“Disculpe usted las molestias que le ocasiona esta obra”, decían los letreros colocados junto a la maquinaria de rompe-calles y aplanadoras en la eterna sucesión de trabajos viales o de agua potable o de cableado eléctrico de la ciudad infinita. Eran los años cincuenta; brillaba el sol y el aire se mecía en la mejor transparencia del cielo.

Se veían los volcanes llenos de nieve, el ruido era poco, los árboles muchos. Los automóviles eran menos y se estacionaban libremente en la Avenida Juárez, la Alameda tenía fresnos, un litro de gasolina  costaba menos de un peso y una llamada a Cuernavaca ya era considerada Larga Distancia y en la farmacia del Hotel Regis se vendían frascos de cocaína en fin, distribuidos por la Casa Merck. En fin.

—¿Qué están haciendo, papa?”, preguntaba el niño curioso.

—“Están buscando el tesoro de  Moctezuma pero dicen que van a abrir una avenida”, fue la respuesta.

La curiosidad infantil preguntó por  Moctezuma y a saltos, entre la madre y el abuelo, le contaron la leyenda.

Para perjudicar la codicia de Cortés y sus hombres, los soldados del emperador fueron tirando, en viajes infinitos, todos los tesoros de las Casas Grandes, todas las ofrendas de chalchihuite y oro; todos los ornamentos, todos los ropajes y la plata, al lago de Texcoco.

Los españoles se enteraron y como quien limpia una mesa, simplemente comenzaron a secar el lago en busca de la riqueza ahogada. Nunca hallaron mayores cosas. Apenas a varios kilómetros un tejuelo de oro, pero muchos años más tarde, cuando José López Portillo era presidente y Eduardo Matos hurgaba la entraña de México hasta sacar el umbilical, Templo Mayor, con todo y su pequeña piedra de sacrificios, tan pequeña como para albergar el universo de los mexicas.

Pero el afán de secar el lago siguió por todos los años. Hasta la fecha.

Hoy por fin y a través de un serpenteante recorrido por todos los absurdos imaginables, hemos descubierto un tesoro en el lecho del lago seco: sin cuidado alguno, alguien tiró sobre el salitre cien mil millones de pesos, por lo menos.

Primero lo sembró la ingeniería y después lo sepultó la codicia política. El problema, sin embargo, es muy grande porque no hay manera de sacar ese dinero hundido en la sal de un lecho lacustre donde hasta las lagartijas son escuálidas.

Nunca se había visto en la historia nacional, tan proclive al desperdicio de tiempo y oportunidades, algo así. Demorar una obra durante veinte años para iniciarla con el ímpetu de la nueva época, y 18 años más tarde dejarla tirada en el polvo destinada a la incuria y el olvido. Todo un record.

Por alguna razón  propia del analfabetismo, México siempre deja pasar las oportunidades de todo. Jamás hicimos algo importante con el petróleo, como no fuera subsidiar un crecimiento anárquico y desigual; no hicimos petroquímica, no hicimos nada excepto vender crudo e importar gasolina. Hasta el agotamiento. Ahora ni eso.

El campo se destruyó en favor de una idea estúpida, como la propiedad social o el ejido y así, ahora, en el nombre de otra idea de moda, las cosas se van a frenar todas, gracias a la “democracia participativa”, cuya mejor expresión es la “consultitis”.

La plata sólo le dio timbre a la sonora miseria del pueblo entero y nuestra única aportación a la maquinaria pesada en el planeta han sido los metates y los molcajetes.

Pero eso sí, desde la abigarrada condición de nuestro exceso demográfico, les abrimos la puerta a los centroamericanos con promesas de visados para trabajos inexistentes.

“…en 1922, cuando fue publicado el diario de Algernon West, aparecieron estas críticas palabras referidas al prominente escritor George Bernard Shaw, y dirigidas a Archibald Philip Primrose, quinto conde de Rosebery, quien fue por un corto lapso primer ministro del Reino Unido: Nunca deja pasar la oportunidad de perder una oportunidad.

O como decía el poeta Horacio, no se logran las palmas sin el polvo. “Palma non sine pulvere.”

Para lograr algo es necesario el riesgo, el esfuerzo. Omitir la responsabilidad en las decisión es, patear el bote, dejarlo en otras manos, es una forma cómoda de aplicar el menor esfuerzo y la menor responsabilidad.

Hoy, se hagan las cosas como se hagan, lo único visible es la pérdida de tiempo y un tesoro de cien mil millones de pesos tirado al fondo de un lago sin agua.

SIGLO XXI

En Estados Unidos connotados opositores a Donald Trump reciben paquetes explosivos con tubos y pedacería de metal en su interior. Verdaderas granadas de fragmentación.

En México los sicarios llegan a la Casa del Cardenal Norberto Rivera quien declina presentar querella judicial por los hechos mientras los forenses levantan un cadáver del patio de su casa.

No vi nada, dijo el purpurado. Y es cierto. Una cosa es decir no vi nada y otra, ni se nada.

 

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