La certeza ineludible, la secuela feroz

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Cuartoscuro

RAFAEL CARDONA

Los peores efectos de un terremoto no son las interminables “réplicas” sino las consecuencias sociales, cuya amplitud va de la incomprensión a la condena.

Quizá todos quepamos en la profecía de Ezequiel:

“…Y los peces del mar, las aves del cielo, las bestias del campo y todos los animales que se arrastran sobre la tierra, y todos los hombres sobre la faz de la tierra temblarán en mi presencia; también se derrumbarán los montes, se desplomarán los precipicios y todo muro caerá por tierra…”

Horrores bíblicos al alcance de la mano estimulados por la imprevisión, la dejadez, la corrupción administrativa y el incomprensible desenfado de una burocracia insensible. El mejor aprendizaje de estos días sísmicos es darnos cuenta de cuánto nos falta por aprender.

La Protección Civil, esa incipiente disciplina administrativa cuyo certificado de nacimiento apenas se remonta a una treintena de años (después del gran sismo del 85), se convierte en el conjunto de acciones posteriores a los desastres.

Diestros son sus hombres y mujeres en el acordonamiento de edificios derrumbados y cuando éstos aun no se han caído, pues hábiles resultan para preparar simulacros donde todo lo imaginario es insuficiente, pues de poco les habrían servidos esas maniobras entre lo lúdico y lo supuesto, a quienes estaban en el mortuorio edificio de Álvaro Obregón con su casi medio centenar de cadáveres o a los niños muertos de la escuela Rébsamen, cuyo historial de irregularidades administrativas es una absoluta vergüenza para todos, para quienes mal administraron las cosas antes de esta administración, como para la actual delegada, Claudia Sheinbaum, quien no se había enterado de dichas fallas sino hasta días después del sismo, el derrumbe y el deceso de niños y adultos, lo cual le permite gobernar en su último tramo (antes de irse en busca del voto para la jefatura del gobierno capitalino) con la vista fija en el espejo retrovisor y la facilidad de un expediente para culpar a los antecesores intermedios, ni siquiera a sus compañeros ex jefes delegacionales.

Pero hoy podríamos volver la mirada hacia el origen del problema.

— ¿Cuál es el riesgo de un terremoto?

— Los derrumbes de casas y edificios, puentes, carreteras en fractura; bardas caídas, acueductos rotos, comunicaciones interrumpidas, etc. Y, después, si todo eso ocurre, las lesiones a las personas.

Pero los terremotos no agreden directamente a los hombres. Les tiran las construcciones encima. Entonces el riesgo es físico; no social. Eso viene después; es efecto de la causa inicial.

Por eso la protección civil debería enfocarse a revisar los edificios. No a enseñarle a caminar a las personas en medio del sismo con el inútil ululato de una alerta sísmica cuya eficacia es todavía discutible.

La verdadera protección sería tener una ciudad a prueba de terremotos. ¿De cuántos grados? De cuantos sea necesario.

Hoy parece una obviedad repetida, pero cierta como casi todo lo obvio: las construcciones bien hechas no se caen cuando han sido calculadas para una zona sísmica como ésta.

— ¿Es posible rehacer la ciudad para reedificar lo mal construido? No. ¿Es posible revisar minuciosamente todas las edificaciones urbanas y reforzarlas o modificarlas estructuralmente para asegurarse de una absoluta estabilidad en casos de sismo mayor? Quizá parcialmente.

Lo conveniente ahora sería hacer un programa permanente de revisión estructural de toda la ciudad, delegación por delegación, colonia por colonia, calle por calle, como se hace el censo de población.

— ¿Cuánto tiempo tomaría esa inspección? Pues el tiempo necesario. Si el lapso entre el sismo del 85 y éste cuyos efectos aún lamentamos con lágrimas frescas fue de treinta años, pues dediquemos los siguientes treinta a revisar una por una todas las construcciones de la ciudad; reparar lo reparable y derrumbar y luego reconstruir lo mal hecho.

¿Labor de romanos? No, de mexicanos.

Muchas tareas complejas hemos realizado bien en este país.

