El temblor, el sismo, el terremoto

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El sismo de hace unos días, cuyas dimensiones magníficas, únicas en el ciclo mensurable, infinitamente mayor a muchos otros de relativa capacidad destructiva, es el tema y lo seguirá siendo, pues dentro de ocho días, exactamente a las 7:19 de la mañana, el Presidente izará, en el renovado Zócalo capitalino, a media asta la bandera nacional, cobijado por el solitario lamento de un clarín luctuoso.

Para entonces ya se habrán consumido los tres días de duelo nacional, de los cuales negros crespones y recuerdos tristes acompañaron la fachada de muchos edificios públicos, las pantallas de televisión y las camisetas de los jugadores de futbol. Y después, lo mismo de todos los días, porque la vida y la muerte no se detienen una para evitar la otra y ésta para asechar y cobrar su inevitable pago.

Vivimos desde hace días en la “sismomanía”. No hay mesa en la cual no se halle un experto en presiones y compresiones tectónicas; concentración y liberación de energía; fallas como la de San Andrés, o placas como la de Cocos.

Todos saben, todos dicen. Todos opinan y todos cuentas si de su casa alguien salió en miedosa condición de escapatoria por las escaleras del edificio hasta llegar a un patio en el cual estaban otros vecinos asustados en improvisada fiesta callejera de pijamas y niños con mameluco.

Todos elaboran disquisiciones elaboradísimas con las grandes diferencias entre la sacudida trepidaría y el mecimiento ondulatorio. De todos modos cuando algo se va a caer se cae, y hay quienes encuentran en las letras del Himno Nacional el reconocimiento a la sismicidad del país, cuyos antros retiemblan en el fondo de la tierra y únicamente con el sonoro rugido de los cañones.

Los irresponsables propalan en las redes aquello del inminente macrosismo cuyos efectos pavorosos acabarán con esta ciudad de cieno y llanto. Otros le atribuyen el dislocamiento tectónico a las pruebas atómicas de los norcoreanos y, con eso, explican la expulsión del llorón embajador, Kim Kyong Gil, quien arropado por los intelectuales de Morena, Ana Ángeles Valencia y Ramón Jiménez, acusa a la cancillería de ignorante y sumisa ante el gobierno de los Estados Unidos.

Pero el sismo de Tlatelolco (con todo y su tratado no nuclear para América Latina) golpea al asiático mientras algunos recuerdan aquellos años idos, cuando el temblor tiró la victoria dorada de la Columna a la Independencia y cuando Cantinflas, en esa misma ocasión, (1957) revisaba los restos de su edificio caído y se consolaba con una evidencia de alto optimismo:

—Bueno, nomás se perdió la mano de obra porque el material ahí está”.

Escribe Juan José Arreola acerca de los precursores de alerta sísmica temprana, como previsión conveniente para refugiarse en caso de temblor, y cuenta de un tío suyo quien quiso enlazar los campanarios de todas las iglesias de Jalisco, para irse dando aviso unas a otras, en sonora cadena, cuando un temblor comenzaba en Manzanillo y todavía no llegaba a Zapotlán el Grande, por cierto devastado por la tembladera en el año de 1911 cuando Madero entraba a la Ciudad de México y el Volcán de Colima regurgitaba sus agruras geológicas.

No podemos olvidar tan poco aquel episodio de La Feria, en el cual los jugadores de ajedrez se percatan del sismo y uno de ellos distraído se quiere zafar el jaque venenoso mientras el otro le dice (si mal no recuerdo), primero jaque al rey, luego vemos lo demás.

La sismicidad de esta capital nos tiene a todos en jaque con los temblores. Cada quien lo mira y lo siente a su manera, cada quien tiene su escalofrío, cada quien decide si se queda en la cama cuando se sacude al suelo como alfombra vieja o si salta del lecho para salir corriendo hacia ninguna parte.

El sismo gigantesco llegará y algún día la ciudad se verá ensombrecida por el luto mayor, cuando la casualidad no lo reviente a las seis de la mañana o en la hora temprana del día, sino cuando los edificios destruidos estén abigarrados, llenos de personas y la mortandad sea incalculable, como habría ocurrido cuando la Ibero se derrumbó sin alumnos y los edificios públicos del 85 estaban ayunos de burócratas. Eso va a pasar.

—¿Cuándo? Nadie lo sabe.

Y lo único bueno, eso no va a ocurrir nunca. Eso nadie lo sabe tampoco.

Por lo pronto, ¿a usted, cómo le fue en el temblor?

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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