Piedra y fuego sobre los murmullos

0
97
Notimex

Rafael Cardona

La tarde feroz de fuego y piedras ha quedado atrás frente al indiferente bostezo de un lánguido árbol de llanto en el jardín botánico de la siempre excitante ciudad y puerto de Hamburgo, donde cada cosa tiene su lugar y hay un sitio para cada circunstancia; de la Novena de Beethoven en la mejor sala de conciertos de Europa, a la furia de los adoquines de los globalifóbicos de ayer.

Sobre la memoria del puerto, con sus monumentos a los caídos en las dos guerras alemanas del siglo pasado, quedan cien policías heridos, una llamada de auxilio a las tropas del Ejército federal; cincuenta o sesenta autos convertidos en fierro chamuscado, una ciudad azorada ahora por la violencia sin sentido (como si fuera algo nuevo), mientras la prensa anuncia: ¡BAJO CONTROL! (“Hamburger Morgen Post”); lo cual es sencillo: ya terminó la reunión del G-20 y con eso es suficiente.

Y entonces todo vuelve a su lugar.

Los activistas a festejar su incendiaria protesta. Greenpeace hizo un enorme monigote con Donald Trump como bebé diabólico, con un enorme chupón colgado al cuello, sentado en el mundo sobre el cual derrama los materiales habitualmente contenidos por los pañales, en medio de la algarabía de Saint Pauli.

Los anarquistas más jóvenes terminaron la victoria y la paz de sus conciencias, con un concierto de rock pesado; los policías se irán a recontar sus historias y rellenar sus cañones de agua poderosa; los soldados volverán a su cuartel, las putas a sus vitrinas; los comerciantes a sus negocios; los heridos al sanatorio; la policía a su patrulla y el periódico a sus noticias.

Pero a pocos kilómetros algo más va de regreso a la normalidad de la lejanía: los hombres del poder vuelven a sus países y el agua del Elba prosigue su dócil camino hacia el mar, como ayer, como siempre, como cuando nadie lo miraba, como si nadie lo escuchara.

Y en la espera protegida, lejos del caos de la ciudad y los autos en llamas y las patrullas cantoras, en el aeropuerto Helmut Schmidt se acomodan los Tupolev, los Douglas, los Airbus; el poderoso Air Force One, la gran ballena de la “Royal Air Force”,  gris y pesada, en la cual viaja Theresa May; y el Boeing del gobierno mexicano cuyas grandes turbinas ahora guardan silencio y esperan, pues la salida está programada inmediatamente después de cuando Donald Trump haya dejado el suelo alemán.

Los enormes aviones alineados en las amplísimas y exactas plataformas parecen el juguete de un gigante invisible.

Es el poder con alas y motores.

Tres aviones, en cuyos costados sólo se lee Rusia en cirílico, lleva Vladímir Putin; dos el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, y en ambos se alza el redondo sol naciente, rojo, rojo; como escarlata es el fondo de la media luna del avión turco o la insignia del reino de España.

En el aeropuerto hay una especie de pabellón blanco, desmontable, muy cerca de las plataformas de carreteo. Ahí se han instalado servicios sanitarios y una cocina en cuyas estufas hierven grandes ollas con salchichas, mientras jóvenes ecuatorianas, con tartajoso alemán, preparan bocadillos de arenque, salami o mortadela.

Hay jugos, refrescos y ginebra. Cada quien.

En el medio de esa estructura se han colocado cuatro hileras de sillas. Los empleados de la Presidencia mexicana instalan un pequeño atril y le ponen base al mástil y el trípode de una bandera. Desde ahí el presidente Peña dirigirá un mensaje por los medios.

Ya se prueba el sonido; uno, dos, veinte, sesenta, bájale, bájale; a ver, no suena bien, a ver súbele súbele… cincuenta y siete, sesenta y cuatro, ¿se oye?

La desordenada aritmética no le quita el sueño a nadie. Mucho menos el hambre. Junto a las salchichas hay platones con fruta. Éste se come una pera y aquélla muerde un durazno. Se derrama la miel.

La comitiva informativa mexicana ha padecido una mañana de resaca. No la suya, de ninguna manera, la resaca de los agentes de seguridad, quienes han estado nerviosos e imprecisos en extremo, y cómo si no. No han dormido en dos días. Los vándalos le impidieron a Melania Trump llegar a tiempo a un concierto; estaban amenazando irrumpir en su hotel y eso los puso nerviosos a todos.

Y en el ribereño albergue “Empire Riverside”, cerca de Saint Pauli, donde se alojaron los mexicanos, la violencia se hizo cargo de siete u ocho vidrieras porque además ahí había convenientes medios estadunidenses.

Por eso y otras cosas el mecanismo de seguridad, de suyo catastróficamente preciso, al estilo teutón, se convierte en un mar proceloso en cuyas olas de susto navegan las chalupas de la improvisación, cosa distante de su temperamento disciplinado y exacto.

Por aquí, por allá, por este lado, por el otro… ésta no es la puerta de entrada, ésta es la de salida; bájense todos de la camioneta porque van a traer a los perros cuya nariz entrenada descubre explosivos o drogas o quién sabe cuántas cosas más, y cuando los caninos terminen su trabajo de olisquear sin alzar la pata después, no vaya a ser, entonces regresan todos a sus asientos y fräulein; no puede usted ir al baño, por aquí no hay servicios; es allá en aquel edificio, pero primero la revisión, después la urgencia, y así se pasan los minutos y se hinchan las vejigas, pero finalmente, una hora y diez minutos después de la llegada es posible entrar al aeropuerto y conocer como náufragos la isla, el ya dicho pabellón en cuya cocina hierven peroles con embutidos.

—¿Una salchichita, mi buen?

El presidente Peña ha llegado. Se le ve afable y contento. Advierte de la premura del mensaje y pide no convertirlo en una conferencia de prensa con preguntas y más preguntas. “En cinco minutos nos cierran el espacio aéreo”, dice.

Pero mientras eso ocurre nueve helicópteros militares sobrevuelan a la distancia.

Y narra el Presidente cómo trabajó en estos días en la agenda del G-20, con sus temas de terrorismo; crimen organizado y su combate, sustentabilidad y desarrollo, apertura comercial, equidad y empoderamiento para las mujeres, migración y todo eso de lo cual ya se ha dicho tanto y tanto, pero se necesita más para fincar compromisos, con la idea ilusoria de no abandonarlos después como ha hecho Trump con la carta ecológica del Acuerdo de París y la necesaria protección del planeta y su calentamiento.

Pero más se dedica a explicar sus contactos bilaterales con quienes ya sabemos y además con Italia, India, España, Canadá y conversaciones fugaces y ocasionales con otros líderes en la cómoda oportunidad de los corredores, las reuniones extraoficiales, la cena o el concierto.

Y obviamente el asunto de todos tan temido: la relación con los Estados Unidos, la cual califica, de positiva y útil para un avance sustantivo, a partir de la actitud de Donald Trump, con quien sólo él ha interactuado de mandatario a mandatario; de presidente a presidente.

Y se refiere a la “volada” de anteayer, el famoso, “absolutamente” cuando le preguntaron por encargo si le haría pagar a México por la muralla.

Entonces habla de los murmullos y a eso se refiere y divide la relación en asuntos tratados y otros con profundas diferencias, en torno de los cuales no ahonda.

Por eso rechaza una política gobernada por murmullos, para darle lugar a un diálogo realista, cierto, preciso y con agenda compartida.

El avión le muestra su nariz a la pista. Los motores atruenen, el Presidente regresa a México. Y otros con él.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here