Por ejemplo, logramos mantener un sistema de verificación vehicular semestral para millones de automóviles. ¿No podríamos entonces revisar y certificar una vez por año la estabilidad de las estructuras por las cuales el gobierno recibe impuestos prediales? El padrón, por ese camino, ya está hecho.

Los notarios podrían, así como hacen con los recursos con los cuales se pagan las escrituras para evitar la lavandería monetaria, exigir confiables certificados de inafectabilidad sísmica de las propiedades bajo su fe pública.

El servicio social de los miles de jóvenes egresados de las escuelas de ingeniería podría desarrollarse en esta labor de inspección; y la personalidad técnica de los llamados responsables de obra debería estar supervisada por una autoridad responsable a su vez.

Hay un escritor relevante y —según algunos— sobrecalificado, muy de moda, llamado Haruki Murakami. Tiene un breve libro llamado Después del terremoto y en uno de sus relatos de ficción hay algo potencialmente posible en la realidad.

“—Un gran terremoto asolará Tokio (le dice una enorme rana a un hombre) el 18 de febrero a las 8 y media de la mañana. Es decir, dentro de tres días. Aun será mayor que el de Kobe del mes pasado. Se calcula que habrá alrededor de 150 mil muertos. La mayor parte por descarrilamientos, vuelcos y colisiones de los medios de transporte en plena hora pico.

“Desplome de autopistas, hundimientos del Metro, caída de ferrocarriles aéreos, explosión de camiones cisterna. Los edificios se convertirán en montañas de cascajo que sepultarán a la gente. Las llamas se alzarán por doquier. El tránsito de las carreteras quedará colapsado, las ambulancias y coches de bomberos serán meros trastos inútiles. La gente irá muriendo y muriendo sin más. ¡Ciento cincuenta mil muertos! Un auténtico infierno. La gente deberá tomar conciencia de la fragilidad extrema de esta gran concentración de seres humanos llamada ciudad…”

Pero por desgracia esta profecía de gigantesco batracio no es exacta en el infierno mexicano. La gran desgracia (si eso fuera posible decir) no está únicamente en la bien dotada y funcional (a pesar de todo) Ciudad de México, sino en las pequeñas poblaciones rurales o semiurbanas de Oaxaca, Chiapas y Morelos, donde nunca se ha posado la mano de Dios, excepto cuando quiere golpear con su furia de maldición bíblica, como dijo Juan de Patmos:

“…Y el ángel tomó el incensario, lo llenó con el fuego del altar y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos, ruidos, relámpagos y un terremoto…”

No debemos esperar el Apocalipsis cuando lo vemos cada tarde a la vuelta de la esquina, convocado por nuestra impreparación o por la corrupción de los constructores y los burócratas. Ellos le ganan en nocividad al sismo.

CAMPECHE

No muchos se dieron cuenta, pero en el derrumbe de Chimalpopoca y Bolívar, ahí donde los ”reventadores” abuchearon al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, por el delito de cumplir con su trabajo, operó una brigada de campechanos encabezada por el gobernador Alejandro Moreno Cárdenas, quien durante toda la madrugada del 20, con una chamarra, casco y botas ayudó en las tareas de remoción de escombros y auxilio, participó como uno más de los muchos voluntarios sumados a la tarea de auxiliar a quien se pudiera.

Un video distribuido por las redes lo muestra cuando ayuda a jalar un cable para retirar una pieza pesada de encima de los sobrevivientes.

Quienes lo vieron por ahí dicen, llegaría como a las once de la noche y se fue a las cinco de la mañana.

DIFERENCIAS

Mucho se ha insistido en las diferencias sociales del México de 1985 y el de 2017, reflejadas en cuando al sismo, especialmente en cuanto a la comunicación y la velocidad de la información, la respuesta del gobierno y los alcances del “heroísmo” de la sociedad.

Y quizá tengan razón. En aquellos tempos el héroe mediático de la jornada fue un señor rescatista llamado La pulga.

Ahora fue una perra llamada Frida de la cual ya se ha hecho hasta una marca de cerveza con cuyas ganancias por venta se aumentará la bolsa para los damnificados.

Todos tenemos una ocurrencia. Faltaba más.

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