Hace mucho tiempo que nos debatimos entre los pretextos y las falsedades.

En casi todas las actividades se invocan valores supremos para cometer actos ruines o simplemente nocivos. El debate sobre la mariguana y su uso para jugar (eso significa lúdico) o para una simple divagación fumígena sin interés, motivo o provecho, más allá de una placentera molicie, es un  ejemplo de eso.

Los efectos psicosociales del consumo de mariguana, especialmente fumada, aunque los agentes químicos pueden entrar al organismo de diversas formas, hasta por supositorios, determinaron su prohibición generalizada en México, a partir de los años 20 del siglo pasado.

Hoy se retira la prohibición, pero los efectos son, químicamente, los mismos. Los cambios en el mecanismo cerebral no dependen de la Suprema Corte de Justicia.

El investigador José Domingo Schievenini Stefanoni en su tesis de maestría en estudios históricos, de la Universidad de Querétaro, “La prohibición de la marihuana en México, 1920-1940” , cita al farmacólogo Crescencio García, en “Fragmento para la materia médica mexicana”, señaló que las hojas de marihuana, “fumadas o aún mezcladas con tabaco como la usan los árabes y aquí en la República principalmente los presidiarios de la isla de Mescala y Cárcel de Guadalajara, se emplean para procurarse una especie de embriaguez particular acompañada de sensaciones voluptuosas en que se ve lo que no es real.”

Quince años después fue prohibida en Estados Unidos. Hoy la liberalización  se realiza en sentido inverso, primero ellos; después nosotros, obedientes y colonizados.

En este sentido permítaseme un paréntesis. Ocurre como con la moda del “acoso“ y su denuncia, ente otros fenómenos sociales derivados de la “americanización” (es decir, la implantación de los valores y patrones de los gringos en sus áreas de influencia; es decir, todo el planeta). Los mexicanos avanzamos a zancadas en la dirección de quienes han sustituido la prohibición por la comercialización.

Allá, en Estados Unidos, donde la mariguana fue prohibida en los años treinta, hay una historia notable:

“…Harry Anslinger, “Primer zar antidrogas”, “un tipo egoísta, autoritario, enérgico, brutal, suspicaz y sin escrúpulos, fue el comisario de la Narcotics (Oficina Federal de Narcóticos) en los E.E.U.U de 1930 a 1962. Desde el inicio de su gestión siempre se posicionó a favor de la penalización severa en todos los actos relacionados con los narcóticos, sin embargo, en su opinión el problema de la marihuana era mucho menor al de la heroína.

“No obstante lo anterior Anslinger trató de idear una estrategia para sintetizar toda la evidencia negativa en torno a la marihuana y promulgar una ley prohibitiva sin que esta propuesta fuera declarada anticonstitucional.

“Para ello se basó en la Ley Nacional sobre Armas de Fuego, ley con la que el Congreso buscó reducir el número de ametralladoras usadas por los gánsteres, estableciendo que tales armas solamente podrían traspasarse mediante el pago de impuestos de transferencia. Fue declarado legal por la Corte.”

Pero más allá de la obvia “gringuización” de nuestras decisiones políticas y las maromas con cabriola incluida para vendernos la mariguana en el paquete de lo políticamente correcto, en un amplio abanico en el cual caben Vicente Fox y Juan Ramón de la Fuente, hay una pregunta perdurable: ¿necesitaron los canadienses, los uruguayos o todos los abolicionistas del veto, una guerra como la mexicana para persuadir a sus habitantes del gusto por tatemarle las patas al demonio?

Baste esa pregunta cuya respuesta nadie ofrecerá, para regresar a los hallazgos maravillosos del maestro Schievenini, quien nos dice:

“…Durante la semana en la que se discutió, casi en secreto, el proyecto de ley de 1937 en contra del cannabis se afirmó que la marihuana era el opio mexicano. El doctor Fred Ulsher se atrevió a comentar que ‘cuando un peón en un campo traga unas bocanadas de esa cosa se figura que acaba de ser elegido presidente de México, así que les da por ejecutar a sus enemigos’; también afirmó que después de ‘un par de chupadas de marihuana’ a los mexicanos, además de matar gente, les da por ‘representar imaginarias peleas de toros’.”

Pelea de toros le llaman los ignorantes del norte a las corridas de reses bravas, las cuales —dicho sea de paso—, están a punto de extinguirse en este país, gracias a un contubernio entre “animalistas” y desastrosos promotores de la cultura tauromáquica. Pero eso será para otro día.

Por ahora, baste y sobre con la imaginación de los años por venir.

Todos cantaremos aquello del “cuni, cuni”, echando los versos de la mariguana. La prohibición no causó efecto por causas distintas a los efectos. A fin de cuentas, como dice Astorga: “…un día los políticos advirtieron la enormidad del negocio de las drogas y decidieron no dejarlo sólo en manos de los narcotraficantes.”

 

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