Las garantías imposibles

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De un tiempo no muy remoto a estos días, la protección de los activistas de Derechos Humanos y periodistas ha sido una de las más señaladas preocupaciones de los activistas de Derechos Humanos y periodistas, preocupados por los riesgos de los activistas de Derechos Humanos y periodistas en el ejercicio de sus labores.

Para protegerlos se han creado algunas oficinas, algunos mecanismos y se han seguido las instrucciones de los más importantes organismos de Derechos Humanos. Todos. De las Naciones Unidas a las comisiones locales en el país.

Sin embargo, y a raíz de los hechos de Guerrero, se ha visto el fenómeno en sus dimensiones quizá más reales: si el Estado no puede proteger a la sociedad (por eso es esta guerra contra la delincuencia, en la cual no se ha avanzado en los últimos diez años), cómo se puede entonces proteger un gremio o una decena o centena de organizaciones constituidas muchas veces al amparo de un membrete de acusado interés político.

Veamos esta información publicada apenas ayer:

“Medio centenar de periodistas protestaron en esta capital en solidaridad con los siete comunicadores que fueron retenidos el sábado por unos cien civiles armados, que los despojaron de sus equipos de trabajo en inmediaciones del municipio de Acapetlahuaya.

“Durante la protesta, el reportero Jesús Saavedra recordó que el sábado ‘‘los compañeros Sergio Ocampo, Alejandro Ortiz, Jorge Martínez, Ángel Galeana, Jair Cabrera, Hans Musielik y Pablo Pérez García acudieron a la región de Tierra Caliente a una cobertura informativa, y cuando regresaban fueron detenidos por un centenar de hombres fuertemente armados, quienes con total impunidad los despojaron de una camioneta, teléfonos celulares, cámaras fotográficas, de video, computadoras, dinero en efectivo e identificaciones’’.

‘‘Los reporteros de Guerrero y del país (no importa si sólo fueron cincuenta) expresamos nuestra condena y rechazo a esos hechos. Subrayamos que esos grupos criminales se mueven con total impunidad y nos parece extraño que hayan actuado con total anarquía en medio de dos retenes del Ejército Mexicano, lo que confirma la connivencia entre las fuerzas del orden y esos grupos del crimen organizado.’’

“Reprochó que ‘‘autoridades federales y estatales no actuaron siguiendo un protocolo de búsqueda y protección; por el contrario, generaron falsos rumores al informar que los periodistas ‘venían en camino y resguardados’, lo cual no fue cierto’’.

El hecho es simple: siete periodistas fueron amagados y hostigados, robados y asustados por cien individuos armados cuya ilegal conducta no pudo ser evitada ni siquiera por el Ejército. Como tampoco se evitan los robos de combustible, el contrabando de madera, la trata de personas, el cobro de piso, el tráfico de drogas y todos los demás modos de la delincuencia.

Si la acusación de los periodistas agredidos es cierta, entonces ya estamos en una situación irreversible. Si todo esto se hace por complicidad entre las bandas de los tequileros, la familia y quienes más se sumen en esta guerra de siglas y denominaciones, mejor vemos quién es el último en apagar la luz.

El verdadero problema, según esta escéptica columna, es la debilidad de las instituciones. Frente a este problema se quiso poner la fortaleza del Ejército cono retén de todos los problemas nacionales y la muralla militar se derrumbó. El Ejército, a pesar de su profesionalismo y temple, no ha logrado evitar la violencia en este país. Es más, algunos la miran aumentada por la sola presencia de los soldados.

La protección de los periodistas resulta algo complejo. La libertad de movimiento necesaria para el ejercicio profesional se ve limitada si cualquier cobertura requiere de custodia. No se ha logrado ni con los médicos en zonas de conflicto. Los doctores tampoco quieren ir a atender enfermos en hospitales o clínicas alejadas. Los secuestran y los matan.

Los problemas nacionales, por desgracia, son mucho mayores. La peligrosidad del ejercicio profesional debería también ser objeto de atención por parte de los propietarios de los medios y –si las hubiera–, las organizaciones gremiales.

RULFO

–Señor, lo buscan.

Tras la puerta Juan Rulfo fumaba mirando al techo. El brazo doblado tras la nuca, los “Delicados” aromando el aire de la tarde.

–¿Quién es?, dijo mientras se incorporaba.

Caminó hasta la puerta y se encontró con  un joven de sonrisa amable quien le extendió una tarjeta y le dijo, buenas tardes, señor, soy periodista, mi nombre es Pedro Páramo.

Y sí, se llama Pedro Páramo y en aquellos tiempos trabajaba en “Cambio 16”, una de las publicaciones más importantes de la transición española.

Rulfo se demudó y,  estremecido,  lo invitó a pasar.

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