Monadas, campañas y despedida

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RAFAEL CARDONA

De cuándo en cuándo la ciudad es escenario de insólitos ejercicios de safari.

Cuando no se trata de canes famélicos, ferales, casi salvajes en Iztapalapa, con su fama de comedores de infantes desvalidos y mujeres caminantes por solitarios parajes nocturnos, se habla de toros escapados de camiones de redilas rumbo a plazas de trancas en cualquier zona del sur urbano o en las inmediaciones de lienzos charros en La Villa o rumbos cercanos.

Hoy la persecución se da en pos de un chango capuchino, un  simpático mono cuya (obvia) agilidad simiesca le permite saltar de rama en rama por toda la barranca de las Lomas Altas y meterse, sin muro capaz de contenerlo, a la embajada de los Estados Unidos para enojo de los siervos de Mr. Trump, quienes se imaginan al chango con un chaleco explosivo dispuesto a hacerse estallar en el nombre de Alá.

Muchos casos ha habido de monos fugitivos. Uno de ellos en la calle Augusto Rodin, en Mixcoac, muy cerca de donde nació Octavio Paz, sin antecedente alguno en este asunto con la redacción del Mono Gramático, una de las obras magistrales del gran poeta.

Pero sin lugar a dudas la más grande fuga animal de la historia reciente de la ciudad (1958) se dio cuando de la estación de Buenavista se escapó una elefanta cuyos apacibles y bamboleantes pasos por la colonia Santa María la Ribera fueron estorbados por los destellos de las cámaras fotográficas de los reporteros madrugadores, lo cual originó una carrera oscura y delirante en la cual un idiota le tiró el rabo a la espantada elefanta, la cual se volvió furiosa y lo pisó como a una cucaracha.

No, no se llamaba Gregorio Samsa.

Eso ocurrió en la esquina de Torres Bodet y Carpio, donde hubo un servicio de gasolinería llamado “Siete y medio”, a un costado de la Alameda, con su célebre edificio Morisco, junto al palacio de la Geología con todos y sus murales de José María Velasco, en los últimos años de esplendor de esa zona de la ciudad donde hoy se asientan el deterioro y la inseguridad.

Otro caso extraño hubo, cuando hace un año un cachorro de león fue rescatado de una azotea cercana al mercado de San Ciprián en La Merced, y uno peor cuando una enorme boa fue hallada en un vagón del Metro, porque su dueño había pensado inteligentemente usarla para devorar ratas y roedores en su pobre casa.

En fin, en esta ciudad pasan muchas cosas. Alguien asegura, cosa de años perdidos en el laberinto del tiempo, haber visto, en un lugar cercano al actual Zócalo, un águila con una víbora en el pico, pero no fue posible guardar siquiera un elemental registro fotográfico.

Hace apenas unos días un toro de casi media tonelada se paseó tranquilamente por Azcapotzalco, sin un Zotoluco para capotearlo y la única desgracia lamentable fue contra la motocicleta de un reportero gráfico quien salvó el pellejo tras el improvisado burladero de su poderoso biciclo.

Ya hay quien busca una forma de denunciar al toro por atentado a la libertad de expresión en su modalidad de agravio a reportero gráfico.

Pero el caso actual es del mico escurridizo cuya hazaña fugitiva ya es hasta del conocimiento del Homeland Security, lo cual es toda una hazaña en los tiempos del muro con el cual Donald Trump quiere separar el mundo WASP de la oleada café de mexicanos, salvadoreños y otros habitantes egresados de los “shit holes”; o sea, el resto del mundo no habitado por rubios de ojos claros y piel casi transparente.

Pero mientras el mono fugitivo cae en las redes de quienes de seguro habrán de llevarlo a un destino distinto de su actual vida casi silvestre, entre ramazones y frondas pero sin alimento a la mano, en el mundo político siguen ocurriendo cosas importantes, como por ejemplo el compromiso de los frentistas (PAN, PRD, MC), para favorecer a Miguel Ángel Mancera, hasta hace poco tiempo jefe de Gobierno de la Ciudad de México, ahora con  licencia para elaborar una agenda de trabajo en favor del futuro gobierno de coalición, lo cual con todo respeto a quien se le deba tener, me parece una soberana mamila. Un “tenme acá”.

En el caso actual  cuando se han mezclado las ambiciones entre el resquebrajado PRD, el dividido PAN y el siempre oportunista Movimiento Ciudadano, no se puede hablar de coalición sino de reparto del botín, como hacían los piratas en sus refugios y escondrijos de la célebre Isla Tortuga, para seguir con los asuntos de zoología.

“(U.M.).- Desde 1630, la isla de la Tortuga se dividió en dos colonias: francesa e inglesa. Era una buena base para lanzar ataques bucaneros, así como desarrollar algunas otras actividades, como el comercio de esclavos. Tortuga fue blanco de dos incursiones españolas exitosas en 1635 y 1638, y en ambas ocasiones los bucaneros lograron recuperar las posiciones nuevamente”.

La frase de convertir una alianza electoral partidaria en una coalición (¿colisión?) de gobierno, dista mucho de la realidad de un hombre sin partido, sobre todo porque las cosas cuelgan de un hilo tan delgado como el prestigio de Ricardo Anaya y su futuro en las urnas.

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