Prolija en ditirambos será la semana.

Abundantes serán las conmemoraciones —casi eslabonadas con las de los días recientes—,  en el relato lírico, cívico, político,  del gran parto de la democracia mexicana, el movimiento de 1968, con su negro epílogo de personas acribilladas en la plaza de Tlatelolco.

Discursos para el mármol y letras de oro puro en los muros honorables del Palacio Legislativo, porque en este país todo acaba en la rotonda de la fama cívica, o en las santas paredes de un recinto legislativo. Somos, a fin de cuentas, un fantasioso país de frases.

—Va mi frase en prenda, voy por ella.

Si todas las paternidades atribuibles ahora al Movimiento del 68, fueran tan ciertas como se dice, si en verdad en ese punto —y por su existencia—, comenzó la democratización mexicana, si por ese lapso entre julio (26) y octubre (2) del año ya sabido, se lograron los ­cimientos por cuya vigencia hoy tenemos instituciones modernas, respeto a los Derechos Humanos, concurso de diversidad en los partidos políticos, reconocimiento a las minorías, respeto a la diversidad sexual, libertad en la ­interrupción del embarazo (aborto libre y ­gratuito), participación social, iniciativas ciudadanas, interlocución con el poder, frenos a la acción de las policías, igualdad entre hombres y mujeres y quien sabe cuántas cosas más, entonces los mexicanos tuvimos una revolución de bajo costo y efecto prolongado.

En ese sentido, la transformación a  la cual nos convocan algunos herederos directos de aquella aventura libertaria, integrantes de un movimiento arrasador bajo cuyo manto se vivirá en los próximos años, no debería ser la cuarta sino la quinta, pues el Movimiento Estudiantil sería, junto con la Independencia, la ­Reforma, y la Revolución el cuarto movimiento histórico cuya hondura —dicen—, ha definido el temple patrio, la vocación mexicana por la libertad y la actual forma de hacer la vida: el movimiento regenerador, el asambleísmo, la consulta, la encuesta y en algunos casos, hasta la tómbola.

Pero es cierto, si todas estas circunstancias no son herencia directa del movimiento, sí se han desarrollado mientras el coro repetía, durante medio siglo, lo inolvidable del dos de octubre. Si no fue el argumento de la historia reciente, sí fue su música de fondo.

Esta semana habrá discursos, placas y conferencias. Hablarán quienes hicieron libros sin haber estado siquiera en la plaza aquella tarde.

Se olvidará a quienes la secta no admitió y alguien tendrá la osadía de releer Los días y los años de Luis González de Alba, quien se procuró la muerte en un  gesto simbólico, un dos de octubre con la pistola en la ­mano. No lo mató la represión, ni antes ni después; lo mató su propia libertad.

Pero hoy se vive entre la nostalgia y el porvenir.

Obviamente el mundo entero no es el mismo de ­hace cincuenta años, y en los países donde hubo también movilizaciones estudiantiles o cívicas, como Francia y Checoslovaquia, las cosas ya no se parecen. Los franceses echaron a De Gaulle del gobierno y se disculparon con su nombre en un aeropuerto y una glorieta. Los checos desbarataron su país y lo partieron en dos.

México no se partió en dos. Se embarcó en una aventura de modernización política cuyos momentos oficiales fueron dos en principio.

La “Apertura democrática” de Luis Echeverría —a quien por cierto quieren sacar de su capullo senil y enviarlo a una imposible prisión por un delito (genocidio), no cometido— y la Reforma  Política de López Portillo, elaborada con sabiduría por el Mirabeau de ­Tuxpan, don Jesús Reyes Heroles.

Pero como la historia no es automática y sus frutos tardan mucho tiempo, el impulso atribuido al movimiento en la abolición autoritaria,  tuvo grandes espacios de espera.

Uno en el año 1971, cuando a escala de Tlatelolco, grupos de choque atacaron a los estudiantes, con varas de “kendo” y porras, en las avenidas de Tacuba y Maestros para sofocar una protesta ya no importa por qué, y otra —prolongada y sangrienta— conocida por quienes bautizan los movimientos sociales en el país de las ­frases, como “La guerra sucia”.

