Nada más era cosa de verlo. Con los ojos arrasados, Felipe Hernández Álvarez advertía en un señalamiento de alta política en torno de su urgencia de cancelar la obra del aeropuerto:

“Si no hace lo que prometió (Reforma) en su campaña (AMLO), estaremos creyendo que todo fue (sic) mentiras, no nos preguntaron si queríamos el proyecto y quieren consultarnos ahora fuera de tiempo y fuera de la ley; yo pediría a las autoridades que hagan una consulta para repartir los bienes de la dinastía Slim”, dijo para desilusión de quien cree terminada la lucha de clases.

Pero si se llega a creer en la lucha de clases como fondo de esta lucha de intereses (lo podría publicar en ¡Hola!, junto con la boda de César y Dulce), la verdad es otra: los opositores al aeropuerto no están defendiendo la tierra ni a sus opimos productos (en el erial del zacate salitroso); están luchando hasta con sus vidas por el ajolote.

La verdad yo ignoraba la importancia fundamental del ajolote, pero alguna debe tener porque un aeropuerto internacional de las dimensiones de este diseño de Norman Foster, cuya amplitud y funcionalidad colocaría a la Ciudad de México en mejores grados de conectividad e impulso económico, está amenazado por una especie cuya vida transcurre en el infecundo lodazal y las charcas de Texcoco.

Yo sólo puedo regresar a Juan José Arreola o mirar el horrible mural en una de las pilastras del Metro sobre la avenida Congreso de la Unión, en cuyo fresco el inspirado pintor del grafiti barriobajero preñó el cemento con las branquias ajolotas.

Pero mejor lo dice Arreola:

“…Acerca de ajolotes sólo dispongo de dos informaciones dignas de confianza. Una: el autor de las Cosas de la Nueva España; otra: la autora de mis días.

¡Simillima mulieribus!, exclamó el atento fraile al examinar detenidamente las partes idóneas en el cuerpecillo de esta sirenita de los charcos mexicanos.

“Pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente alusión genital.

Tanto, que las mujeres no deben bañarse sin precaución en las aguas donde se deslizan estas imperceptibles y lucias criaturas. (En un pueblo cercano al nuestro, mi madre trató a una señora que estaba mortalmente preñada de ajolotes.)

“Y otra vez Bernardino de Sahagún: “…y es carne delgada muy más que el capón y puede ser de vigilia. Pero altera los humores y es mala para la continencia. Dijéronme los viejos que comían axolotl asados que estos pejes venían de una dama principal que estaba con su costumbre, y que un señor de otro lugar la había tomado por fuerza y ella no quiso su descendencia, y que se había lavado luego en la laguna que dicen Axoltitla, y que de allí vienen los acholotes”.

“Sólo me queda agregar que Nemilov y Jean Rostand se han puesto de acuerdo y señalan a la ajolota como el cuarto animal que en todo el reino padece el ciclo de las catástrofes biológicas más o menos menstruales…”

Pero si la menstruación es para Arreola una catástrofe cíclica, los ajolotes son para quienes dicen defender la tierra —hasta la muerte misma si fuera necesario, como afirma Ignacio del Valle— la variedad de recursos opositores es infinita, quizá como la salamandra, prima mitológica del ajolote cuya vida no se extingue ni en el fuego, porque los opositores ya han dicho los daños causados por las minas gastadas para haber materiales de construcción (arena, basalto, piedras de diversa dureza, etc.) o los entierros de desperdicio; la alteración ecológica de ese paisaje lunar y hasta la presencia de sosa en la tierra, como si el enorme evaporador solar del Caracol no hubiera sido, por años, precisamente un espacio destinado a recoger ese corrosivo de lejía en la desaparecida Sosa Texcoco, en cuyos aguajes sólo había gusanos grises y algas de la llamada “spirulina” con cuyas galletas México iba a resolver la hambruna del planeta.

Pero los opositores al aeropuerto y a la consulta misma, cuyos dados (lo prometió ayer Javier Jiménez Espriú, en la Cámara de Diputados) no estarán cargados, ya han encontrado un vocero imbatible: Alejandro Encinas, quien desde su futuro puesto de subsecretario de Derechos Humanos, ha colocado el aeropuerto al pie del cadalso, porque los bienes culturales, la propiedad de la tierra, la condición de pueblos originarios y todos esos mitológicos elementos, quedarán encuadrados en el campo de los derechos fundamentales y la dignidad intocable de las personas.

Por eso Encinas ha hecho la declaración más amenazadora en contra del aeropuerto: “…es un enorme error desde cualquier ángulo”.

Y si la oficina de los Derechos Humanos del gobierno, con todo y el oxímoron incluido), opina —antes de la consulta, como para cargar los dados—, de tan rotunda manera, cuál es el caso ahora de una pantomima inducida o no.

Y alguien, desde el Riobóo, se frota las manos.