Uno mira las escenas en cuya sucesión se advierten los mismos elementos y actores. Los encapuchados, las ardientes Molotov, las nubes de gas de llanta, las piedras primitivas, las carreras, el alto escudo, el granadero (donde hay), la macana sin fin.

La calca es mundial, el escenario es el planeta, lo mismo en Hungría o en Nicaragua; la Ciudad de México o París cuyo sobrevaluado magisterio civilizador perdió importancia desde el desastre de la Segunda Guerra Mundial.

Pero ese mundo nuevo de promesas y esperanzas de la posguerra, se ha convertido en un amasijo feroz de conquistadores y abusivos, encabezados hoy por un rufián cuyos terrenos de pendencia ya no son los amplios campos del internacionalismo sino la casa misma, cuyo gobierno ha sido ahora cerrado parcialmente por el choque entre dos caprichos: uno para hacer una muralla y el otro para impedirlo.

En la Gran Bretaña, el brexit sacude las calles de Londres y en Cataluña se lían a pedradas por segregacionistas razones o sinrazones; en Hungría sufren por una ley esclava y en México la vieja laguna se llena con las lágrimas del porvenir pues la lucha callejera se ha trasladado al cómodo asiento de las instituciones, las cuales caminan cojitrancas y miopes, porque el primer gran documento del gobierno del cambio transformador y definitivo —su presupuesto—, está lleno de errores y en todo se equivocan porque son tanteadores profesionales o definitivos ineptos incapaces de distinguir entre los porcentajes, las alzas y las mermas.

Así, de pronto se dan cuenta de una mutilación del 85 por ciento de las operaciones consulares y la única respuesta ante las chambonadas es el alzamiento de las cejas y la postura de una mueca en el rostro, como quien se quiere reír, así como sonríen quienes suprimieron la autonomía en las instituciones de educación superior, redujeron los presupuestos hasta el borde de la ira arrepentida por parte de las comunidades estudiantiles y magisteriales, mientras se olvidaban las promesas de una campaña cuya base cultural no sería mermada ni por el pelo de un gato.

No se necesita la cultura si todos nos podemos tirar en el césped alguna vez sagrado de Los Pinos para ver la tediosa obra de Cuarón en cuyas dos horas de hastío en blanco y negro, la vieja colonia, ahora de moda para señoritas esnobs y galeristas de ocasión, se convierte en el aire de la nada.

Pero la barricada es el recurso más frecuente de la política. La movilización, la organización de masas, la convocatoria, el magnavoz, la reunión; el mitin, la concentración, la marcha, el plantón, todas esas variables de la presión y la presencia, son a un tiempo estrategia y fórmula.

Este gobierno cuya oferta histórica es tan difusa como su amplio enunciado: “La cuarta trasformación”, nace y crece hasta llegar al Palacio Nacional, precisamente así: con bloqueos, ocupaciones, marchas, plantones, campamentos.

Es su ADN, su huella genética, su único real conocimiento, así se exprese ahora de manera liviana mediante consultas sobre lo ya decidido o ensayos de acarreo en las redes sociales o largas y concurridas conferencias de prensa matutinas —una especie de prédica cotidiana; de la asamblea informativa a la conferencia de medios—, en las cuales se anuncian los grandes temas o las pequeñeces y se invita por la madrugada a los colaboradores cuyos ojos legañosos revelan en su enrojecimiento desvelado las dimensiones de la disciplina casi castrense de quien sale de la cama con su propio toque de Diana, a muy temprana hora sólo para compartir el escenario con el magnífico líder cuya oratoria hipnótica y reiterativa hasta el infinito, cobija al país, mientras tímido el sol se asoma por las tapias.

No hay ni caldo en las fondas cuando los medios ya han divulgado la minuta del día, la orden de la mañana, el menú de la vida. Alzarse con el gallo, recogerse con el grillo.

Pero, como todos sabemos, quien mata a hierro por lanza ha de morir o por espada o puñal.

Y la vida impone, a veces, la obligación ingrata de beber la sopa del propio chocolate, y cuando todo parecía deslizarse en aceitada balsa serena en el lago de las mayoría legislativas, los inventores del viejo sistema, los tataranietos de las tropas revolucionarias, se acuerdan del poder de la masa y la avientan al Palacio Legislativo miles de campesinos acarreados con la fácil consigna del despojo, pues en el presupuesto de egresos no tomaron en cuenta a las llamadas “organizaciones” campesinas con sus estandartes zapatistas, y entonces se procede, como en los tiempos rebeldes —de quienes ahora llaman al orden y al progreso—, a bloquear al edificio de San Lázaro, tan bien pintadito para la toma de protesta del presidente, y de paso cerrar con cadenas, las rejas y los portones con los empleados adentro, los cuales se convierten en víctimas, rehenes y pretextos para la condena.

—Secuéstrennos a nosotros los diputados; para eso estamos, pero dejen salir a los empleados y trabajadores —como si con esa frase ellos mismos se excluyeran de tan laborante y ajena condición hacia sus propias personas. Trabajador el del trapo y la cubeta; no el severo legislador cuyo pecho se ofrece a la bayoneta de la incomprensión, expuesto al filo de la injuria.

—Es el colmo, todo esto es por los “moches”, habría dicho el señor diputado Ramírez Cuellar quien hace muchos años escaló hasta la cima de su actual posición como presidente de la Comisión del Presupuesto en la sitiada Cámara de Diputados, haciendo exactamente lo mismo, hasta con ecuestres excesos desde una organización de papel (papel de lija), llamada “El Barzón” (con música de Luis Pérez Meza), a cuya combativa capacidad de joderle la vida a medio mundo, se deben bloqueos, tractores e implementos agrícolas en caminos y carreteras; avenidas y plazas, hasta lograr lo mismo ahora solicitado por quienes son iguales: vividores del campo, extorsionadores viles, como en su tiempo lo fueron (lo son), nuestros actuales padres conscriptos.

—A una orden del presidente Echeverría este país se incendia o se apacigua; gritaba vehemente y eléctrico Alfredo Bonfil. Alguien le llevó un canasto de naranjas cuando regresaba de Veracruz en avioneta. Lástima, una de esas frutas estalló en el aire. Todos muertos.

Pero hoy nada de eso sucede.

La potencia de estos grupos es ínfima así crea lo contrario Ismael Hernández Deras el exgobernador de Durango y actual dirigente de la muy mermada Confederación Nacional Campesina cuyos días de gloria desaparecieron hace mucho tiempo. Como el partido al cual pertenece. Polvos de aquellos lodos, pero polvo nada más.

Pero a los “morenistas” no se les indigestará el chocolate de su propia sopa ni los espantarán con la amenaza de medirlos con la misma vara.

Tranquilos, en aparente estado de conciliación, repartirán el atole con el dedo mayor, mientras avanzan, paso paso, golpe a golpe, en su transformación nacional, con  sus consultas, con sus operaciones inmobiliarias para fondear a la Guardia Nacional destazando el poniente de la ciudad para hacer la segunda versión de “La mexicana” o el “fifí” centro Santa Fe, con todo y sus condominios sin agua ni vialidades o sus aeropuertos improvisados en las rodillas de Riobóo.

—Sabes —me dijo alguien—, esto no lo detiene nadie.

Pero, por favor, no hagan manifestaciones en Tlalpan. No vayan a su casa.

 

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