“Guerra sucia”, como en Argentina, como en Brasil, como en Uruguay, dirigida aquí contra los grupos guerrilleros, que inspirados, y algunos educados en Cuba, querían hacer en el mundo dos o tres o muchos Vietnam, empezando por las montañas de Guerrero o los cuarteles de Chihuahua.

Hace algunos años los egresados de la escuela rural de Ayotzinapa secuestraban y robaban para hacer la revolución e instaurar la dictadura del proletariado y la ­justicia. Se remontaban en la inaccesible serranía y ahí escondían a sus víctimas, lo mismo ­hacendados o comerciantes o al caciquil gobernador del estado, Rubén Figueroa, quien caro se cobró las humillaciones. Los secuestrados estaban en la sierra.

Ahora los estudiantes de esa misma escuela quedan atrapados entre los narcotraficantes y sus protectores y son asesinados mientras de­saparece la heroína oculta en un camión secuestrado por su vocación contestataria. Ellos son desaparecidos y no encuentran en la sierra ni la ceniza de sus huesos, ni los trozos de su piel, ni los jirones de sus ropas.

Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Pero la desgracia es otra, como le dijo el mismo Figueroa a la señora Rosario Ibarra, quien buscaba a su hijo guerrillero, víctima de la ­guerra sucia:

—Aquí no hay desaparecidos; aquí nomás hay muertos.

Pero la guerra nunca puede ser limpia, porque está siempre llena de sangre y lágrimas, excepto si se desarrolla en los amplios campos de la política, la cual es precisamente la única forma de evitar el conflicto armado.

Hoy México, a pesar de los esfuerzos de redención de quienes siguieron la huella del movimiento del 68 y sus contribuciones al desarrollo nacional, vive otra guerra de características muy graves: la violencia generalizada, la ­podredumbre institucional de las policías y la fatiga de un Ejército vilipendiado e injustamente acusado de los males cuyo concurso no ha podido erradicar.

Los males de México no se han remediado, al menos no los grandes males. La democracia electoral, las alternancias, la concurrencia de tendencias, la avalancha populista, los ensayos de uno y otro lado, ni han acabado con la de­sigualdad, ni han erradicado una corrupción de la cual la política y sus actores participan, unos más y otros menos, ni ha logrado la paz.

Hoy vivimos entre la oferta y la mitología y no sabemos quién podrá sustituir la realidad por otro mundo justo y cierto. Al menos no sabemos si se podrá hacer con las herramientas y las personas empeñadas en lograrlo.

 

Colérico e histriónico, el gobernador de Chihuahua, ­Javier Corral ha refrendado su compromiso (quizá mejor sería decir su obsesión), de capturar a Alejandro ­Gu­tiérrez quien “goza” de arraigo fuera de la prisión estatal donde estuvo confinado por un desvío hasta ­ahora no comprobado, de más de 200 millones de pesos en favor del Partido Revolucionario Institucional.

Corral ha sacado del talego de sus recursos, amparos y más amparos, con los cuales quiere abrir nuevos procesos porque su labor de gobierno se ha convertido en un escenario de picapleitos. Corral ha confundido el verbo gobernar con el verbo litigar y no ya materia de trabajo administrativo o de servicios a la comunidad, por en cima de su empeño de “acabar con la corrupción”, comenzando con el caso Gutiérrez.

Hoy el inculpado debe vivir en el Estado. No puede ­salir de sus límites y  ha alquilado con su familia una ­casa en la capital, lo cual resulta incómodo, porque siendo tan grande Chihuahua bien pudo haberse ido a cualquier otra parte, con tal de no toparse en la calle con la caravana de su acusador.

Pero quizá le guste ir a comer a la Casona, ese bonito restaurante en el que se reúnen, a comer grandes filetes, los políticos y personajes chihuahuenses, ahí ­donde fue casa de Terrazas, el legendario personajes del caciquismo norteño.00