Hay imágenes de la historia cuya dramática contundencia ha estimulado la imaginación de generaciones enteras.

No concibo a un cubano sin momentos de reflexión sobre aquella estampa de José Martí en “Dos Ríos” (Cauto y Contramaestre), a sabiendas de la desigualdad de las fuerzas contra las cuales echaba al galope a su caballo.

No importa para los fines de este texto si las diversas versiones sobre el suceso ocurrido en mayo de 1895 tiene inconexiones y hasta contradicciones sobre la orden del comandante Máximo Gómez cuyo cumplimiento Martí desobedeció para cambiar la segura retaguardia por la imposible vanguardia de un ataque sin posibilidades ni futuro, como si ponerle el pecho a las balas hubiera sido en ese momento la más ejemplar y necesaria de las conductas.

Revisemos este texto de Arnaldo Fernández:

“Sin haber disparado un tiro ni mandado una escuadra, José Martí fue ascendido a mayor general por el General en Jefe Máximo Gómez, a la sombra de un platanal y el 15 de abril de 1895, según el diario de Martí, o el 18, según el diario de Gómez…

“El 17 de mayo, Gómez salió con todos los caballos a perseguir un convoy que nunca encontró.

“Martí se quedó a pie con apenas doce hombres.…

“La noche del siguiente día llegó el mayor general Bartolomé Masó con más de 300 jinetes, tan cansados como sus caballos de dar tumbos por la sabana. De madrugada cruzaron el río Contramaestre hacia el oeste, en busca de mejor pasto, y acamparon en La Vuelta Grande.…

“El cronista de la guerra, José Miró Argenter, quien no estuvo allí, contaría doce años después que Gómez arengó a las tropas y Martí predicó ‘el credo de la revolución con el fervor del apóstol’ a tal punto que, ‘transfigurado por la pasión’, dijo:

“— ¡Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en la cruz!

“Siguió el almuerzo, se oyeron unos tiros y avisaron que los españoles avanzaban hacia Dos Ríos por la orilla este del Contramaestre. Lo mejor que se podía hacer (era) cruzar este río más abajo y atacarlos por detrás y su flanco derecho para acorralarlos contra la confluencia con el río Cauto, pero Gómez desobedeció su propia circular del 14 de abril y vadeó imprudentemente el Contramaestre para cargar con tremendo desorden y gritería contra el frente del enemigo…

“Al cruzar el río, los mambises perdieron la formación.… Ya iban a enfrentarse a los españoles cuando Gómez ordenó a Martí quedarse atrás y enseguida marchó adelante para arrastrar a la tropa, sin poder ocuparse más de Martí.

“Martí avanzó ‘con la idea de que su ejemplo podía arrastrar a (la) tropa’. Martí cargó en Dos Ríos de manera surrealista, como mayor general sin tropa y sin otro jefe que el jefe de todos, quien andaba por otro lado tras haber dado una orden tan imprecisa que dejó expuesto a Martí en su bautismo de fuego. A Martí no lo siguió nadie más que un ayudante de Masó, Ángel de la Guardia, quien iba igualmente desorientado y se salvó de milagro.

“La historia quiso que del bando cubano muriera, en aquella escaramuza insignificante, sólo ‘el que no debía morir’.

Pero sin ser cubano, basta ser mexicano para mirar otro suicidio disfrazado como carga de caballería. La muerte de Bernardo Reyes en un ataque insensato contra el Palacio Nacional:

“(Solares) …Con la primera claridad, como enviados por el sol de Reyes: el sol del odio y la destrucción, cruzaron la plaza neblinosa del pueblo de Tlatelolco. Subió enseguida al caballo que le entregó su hijo y ya ahí, inclinándose sobre la montura, recibió los abrazos de los generales Mondragón y Ruiz.

“En total desconocimiento de lo acaecido, y ya con Félix Díaz ‘traje gris de lana, pañuelo rojo al cuello y una gorra negra de fieltro que tocaba su cabeza ensombrecida, clavada en el pecho, ‘como si fuera a un funeral más que a la conquista del poder’, decía una crónica de La Nación, la otra columna rebelde se encaminó hacia el centro de la ciudad por la calle de Lecumberri.

