+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo Emérito de SCLC

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Durante veinte años fui del equipo formador del Seminario de Toluca: de fines de 1970 a 1980, como director espiritual del Seminario Menor; de 1981 a 1991, como Rector. Durante esos años, una de tantas responsabilidades era advertir si había candidatos no idóneos al ministerio presbiteral por posibles desviaciones afectivas y sexuales. En aquellos años, casi no se hablaba de pederastia por parte del clero, sino de casos de homosexualidad, o una no clara definición masculina. Después, como obispo en Chiapas durante 27 años, era más grave mi responsabilidad en detectar y atender estos asuntos.

En aquellos años, era muy raro que se presentara un caso de amistad dudosa entre un alumno mayor con uno menor, y se atendía de inmediato. Si hubiéramos comprobado acciones indebidas, habríamos expulsado de inmediato al culpable. No recuerdo ningún caso de pederastia en aquel tiempo; mucho menos por parte de los sacerdotes del equipo formador.

Cuando se tenían datos de homosexualidad entre compañeros, se hacía la averiguación pertinente y se procedía a la expulsión de los responsables. Nunca fuimos tolerantes en este aspecto. Y esto no por homofobia, sino porque un homosexual no es idóneo para el sacerdocio; con todo, se procuraba orientarle para que viviera su sexualidad de acuerdo a la Palabra de Dios.

Era y es complicado comprobar tendencias homosexuales en los seminaristas. Algunos tenían ciertas manifestaciones afeminadas, pero tratábamos de analizar a qué se debían, pues algunos casos no eran señales de homosexualidad, sino de actitudes culturales de una familia o de una región; sin embargo, en muchas ocasiones les indicábamos que ésta no era su vocación. Lo más difícil era y es comprobar que hay esa tendencia en jóvenes que parecen muy masculinos, muy “machos”, y cuando menos se espera uno, sale su problema. En ambos casos, siempre descubrimos que el origen, la raíz, está en la familia: bien por rechazo, bien por fijación en la figura paterna o materna. En muchos casos, era por un rechazo fuerte al papá, o por ausencia del mismo y consecuente fijación materna.

¿Por qué han aparecido tantos casos de pederastia clerical, sobre todo en Estados Unidos? Por una actitud que invadió a algunos seminarios de bajar la guardia ante la invasión del erotismo generalizado; por una moral sexual muy tolerante, calificando como “normal” lo que es inmoral; por el ambiente cultural que insiste en defender la homosexualidad como “normal”, y en evitar la discriminación hacia los homosexuales.  Aquí están las consecuencias de una cultura relativista, que considera un derecho humano el que cada quien tenga la tendencia que prefiera, sin parámetros claros de una moral cristiana definida.

PENSAR

En la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, emitida en 2016 por la Congregación para el Clero, se dice con toda claridad: “En relación a las personas con tendencias homosexuales que se acercan a los Seminarios, o que descubren durante la formación esta situación, en coherencia con el Magisterio, la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay. Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres.  De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.

Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, ésas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal.

 

Por otra parte, conviene recordar que, en una relación de diálogo sincero y confianza recíproca, el seminarista debe manifestar a los formadores, al Obispo, al Rector, al Director espiritual y a los demás educadores, sus eventuales dudas o dificultades en esta materia.

 

En este contexto, si un candidato practica la homosexualidad o presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas, su director espiritual, así como su confesor, tienen el deber de disuadirlo, en conciencia de seguir adelante hacia la Ordenación. En todo caso, sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal.

En síntesis, conviene recordar y, al mismo tiempo, no ocultar a los seminaristas que el solo deseo de llegar a ser sacerdote no es suficiente y no existe un derecho a recibir la Sagrada Ordenación. Compete a la Iglesia discernir la idoneidad de quien desea entrar en el Seminario, acompañándolo durante los años de la formación y llamarlo a las Órdenes Sagradas, si lo juzga dotado de las cualidades requeridas.

 

Se deberá prestar la máxima atención al tema de la tutela de los menores y de los adultos vulnerables, vigilando cuidadosamente que quienes solicitan la admisión a un Seminario o a una casa de formación, o quienes presentan la solicitud para recibir las Órdenes, no incurran de alguna manera en delitos o situaciones problemáticas en este ámbito.

 

Los formadores deben garantizar un especial y pertinente acompañamiento personal a quienes hayan sufrido experiencias dolorosas en este ámbito.

 

En el programa, tanto de la formación inicial como de la formación permanente, se deben insertar lecciones específicas, seminarios o cursos sobre la protección de los menores. Debe impartirse de manera adecuada una información oportuna, dando relevancia a los puntos de posible abuso o violencia, como, por ejemplo, la trata o el trabajo de los menores y los abusos sexuales a menores o a adultos vulnerables.

 

Para ello, será conveniente y provechoso que la Conferencia Episcopal o el Obispo responsable del Seminario establezcan un diálogo con la Pontificia Comisión para la protección de menores, cuya tarea específica es proponer al Santo Padre las iniciativas más adecuadas para la protección de los menores y adultos vulnerables, así como realizar todo lo posible para asegurar que delitos como los sucedidos ya no se repitan en la Iglesia. La Comisión promoverá, conjuntamente con la Congregación para la doctrina de la fe, la responsabilidad de las Iglesias particulares para la protección de todos los menores y adultos vulnerables” (Nos. 199-202).

ACTUAR

Con estas claras orientaciones, la pederastia clerical debe erradicarse no sólo desde el Seminario, sino desde la familia y desde la cultura moral, reorientándola, para no calificar como normal lo que es contrario a la dignidad humana, de acuerdo a la Palabra de Dios.