PRI: ¿José Narro para la Ciudad de México?

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De cuando el PRI perdió la hegemonía en aquel “México Distrito Federal” –versión Chava Flores- hay varias hipótesis. Las más coinciden que los sismos de 1985 fueron el detonante que marcó el divorcio entre la sociedad y el partido en aquel tiempo “casi único” que por razón natural se asumía como el gobierno.

Jesús Ramírez Cuevas en un ensayo plantea “La destrucción que provocó el terremoto de 1985 cambió la fisonomía y la vida de la Ciudad de México. En los escombros de la incompetencia gubernamental para atender la emergencia quedó sepultada la resignación de sus habitantes. La catástrofe natural arrasó inmuebles, cegó miles de vidas y precipitó el derrumbe del PRI en la capital. La solidaridad de millones en el rescate de víctimas y en apoyo a las familias afectadas se transformó en un despertar de conciencias, en un movimiento que logró la reconstrucción de la ciudad desde abajo; después del temblor ya nada fue igual. El desmoronamiento de la sumisión y el esfuerzo comunitario fueron el acta de nacimiento de la sociedad civil”. Y de defunción del PRI.

Hay quienes opinan que durante horas o días hubo un vacío de poder, que el gobierno de Miguel de la Madrid se paralizó ante la tragedia; por supuesto el entonces presidente no compartía esa visión; el 21 de noviembre de 2001, en una larga entrevista que me concedió para la “Televisión de los Oaxaqueños”, en respuesta a mi comentario de que los sismos del ochenta y cinco habían sido detonadores de cambios en la sociedad, principalmente en la Ciudad de México. Me respondió:

“Sin duda, cuando me preguntan cuál fue el momento más difícil de mi gobierno, yo digo que fueron los terremotos de 1985. Nos dañaron gravemente a la Cuidad de México, no toda, pero lugares muy importantes, el centro, la colonia Roma, los ejes donde antiguamente iban los canales cuando éramos una ciudad de lagos, algo tuvo que ver el problema de la arena, la composición del terreno. Bueno, fueron acontecimientos tremendos, fueron un reto formidable no sólo para el gobierno sino para la sociedad, para las instituciones, pero yo creo que salimos bien; salimos bien en cuanto a que logramos recuperar rápidamente los servicios públicos que se habían dañado y también el problema del desalojo de escombros. Yo creo que gracias a la eficacia de las instituciones públicas y también, sin duda alguna, gracias a la cooperación de la sociedad, pudimos superar el problema de la emergencia”.

Como se advertirá, visto en perspectiva, podemos conceder que ambas visiones son válidas y se complementan. Sin embargo, un hecho es real: a partir de entonces, el PRI perdió su influencia corporativa, clientelar en el Distrito Federal; la movilización civil modificó la vida social y en consecuencia política de la capital; surgen organizaciones vecinales y se crea la “Coordinadora Única de damnificados”, que es reconocida por el ya para entonces Secretario de Desarrollo Urbano, Manuel Camacho Solís, luego surgiría “La Asamblea de Barrios”. En las zonas afectadas, el PRI prácticamente desapareció, se generaron nuevas formas de movilización y de protesta, que iban desde kermeses hasta festivales culturales.

En este contexto, llega la sucesión presidencial. Desde 1987 surge la Corriente Democrática al interior del PRI encabezada por el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo; quienes finalmente rompen con el partido, formando el Frente Democrático Nacional –ese sí fue un Frente real- que según múltiples testimonios ganó la elección presidencial del 6 de julio de 1988; es, en este momento de quiebre electoral, cuando el PRI es literalmente arrasado en la Ciudad de México, cuyos habitantes, frente a las urnas encontraron la mejor forma de manifestar su enojo y desencanto político, nutrido a partir de los sismos del 85.

Luego vendrían las reformas electorales; la primera, convocada desde la Comisión Federal Electoral el 9 de enero de 1989, en cuya sesión recuerdo a su presidente Fernando Gutiérrez Barrios conducir imperturbable el debate que concluyó en consenso, mientras se “cocinaba” el “Quinazo” del día siguiente; luego vendría la reforma del 94 resultado obligado del levantamiento zapatista y la llamada “definitiva” –que no fue tal- del 96; en todas ellas se fueron construyendo las condiciones para que el ya para entonces llamado Jefe de Gobierno del Distrito Federal fuera electo por voto universal y directo.

Así, la llegada en 1997 del Ingeniero Cárdenas marcó el inicio de los gobiernos de izquierda en la Ciudad de México. Al ingeniero le sucedió como interina Rosario Robles; luego vendría Andrés Manuel, Ebrard, hasta llegar a Mancera. Largo sería recuperar la crónica de aciertos –los más hasta Andrés Manuel- y errores mayores de Ebrard y sobre todo del actual Miguel Ángel Mancera, empezando por su indefinición partidista, argumentando un estólido “no soy de aquí ni soy de allá”; a lo cual hay que agregar dos temas prioritarios: los desencuentros que condujeron a la formación de Morena y el devenir clientelar en que han terminado las “tribus” y demás organizaciones, que las hace ver como la versión de izquierda de aquel PRI, al que la sociedad le dio la espalda.

En este escenario, la disputa por la Jefatura de Gobierno cobra relevancia especial. El enojo ciudadano con el gobierno actual que ya desde antes de los sismos tenía a la Ciudad de México convertida en una “zona de guerra”, por la destrucción de sus avenidas, colonias, banquetas, además de la inseguridad, al día de hoy frente a la errática y ausente actuación de Mancera, es de total reprobación, vamos, Mancera es lo que Ramón Aguirre fue en el 85. A ello hay que agregar la ausencia de cuadros con solvencia y estatura moral y política para competir con posibilidades reales; la corrupción de los delegados panistas que han pasado por la Benita Juárez traficando permisos de construcción con los saldos evidenciados el pasado 19 o los créditos hipotecarios a treinta años para adquirir mansiones y departamentos de lujo en Miami son sólo la punta del iceberg.

Lo anterior deja la puerta abierta para que surjan nuevos liderazgos que atraigan a la crítica, enfadada y progresista ciudadanía de la Ciudad de México. El sismo de hace un mes se encargó de minar las aspiraciones de quienes se advertían ya consolidados, particularmente Ricardo Monreal y Claudia Sheinbaum. Dicho espacio de oportunidad puede ser aprovechado por el PRI para postular a un cuadro que genere consensos y posibilidades reales de competir.

Ese candidato sería el Doctor José Narro. Con una trayectoria alejada de la estridencia, el ex Rector de la UNAM representaría una propuesta sensata en un escenario plagado de incertidumbre. Su potencial nominación sería un verdadero dolor de cabeza para Morena y el “Frente”. Su experiencia al mando de la máxima casa de estudios y de la Secretaria de Salud lo validan. No obstante, tendría que ser muy claro y consistente en el proyecto de Ciudad que propusiera; ¿uno que sume a la violencia y frivolidad priista?, ¿con funcionarios alejados de la realidad como la actual administración de Mancera? ¿O un proyecto de ciudad que respete las libertades conquistadas, recupere la seguridad y tranquilidad perdida y siente las bases para el reordenamiento urbano que la ciudad y la zona metropolitana necesitan para enfrentar los nuevos retos por venir, los naturales, los sociales y políticos?

Aunque habría que empezar por preguntarnos ¿lo dejará pasar la nomenclatura de los hijos y nietos de Don Plutarco?

¿Alguien puede asegurar que esto ya está decidido?

RAÚL CASTELLANOS HERNÁNDEZ / @rcastellanosh

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