carlos Gerghenson, quien se presenta como investigador de la UNAM lo cual –en verdad–, no sé si sea prueba de infalibilidad académica, pero resulta útil para impresionar a los impresionables. En fin.

Tanto Gerghenson como Pardinas insisten en el argumento central: ofrecerle facilidades a los propietarios de automóviles estimula el uso del auto particular por encima del transporte público cuyo fomento es necesario.

Incluso se llega a un argumento falaz (Pardinas): lograr en un par de generaciones (¿20, 25 años?) “una ciudad menos centrada en los coches y más en las personas”.

Me permito discrepar: conozco personas sin auto, pero no conozco auto sin persona. Hasta las carcachas abandonadas en las calles alguna vez le sirvieron a un señor o una señora. Hablar del automóvil como si fuera un producto extraterrestre cuya “existencia” nos compite por el espacio es ver las cosas de una manera fantástica.

Los autos –los caballos de nuestro tiempo–, les sirven a las personas, no al revés. Y si en alguna época fueron necesarias las caballerizas, hoy lo son los aparcaderos.

Gerghenson, por su parte, centra su argumentación en la tesis del desaliento: mientras más complejo sea el mundo para el automovilista, menos autos habrá. Eso es mentira.

Desde el famoso libro de Wenceslao Fernández Flores, El hombre que compró un automóvil hasta el triste cuento de Fernando Pessoa, La pintura del automóvil, poseer un coche es adquirir uno o muchos problemas.

Se pagan impuestos excesivos, tenencias estúpidas (subsidiadas o no); verificaciones semestrales cuando podían ser anuales o simplemente desaparecer; multas fantasmales tomadas por cámaras ocultas; corralones, arañas abusivas (tan temibles como el “Tatuaje” de Tanisaki) y además, franeleros, mecánicos acomodadores llamados “Valet”; seguros obligatorios, alzas a la gasolina con cualquier pretexto y un sin fin de dificultades y obstáculos (casi todos económicos), como para ahora padecer por la casi obligatoria escasez de estacionamientos.

Pero este debate se ha convertido (como el uso de la bicicleta), en un tema de ideología.

El ciclismo es una postura ante la vida, no un medio de transporte. Por eso causa risa el aditamento favorito de los pedalistas (abominan del automotor, pero en él cargan su salvífica y ecológica bici): una estructura de ganchos metálicos adosados al auto para transportar la bicicleta o los rieles en el toldo,  con la cual la “bicla”, luce como un ufano penacho… pero arriba del auto.

Y ya no se diga de los deportivos usuarios del metro con su vehículo dentro del vagón.

El verdadero problema no son los automóviles ni los estacionamientos ni las ciclopistas; es la falta de planeación y la irremediable condición de este mega desmadre llamado megalópolis.

La desparpajada forma como se entregan permisos de construcción a diestra y siniestra o simplemente se construye sin licencia; cuando se sobrepasan densidades, alturas o se aplican reglas equivocadas, como el Bando 2 de López Obrador, para ultra congestionar zonas de vocación e infraestructura residencial, son los verdaderos problemas.

Darle la decisión a los “desarrolladores” de cuántos cajones se construyen en un edificio, es poner la iglesia en las manos de Lutero.

Se dice, desalentemos la máquina individual de motor. Yo me anoto. Yo, como usuario frecuente del Metro, me anoto, pero si afuera de cada estación del STC hubiera un estacionamiento, sería todo mucho más sencillo.

Pero las estaciones del Metro no tienen aparcaderos; tienen taqueros. Muchos.

Si otro fuera el caso se lograrían enlaces y se facilitarían las cosas. La limitación del estacionamiento no corrige la necesidad del automóvil.

Como me dice Joaquín Álvarez Ordóñez, constructor del Circuito Interior (obra con la cual se doctoró en Urbanismo en Londres), le estamos regalando la ciudad a los franeleros, porque los coches ya circulando hoy, no van a estacionarse en el aire.

Es necesario un programa sustentable de estacionamientos y un decidido fomento al transporte público, pero no se puede partir de agudizar un problema ya existente (la calle como atascado estacionamiento), porque los autos no van a desaparecer por estas “puntadas”. Sobre todo con esos sistemas de financiamiento carísimo, pero instantáneo.

Primero el transporte público. Luego las “puntadas” para dentro de dos generaciones.

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