Séneca: la vida no es más que un viaje hacia la muerte

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Eran las 07: 17: 47 de aquel jueves 19 de septiembre de 1985. Hoy se cumplen 32 años de aquel día en que a muchos mexicanos en mayor o menor medida nos cambió la vida y a otros simplemente se les fue; recuerdo que ese día, como era costumbre acababa de dejar a una de mis conciencias críticas en el Instituto Miguel Ángel de la Florida y me dirigía hacia el otro Miguel Ángel –el de secundaria- y al Instituto México que se ubicaban en la Colonia del Valle, donde estudiaban dos conciencias más. De pronto esperando el siga en el semáforo de Félix Cuevas y Moras, el carro comenzó a moverse y frente a nosotros los edificios del otro lado de la calle se balanceaban; la gente comenzó a correr, otros se bajaban de sus coches, algunas personas gritaban; el tiempo se volvió eterno, al cesar el temblor nos persignamos, la gente seguía corriendo, una señora estaba hincada con los brazos abiertos. Aún así, alrededor no se advertía ningún daño, ya con el semáforo apagado proseguimos nuestro camino.

Ausente en aquella época una cultura de prevención de riesgos, como bien lo advertía Manuel Feregrino en el programa “Fórmula de Fin de Semana” del pasado domingo 10, de forma un tanto mediática sin advertir los riesgos, dejé a mis hijos en sus escuelas, que parecían encontrarse en la normalidad; di la vuelta y tomé Gabriel Mancera para dirigirme como todas las mañanas a mi negocio, un restaurante de comida oaxaqueña cuyo nombre era el “Marques de Oaxaca”, ubicado en la calle de Zacatecas 163, casi esquina con Tonalá, en la Colonia Roma.

Al llegar al Viaducto ya para tomar la calle de Monterrey de pronto todo cambió; gente corriendo literalmente fuera de sí, sirenas de ambulancias permanentes, carros abandonados, un helicóptero sobrevolaba a baja altura y una nube de polvo se advertía a pocas cuadras; di la vuelta por la lateral del Viaducto y tomé Manzanillo, logré avanzar unas cuadras y estacioné el carro para irme caminando al “Campanella”, el otro restaurante en que había iniciado mi aventura por los sabores de la tierra. Así, por fin llegué a la zona devastada, escenas desgarradoras ocurrían, algunos lloraban de dolor –físico- otros del alma y muchos de impotencia al no poder hacer mucho para rescatar a familiares y amigos que suponían se encontraban bajo los escombros de casas y edificios. Al llegar al inmueble que albergaba el restaurante, ya se encontraba ahí José, el joven que hacía la limpieza; estaba desencajado, como si no entendiera lo que estaba pasando; junto a él, llorando, estaba don Armando, el “sonrisas” para los cuates.

Don Armando, vivía acompañado de “Batman” su perro, -un Pastor Alemán que contaba se lo había encontrado vagando- en un edificio de seis pisos en la misma calle de Zacatecas, casi en la otra esquina, la de Jalapa; él ocupaba la planta baja, que además de su “cueva” –como le llamaba- era al mismo tiempo bodega de “aguas minerales” y Peñafiel de sabores que todos los días distribuía, en su bicicleta adaptada para tal efecto en los bares, restaurantes y fondas de la zona. Hombre solitario, viudo desde varios años atrás, sus dos hijos habían partido “del otro lado” en busca del “sueño americano”; llevaba una vida metódica; a las seis de la mañana se levantaba, barría la bodega, luego realizaba el inventario para llamar y hacer su pedido, en el inter tomaba su cafecito y a las “siete y cinco” –casi con puntualidad inglesa- sonaba la campana del camión de la basura, que se estacionaba a media cuadra, tomaba su bote y la salía a tirar. Sin embargo, ese día se retrasó, llego casi a las siete y cuarto, ya “viejos conocidos”, bromeando reclamó la tardanza, en ese diálogo estaban cuando empezó a temblar, Toño el chofer, de un brincó se bajo del camión y el “estoperoles” su ayudante hizo lo propio; se quedaron inmóviles sin saber qué hacer, viendo cómo se mecían las casas y el edificio que era el único en esa cuadra, “Batman” ladraba, se escuchaban gritos y el suelo no paraba de moverse; de pronto el edificio comenzó a tronar, más gritos desesperados, luego frente a sus ojos, se derrumbó, “se vino para abajo como acordeón” me decía sollozando y temblando Don Armando; tomándome de la mano repetía nombres de personas, familias, niños, con quienes convivía a diario o saludaba y conocía; ellos Don Armando y “Batman” fueron los únicos sobrevivientes de aquel edificio; estaba totalmente descontrolado, fuera de sí…ese día fue la última vez que lo vi…

Ese mismo día, que recuerdo como uno de los más trágicos que me han tocado vivir, conocí de varios otros dramas; Rosario, una bella joven veracruzana que poseía la gracia y el salero de donde “hacen su nido las olas del mar” –versión el Flaco de Oro- que trabajaba en “Marco Antonio” un salón de belleza propiedad de un estilista del mismo nombre, ubicado en el piso de arriba del “Campanella”, frente a los tacos del “Jarocho” y los vampiros del “Tlacuil”; lloraba desconsolada, desesperada, nada podía contener su llanto, cuyas lagrimas aún deben seguir siendo perlas que alimentan los océanos; habitaba en un edificio pequeño de tres pisos en la calle de Tonalá, vivía con su mamá, otros dos departamentos los ocupaban sus hermanos y sus familias; ese día, el 19 era su cumpleaños, por lo que, la noche anterior, sus amigas le organizaron “un pastel” en la casa de una de ellas por los rumbos de Aragón, se hizo tarde y se quedó a dormir, ella y tres sobrinos que ya habían salido para la escuela fueron los únicos que salvaron la vida.

Como estas, hay cientos, miles de historias, personales o colectivas como las de las costureras, todas igual de dolorosas; como también las hubo de vida, de heroísmo, de héroes anónimos, de sacrificio, incluso de milagros, ahí están los niños del Hospital Juárez rescatados con vida siete días después.

Septiembre 19 de 1985 fue un antes y después en nuestras vidas; el despertar de una sociedad que resurgió de sus escombros y cenizas, que lloró a sus muertos, a sus desaparecidos, que nunca perdió la esperanza de encontrarlos vivos o mejor dicho que nunca enterró a sus muertos, porque como bien lo apunta Cicerón “la vida de los muertos está en la memoria de los vivos”.

Hoy en Oaxaca, como hace 32 años en la Ciudad de México, la naturaleza y la adversidad nos ponen a prueba, que nadie lo dude saldremos adelante con renovado espíritu, el sufrimiento es pasajero y es el precio por estar vivos; diría Mario Benedetti “No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, retirar escombros, destapar el cielo”.

¿Alguien puede asegurar que esto ya está decidido?

RAÚL CASTELLANOS HERNÁNDEZ / @rcastellanosh

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