Poco el amor y desperdiciarlo en celos, hacer de la pólvora un infiernito, asustar con el petate del muerto, perder el tiempo o escuchar los gritos del enano en el tapanco, ser comadrona en el  parto de los montes, disolverlo todo en el agua de las borrajas; en fin, abandonar las oportunidades, ver orégano en todo el monte, confundir la magnesia con la gimnasia, el culo con las témporas u organizar una protesta masiva sin  masa y sin  nervio, todo eso fue la llamada “Marcha de los chalecos” del domingo pasado.

#renunciamlo, era uno de los mudos gritos de la red.

Y el otro pudo haber sido, #ysunievedequelavanaquerer.

Un grupo de indignados ciudadanos cuya capacidad de protesta no hizo posible ni siquiera saber el objeto de su manifestación como no fuera la imposible petición al Ejecutivo federal de presentar su renuncia.

—¿Por qué?

Por vaguedades sin sentido, sin nervio, sin sustancia. Las acusaciones fueron superficiales y la representatividad escasa. No importa el número, importa la viscosa condición  de una protesta desarticulada y mal expresada.

Lo peor de esto es cómo, al hacerlo de manera tan poco seria y desorganizada, sin sustento alguno, se desvirtúan futuras movilizaciones frente  a un gobierno cuya principal ventaja es una sociedad acrítica y poco vertebrada.

Irónico y ventajoso en ese sentido,  el secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, cuyos solos dislates hubieran dado sustancia para una marcha mejor estructurada, fue más allá de todo esto y dijo sencillamente: “si esos son todos los opositores, pues esos son todos y nada más”.

Y el Presidente, con el desdén de quien oculta sus verdaderas opiniones (y su risa),  los felicitó por ejercer su derecho a manifestarse, sin reparar siquiera en la naturaleza o en el lema de su protesta.

Los veo y los oigo,  pudo haberles parafraseado ante la escuálida presencia de quienes se pusieron un chaleco cuyo blindaje no puede contra la frase insistente de los defensores del Presidente: nosotros tenemos treinta millones de votos, los cuales son siempre muchos, especialmente comparados con la asistencia de los inconformes.

En muchos sentidos estos fracasos inhiben  acciones posteriores. Y si se tiene el auxilio de Vicente Fox y Felipe Calderón, pues entonces es asunto de apaga y vámonos, porque con esos dos no se llega a ninguna parte.

Si hace algunos años, cuando era jefe de Gobierno, Andrés Manuel se enfrentó a una multitud enorme, con una idea definida y una exigencia concreta para contener la inseguridad en la Ciudad de México, hoy ni siquiera se enfrentó a nada porque no había causa alguna. Y entonces tampoco la atendió.

Pedirle la renuncia a un Jefe de Estado (nos guste o no, eso es AMLO), es algo tan infantil como escribirles una carta a los Reyes Magos y después quejarse porque el correo no la entregó.

El analista Ricardo Raphael (Canal 11; IMER; El Universal), ha comentado la falsa condición estrictamente civil y apartidista (como si eso fuera óbice para protestar)  de la marcha,  al menos en su convocatoria, si no en su asistencia.

Se le atribuye en un grado significativo al movimiento “Alianza por México, Todos somos Uno”, el cual ha iniciado trámites para convertirse en un  partido político, lo cual no tiene ninguna importancia ni deslegitima la intención de quienes escucharon y atendieron el llamado para salir a las calles. Los ciudadanos forman partidos, como dijo Pero Grullo. Y hacerlo es un  derecho absoluto.

El desastre de esta marcha consistió no en su falta de motivos reales, sino en su proclama central: la renuncia de un Presidente legítimo (ahora sí, no como en la pantomima de carnaval del 2006).

—¿Se imagina alguien las consecuencias de una renuncia o una ausencia presidencial en estos momentos?

La invertebración social se manifiesta no sólo en la capacidad del Gobierno  para cercenar las posibilidades de organización política adversa, sino en la ineptitud de quienes quieren ver en una salida dominical a la banqueta, la posibilidad de organización política de oposición, por cuya ausencia este país facilita el camino del autoritarismo y el poder total.

Con lo del domingo no ayudaron a la sociedad; ayudaron a López Obrador, quien no se moverá un ápice de su estrategia y su conducta con el fin de consolidar, aumentar, mantener y prolongar el poder de su movimiento.

López Obrador no quiere el poder para hoy, lo quiere para siempre.

Ésa es la finalidad de Morena en la historia de México. O al menos ésa es su fe.

 

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