Los periodistas con los cuales yo me formé (bien o mal, eso no es culpa de ellos) siempre me decían (Pagés, Scherer, Zabludovsky): los periodistas no somos noticia. Y quizá en aquellos lejanos tiempos, tenían razón.

Sin embargo, la primera gran noticia en la cual nos vimos inmiscuidos todos, incluyendo a Scherer, fue cuando por un pleito personal mal resuelto entre él y Luis Echeverría, nos fuimos todos a la calle anticipadamente. Lo de la libertad de expresión y todo ese cuento, fue una historia mal contada de ambos lados. Tan mal relatada y bien aprovechada, como para convertirse en mito.

Pero en fin. El agua bajo el puente no regresa ni le vamos a pedir a Heráclito y su cambiante río, la reescritura de la historia o la leyenda.

Hoy la prensa (medios), vuelve a estar en las páginas de la prensa.

El gobierno entrante ha decidido una distinta forma de relacionarse con los informadores. Les ha quitado su aureola de intocables y les va a quitar (a algunos) el dinero.

Lo primero quizá sea sano para el debate, si debatir por debatir fuera sano para la República, la cual “como ha dicho Carlos Salinas en reciente conferencia sobre el pensamiento de Maquiavelo” está en riesgo de renacer o desaparecer. Lo segundo será la extinción, para algunos.

Aquí una digresión. Con perdón de Maquiavelo y Salinas, no le veo para tanto a la “Cuarta transformación”. Siempre me ha parecido un eslogan de campaña, no una posibilidad real. Las tres transformaciones anteriores necesitaron armas y sangre para realizarse. Aquí no veo los humos de una Revolución. Y la reunión con los empresarios en Polanco, anteayer, nos confirma muchas cosas.

Pero volvamos a los medios.

Indudablemente lo noticioso de la actual circunstancia se deriva de la batalla emprendida por Beatriz Gutiérrez (esposa del Presidente Electo) y Rafael Rodríguez Castañeda (director de Proceso).

Todo provino de una perversa portada y una fotografía deliberadamente desfavorable del Presidente Electo en la cual
–él mismo lo dijo–, se veía decrépito. Turbado, extraviado, confundido, diría yo. ¿Y todo para qué? Para aprovechar con plena manipulación amarilla, una fumarola de Diego Valadés quien se anticipa en sus análisis jurídicos políticos a la legalización de la mariguana.

Como análisis político, la lucubración de Diego no tiene valor alguno, excepto su invitación a reflexionar frente al espejo de su casa. Su inexactitud y su distancia con la realidad son notables. Así, al buen cazador se le fue la liebre. La imaginada soledad de López Obrador y el riesgo de fracaso de ella derivado, no existen sino en su imaginación.

Casualmente quien fuera procurador de Justicia en tiempo de Salinas coincide —con diferencia de horas—  en el diagnóstico de un gobierno en riesgo de fracaso y una república en peligro de extinción. Como diría el filósofo de Minnesota: ¡Chale!

Pero de vuelta a los nuevos métodos y formas de relación con los medios, vale la pena analizar las posturas.

La “buena prensa” (como decía la SMI), es aquella cuyo acriticismo se basa en la simpatía (o militancia o pertenencia o devoción o culto) a una corriente política (decir ideológica es demasiado), llamada “Morena”. Ahí no hay ideología; hay fraseología y estrategia electoral. Son cosas distintas.

Y en este campo se ubican antiguas figuras de la “libertad de información”: Carmen Aristegui y José Gutiérrez Vivó, a quienes sin pudor, ni recato ni tapujo, el Presidente Electo exhibe como sus alfiles custodios de una libertad designada. La libertad es vivir bajo mi sombra y mi protección. Curioso caso.

La otra prensa, la “chayotera” (antes se le llamaba vendida, a secas, sin cucurbitáceas en el talego) peca por la paga y desmerece por la herejía. Es una doble culpa. No es una prensa fifi (clasista), nada más, es una prensa blasfema cuya tinta de alquiler mancilla los grandes proyectos salvíficos de la patria y la imagen del regenerador nacional.

Y el resultado, inevitablemente, es la polarización.

El linchamiento virtual en las redes además de este tipo de  discusiones tan ociosas, agravadas en este caso por una cuestión de apellidos.

Si el consejero de la presidencia no se apellidara Scherer, como don Julio, el fundador de Proceso (a quien yo también acompañé en el arranque del proyecto a la salida de Excelsior), el alevoso e inmerecido “descontón”, contra López Obrador, no habría sido tan llamativo.

Ahora hasta Proceso, dicen los sorprendidos.

Hoy las cosas, como dijo la señora Beatriz, tienen una parte positiva: se han caído las caretas.

Quizá, pero ese desenmascaramiento no ha sido para mostrar la faz desnuda: ha sido para ponerse otros antifaces, unos encima de los anteriores.

 

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