CIUDAD DE MÉXICO.- Pasaron casi 36 años de condena.

Desde marzo de 1983 cuando el Papa Juan Pablo II, en viaje a Managua desde México, se negó a darle su bendición y permitir siquiera que el sacerdote Ernesto Cardenal le besara la mano.

-Primero tienes que reconciliarte con la Iglesia -le reprendió Karol Wojtyla.

Su pecado: formar parte como secretario de Cultura del gobierno sandinista que derrotó a Anastasio Somoza.

Ese día, bajo un sol a plomo y un calor abundante, Cardenal lo esperó a la escalerilla del avión e hincó una rodilla para saludar al representante de San Pedro.

Desde entonces se le prohibió celebrar, condena conocida eclesiásticamente como una suspensión «a divinis».

Desde entonces el también llamado Cura de Solentiname se recluyó en la oración y con paciencia infinita esperó la redención desde Roma.

En cuanto llegó al trono de la  Iglesia Católica, el poeta buscó un camino para llegar hasta  Jorge Mario Bergoglio.

Lo encontró con un corresponsal del periódico El País, Juan Arias.

Conforme el deseo de Cardenal, esperó un diálogo a solas con el Sumo Pontífice y le entregó el sobre con el mensaje del cura de 94 años, hospitalizado y muy enfermo por insuficiencia renal.

Por fin llegó la carta de Bergoglio pidiéndole perdón y rehabilitándolo.

Antes de recibirla, el obispo auxiliar de la arquidiócesis de Managua, Silvio José Báez, estuvo con Ernesto Cardenal para adelantarle la buena nueva.

Luego se arrodilló y le pidió su bendición con una frase de humildad:

-Le pido su bendición como sacerdote de la Iglesia Católica.

Luego se ofreció para concelebrar la primera misa de Cardenal tras casi 36 años de prohibición.

Quién sabe si tenga tiempo y salud.

El propio prelado subió la imagen a su cuenta de Twitter.

Y, cosas de la vida: Ernesto Cardenal ha dejado de ser fervoroso seguidor del régimen sandinista, lamenta el camino que ha llevado la dictadura de Daniel Ortega, hoy bañada en sangre.