Las dos Españas

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Rafael Cardona

“Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, decía Antonio Machado, para quien una de ellas bostezaba mientras la otra moría.

Hoy, paradójicamente las dos Españas (la de charanga y pandereta, devota de Frascuelo y de María y la otra, la del ansia democrática a tropezones y a la vejez viruelas), se enfrascan de nuevo en una pendencia incurable e interminable, por consecuencia.

Hoy el pretexto es el asunto catalán. Si la autonomía nada más o la plena independencia. Puigdemont, como un moderno Pío Marcha se dispone  a proclamar una independencia existente nada más en el fondo de su alma, mientras el rey de los españoles hace su aparición  pública con un  discurso de amnesia y disimulo en el cual no hay una sola mención para la paliza contra quienes querían nada más un referéndum. Ni siquiera una revuelta. Una consulta, nada más.

Muchas cosas he leído, pero este texto de Pérez Reverte me sigue pareciendo notable. Fue escrito en septiembre, pero cobra una vigencia significativa ahora. Es un poco más en el fondo. Lo comparto:

“No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre. Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate. Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas. Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada. Así que me centraré en los otros. Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.

“Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones –con corbata o sin ella–, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

“El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos. Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancetes de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable.

“Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones –cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista–, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España”.

Y junto a esas palabras yo analizo el otro fondo, el de la defensa a ultranza de una constitución cuya invocación inflexible recuerda hasta los peores momentos del autoritarismo de cualquier país del mundo, incluido este.

Me refiero, obviamente a las palabras del Rey Felipe V. Todo un Borbón, ni duda cabe. Si su padre defendió las Constitución  de un golpe promovido por sus tibiezas y devaneos anteriores, hoy esa carta de ley le sirve a Felipe para cubrir con ella el armiño:

“…Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno.

“Con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado. Un Estado al que, precisamente, esas autoridades representan en Cataluña.

“Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. Hoy la sociedad catalana está fracturada y enfrentada.

“Esas autoridades han menospreciado los afectos y los sentimientos de solidaridad que han unido y unirán al conjunto de los españoles; y con su conducta irresponsable incluso pueden poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España.

“En definitiva, todo ello ha supuesto la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña. Esas autoridades, de una manera clara y rotunda, se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común”.

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