La frase fue rotunda y voló por los lomeríos de Tijuana como una saeta en busca del corazón de la patria: no habrá tarifas y salimos con la dignidad intacta. Lo  dijo Marcelo Ebrard, héroe del mes de junio, en ambicioso corte del gajo de la epopeya .

Los débiles aplausos en el embudo de la poco espectacular manifestación tijuanense (convocada ya no se sabe con cuál propósito, pues los aranceles habían desaparecido y la nación aprestaba el acero y el bridón para formar en fila seis mil elementos civilmente marciales en la frontera del sur, dispuesta a –lo dijo Porfirio Muñoz Ledo–,  hacerle un “oscuro favor” a los Estados Unidos en la contención de los migrantes),  apenas compitieron con algunas incredulidades, porque  reacios hubo a comulgar con eso de la dignidad nacional intocada, impoluta, virginal inmaculada y limpia como una patena, pura de toda pureza.

Las negociaciones se basaron en la conveniencia y quizá supervivencia, no en esa indefinible abstracción llamada “dignidad nacional”.

El primer escéptico en eso fue el gobierno de Estados Unidos, para quien tal concepto nada significa. Washington le puso a México varias condiciones y una pistola en la nuca, como lo hace cada y cuando se le viene en gana.

Los mexicanos satisficieron las exigencias del empistolado, y Mr. Trump bajó el revólver (cada quien se baja lo que puede), pero no le quitó las balas y ordenó  revisar cómo se portan los mexicanos en un plazo de 90 días, no sin antes advertir cómo en cualquier momento sería posible aplicar los aranceles ahora suspendidos; no cancelados, sin importar ni el TLC ni el TEMEC ni el más reciente acuerdo, sin nombre, pero con discursos.

La otra duda sobre la dignidad un tanto manoseada, como si viajara en el Metro a la hora gruesa por la Estación Pino Suárez, fue de la propia señora dignidad, quizá un poco fatigada por sentir cómo se invoca su nombre en vano.

La dignidad no es cuando el otro quita el dedo del gatillo. Es cuando nadie te amenaza.

Pero los mexicanos solemos echar cohetones al viento a la menor provocación y el Señor Presidente, rodeado de evangélicos y curas oportunistas, aromatizó el evento con los botafumeiros de las iglesias evangélicas (protestantes, se les decía antaño), cuyo líder, un señor llamado Arturo Farela, podría haber ganado un premio de oratoria en el PRI de Lauro Ortega o en la parroquia del Apóstol Nasson Joaquín.

Casi tan grotesco como verlos a él y al padre Alejandro Solalinde, mover el sahumerio 4T, frente al retrato de Benito Juárez, padre del desaparecido laicismo del Estado.

Al norte fueron presurosos los señores gobernadores cuyos rostros –bajo el sol de plomo y azufre–, disimulaban un tanto la pena ajena de escuchar a Francisco Domínguez, presidente de la decorativa CONAGO, quien  habría dejado sin palabras a Cantinflas y en un descuido hasta sin gabardina. Ramplón, obvio, básico y sin sentido, casi tan lambiscón (difícil la competencia),como el Presidente del Consejo Coordinador Empresarial, don Carlos Salazar.

Pero si, en las hondonadas de Tijuana, los discursos nacionales se cubrieron de gloria, un niño recordaba a Amado Nervo:

“…Los otros eran fuertes pero nosotros no teníamos más fuerza que la de nuestro corazón…”

La reunión de Tijuana sirvió, nada más, para aprovechar la ocasión y buscar un escenario en el cual, después de tantas críticas por su fomento a la polarización y el encono entre mexicanos, el Señor Presidente pudiera hablar de gregarismo y fuerza colectiva.

A ver cuánto dura tan improvisado mensaje.

PADRÓN

En el no tan lejano enero de este año, el Partido Revolucionario Institucional inició labores de afiliación; es decir, se puso a buscar hasta por debajo de las piedras, quien quisiera formar parte de sus desguazadas estructuras.

Hasta hoy no ha quedado claro cuántos se han inscrito en el PRI; pero sin  importar el número, ahora hay quienes tratan de limitar los derechos adquiridos al ingresar; porque pueden estar pero no pueden votar en el cercano proceso de renovación del Comité Ejecutivo Nacional.

Como quien dice; ven, haz bulto, pero no hagas nada más.

Quien ha advertido, sobre este absurdo es la veracruzana Lorena Piñón, quien censura la idea de tener militantes de primera y de seguida.

Como si el bollo estuviera para hornos.

VÍCTIMAS

La mazorca se sigue desgranando.

Ahora Jaime Rochín descobija la patraña de un interés gubernamental en torno de las víctimas de la violencia nacional. Todo desmantelado al punto de no poder trabajar.

Adiós, muchachos, dijo y renunció a la Comisión de Atención a Víctimas, dejando en el aire cuatro cuartillas y un portazo.

 

 

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