“Uno de los jinetes del primer regimiento de caballería regresó con el general Reyes y sugirió prudencia. El odio contenido relampagueó en los ojos garzos de don Bernardo.

“— ¡Aquí sólo los cobardes toman precauciones! ¡Así que, al ataque, soldado!

“— No podríamos entrar…

“(Reyes) se alzó sobre los estribos y gritó:

“— ¡Señores, el fuego va a comenzar! ¡Que se aparten los cobardes que no estén dispuestos a dar la vida por la patria!

“Mondragón y Félix Díaz intentaron también hacerlo entrar en razón, pero don Bernardo respondía con gestos de rechazo, pasándose una y otra vez una mano por la cara, como si apartara una sombra.

“Picó espuelas y partió al galope, seguido por un haz de infantes y jinetes, desasosegados y sin entender del todo qué extraña fuerza los lanzaba detrás de aquel anciano vehemente.

“Tras él fue su hijo Rodolfo y lo alcanzó al volver la esquina, ya frente a la puerta Mariana, obligándolo a refrenar su marcha, poniéndole una mano afectiva en la brida del caballo.

“— Padre, recapacite usted. Lo que está haciendo es una tontería. Tienen ametralladoras en las puertas y en las azoteas. Van a provocar una matanza inútil.

“— Inútil es continuar como hasta ahora. Preferible la muerte a la indignidad— su labio inferior se proyectaba hacia el frente, tembloroso.

“Villar lo esperaba al borde de la acera, en la puerta central y delante de la valla de tiradores pecho a tierra….

“— Ríndase, don Bernardo. No tiene usted ninguna posibilidad de trasponer esta puerta. Le estoy hablando en nombre del presidente Madero— le gritó Villar saliendo hasta la media calle.…

“— Apártese usted, Lauro. Nada podrá impedir que pase por ella. Yo le estoy hablando en nombre de la salvación de nuestra patria.

“Reyes continuó su avance sonámbulo. Casi echó el caballo encima de las ametralladoras. Rodolfo, que iba detrás, le gritó:

“— ¡Te matan!

“— ¡Pero no por la espalda!”

Estos recortados relatos nos llevan al campo de lo incomprensible. ¿De dónde viene esa fuerza casi mística de quien lo echa todo frente a la muerte segura, en el nombre de la dignidad, el patriotismo, la causa, el futuro, el credo o simplemente la convicción íntima de tener algo digno de ser cambiado por la vida en la última y única apuesta definitiva, perdida desde su enunciado?

Yo no lo sé, y quizá tampoco Alan García; pero ésta es una de las frases más conmovedoras en la historia de los suicidios políticos, si tal categoría hubiera. Y ya no hablo de Allende, ni de Venustiano Carranza, ni el intento de Obregón, ni tantos otros, como Getulio Vargas o Adolfo Hitler.

“He visto a otros desfilar esposados, guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos, por eso le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones, a mis compañeros una señal de orgullo y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios…”

En estas condiciones se vale reflexionar sobre la frase de Thomas de Quincey, quien en su ensayo sobre el asesinato como arte mayor, cita a Wordsworth, cuya frase se acomoda al homicidio, pero no al suicidio:

“El terremoto no queda satisfecho con una vez”.

 

RIDÍCULO

No ha habido en las defensas espontáneas y lambisconas de los empleados del presidente López Obrador y su célebre memorándum para desmemoriados, ni una sola idea sustentable a la luz de la razón, la ley o la lógica.

Puro lagoteo estilo Batres o Noroña. Bordar en el aire.

 

UAM

¿No tendrá tiempo la secretaria Alcalde para intervenir en el prolongado paro de la UAM, simplemente considera fuera de su campo el destino de una universidad pública?

 

Twitter: @CardonaRafael
rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com