Monseñor Felipe Arizmendi

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En preparación para la Jornada Mundial de la Juventud, que se realiza estos días en Panamá, se llevaron a cabo, la semana pasada, dos actividades previas: Una, con jóvenes indígenas de muchas partes del mundo, allá mismo en Panamá; la otra, en el Seminario Conciliar de la Arquidiócesis de México, con 36 seminaristas procedentes de varias culturas originarias de América Latina, todos ellos autóctonos de diversos pueblos, hablantes de sus idiomas indígenas maternos.

Participaron candidatos al sacerdocio de las culturas Guaraní (Paraguay), Aymara (Bolivia), Ashaninka (Perú), Kichwa (Ecuador), Piratapuyo y Tucano (Colombia), Bribri (Costa Rica), Miskito (Nicaragua), Q´eqchí´ y Kaqchikel (Guatemala),  Náhuatl, Cora, Maya, Zoque, Mazahua, Purhépecha, Tsotsil,  Ch´ol, Otomí, Zapoteca y Mixteca (México).

Este encuentro fue organizado por la Conferencia del Episcopado Mexicano, por medio de sus Dimensiones de Seminarios, Pastoral de Pueblos Originarios y Afromexicanos, en coordinación con los Departamentos de Vocaciones y Ministerios, de Cultura y Educación, del CELAM.

En un primer momento, compartieron las realidades sociales, económicas, políticas, culturales y religiosas de sus pueblos. En seguida, analizaron documentos del Magisterio eclesial, desde San Pío X, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y Documentos de Puebla, Santo Domingo y Aparecida, en lo que tienen que ver con la pastoral indígena. Al final, hicieron varias propuestas tanto para ellos mismos y para los seminaristas de etnias originarias, como para los propios Seminarios, las diócesis y sus familias.

Resaltaron que muchos de ellos, al ingresar a un Seminario o Casa de Formación de las Congregaciones Religiosas, pierden sus raíces culturales, pues los formadores desconocen y menosprecian los valores de sus culturas, no están preparados para dar un acompañamiento adecuado a estos jóvenes y, por ello, en el mismo Seminario sufren discriminaciones. En contrapartida, me emocionó casi hasta las lágrimas escucharles, al final del encuentro, su compromiso por asumir sus raíces, valorar sus culturas y no acomplejarse más, sino ofrecer con humildad y valentía todo lo bueno que llevan en su corazón desde su familia y sus pueblos. Con esta actitud, son una esperanza de ir logrando, como han pedido los Papas, unas iglesias, unas diócesis, con rostro autóctono, con rostro indígena, para que en verdad la Iglesia sea católica, no monocultural, sino pluricultural, dentro de la unidad.

PENSAR

El Papa San Juan Pablo II fue muy incisivo en la necesidad de vocaciones indígenas y de una adecuada formación. En Latacunga, Ecuador, dijo: “Por lo que se refiere a vuestro puesto en la Iglesia, ella desea que podáis ocupar el lugar que os corresponde, en los diversos ministerios, incluso en el sacerdocio. ¡Qué feliz día aquel, en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos de vuestra sangre, para que junto con los hermanos de otros pueblos, podáis adorar al único y verdadero Dios, cada cual con sus propias características, pero unidos todos en la misma fe y en un mismo amor!” (31 enero 1985).

En El Chaco, Paraguay: “La evangelización de vuestras comunidades alcanzará su plena madurez cuando tengáis muchos sacerdotes surgidos de vuestras mismas familias. No dejéis, pues, de rezar para que el Señor llame a muchos de vuestros hijos e hijas al sacerdocio y a la vida religiosa. No dejéis de animar a los jóvenes a que escuchen la llamada de Dios y dediquen su vida al servicio de Dios entre sus hermanos” (17 mayo 1988).

En Santo Domingo, República Dominicana: “Se trata, en definitiva, de conseguir que los católicos indígenas se conviertan en los protagonistas de su propia promoción y evangelización. Y ello, en todos los terrenos, incluidos los diversos ministerios. ¡Qué inmenso gozo el día en que vuestras comunidades puedan estar servidas por misioneros y misioneras, por sacerdotes y obispos que hayan salido de vuestras propias familias y os guíen en la adoración a Dios en espíritu y en verdad!” (12 octubre 1992).

En la Exhortación “Ecclesia in America” (22 enero 1999): “Una atención particular se debe dar a las vocaciones nacidas entre los indígenas; conviene proporcionar una formación inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación teológica y espiritual para su futuro ministerio, no deben perder las raíces de su propia cultura” (No. 40).

ACTUAR

Transcribo algunas de las propuestas hechas por los mismos participantes en el encuentro:

  • Crear y fomentar la conciencia de la importancia y el valor de nuestra cultura, para afianzar la identidad personal en nuestra respuesta vocacional. Así mismo, que los seminaristas que no son originarios puedan conocer y valorar la cultura de los pueblos y seminaristas originarios.
  • Que sean protagonistas de la inculturación en los seminarios: que den a conocer los ritos y costumbres de su propia cultura a los demás seminaristas.
  • Dar prioridad en el acompañamiento a los seminaristas indígenas en los seminarios, sin perder la identidad.
  • Que los formadores conozcan la realidad de los seminaristas indígenas,  para dar un mayor acompañamiento y, así, enriquecer los valores culturales de nuestros pueblos.