La verdad esto es como para recordar a Jorge Ibargüengoitia y la historia maravillosa, alucinante del general José Guadalupe Arroyo y su arribo a la dicha burocrática, cancelada para siempre por la muerte del presidente recientemente electo, Marcos González, quien falleció víctima de una apoplejía al poco tiempo de ofrecerle el puesto de secretario particular en la recientemente conquistada presidencia de la República.

Todo eso ocurre —como todos sabemos— en la novela Los relámpagos de agosto; pero la historia del industrial papelero mexicano, Miguel Rincón, quien además de ser compadre y consejero empresarial del presidente Andrés Manuel López Obrador, es un notable personaje del sector, con nexos viejos en la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuito, ya es como para hacer otro capítulo. U otro relámpago.

Esta historia reciente está colmada con elementos dignos de una mejor pluma, pero por ahí encontré un relato en primera persona con el auxilio de la imaginación, como si esto fuera una carta, una misiva a un lejano amigo a quien se le cuentan las cosas importantes.

“—Como sabrás, querido amigo, desde hace tiempo he cultivado la amistad de Arturo Miguel, un hombre íntegro cuya vocación de servicio lo ha hecho perseguir la presidencia de la república a través de muchos años y en varias campañas, en las cuales se ha enfrentado a todos los obstáculos posibles; incluyendo un fraude electoral en el cual yo creo con firmeza.

“Sí, estoy seguro; le birlaron, a la mala, el triunfo electoral (nadie birla a la buena, ¿verdad?) y él, paciente y pacífico, ha protestado y ha seguido construyendo alternativas políticas de organización nacional ahora coronadas por un éxito arrollador en las urnas. Nadie había ganado así la presidencia. Nadie.

“Pero bueno, eso no es lo importante, lo importante ahora es cómo esa relación evolucionó hasta el punto en el cual los mexicanos le depositamos confianza perdurable hacia el futuro a un hombre, a quien le encomendamos el cuidado de un hijo en caso de nuestra muerte.

“El compadrazgo no es un pacto de complicidades, es una muestra de confianza y respeto y en tales condiciones, Arturo Miguel, ya instalado en presidencia y acompañado de otro amigo nuestro, el cardenal Gilberto Correa, aceptó hace unos días ser padrino de mi hijo, lo cual, ha sido un orgullo para mí y una distinción para el chamaco. El niño todavía no sabe nada de la dimensión histórica de su padrino, pero lo sabrá cuando sea mayorcito. Cuando ya no le sirva para nada, por cierto. Como a mí, pero no adelantemos.

“La verdad, no voy a negarlo, yo siempre imaginé un vuelco en mi vida con este compadrazgo.

“No cualquiera tiene esa cercanía con el presidente y menos con uno tan poderoso como éste, cuyo control del país es absoluto. Yo si pensé, la verdad, ¡ya chingué!, porque si mis negocios siempre fueron bien, pues ahora con el simple conocimiento público de mi cercanía con el jefe del Poder Ejecutivo, y más cuando ejecuta de manera tan contundente, hasta sin pedirle nada, pues se me iban a abrir todas las puertas.

“Para no hacerte la historia larga, me inscribí otra vez en las licitaciones para proveer de papel a la Comisión de los libros gratuitos de texto (ya ves cómo éstos le dicen gratuitos a los textos, no a los libros, pero en fin), y a las derechas, te lo juro por Dios, gané la licitación.

—¡Gané!, hermano, gané. Un contrato de más de 200 millones de pesos. Nada mal, pues.

“¡Ah!, pero los adversarios de AM (pocos, pero tiene), los malvados conservadores y la prensa fifí, le atribuyeron mi contrato a mi cercanía con él y hasta su orden, quizá, y comenzaron jode y jode con la cantaleta y la insinuación del compadre favorito, y como ya te lo dije, él, como hombre honesto, ¡sácatelas! me hace saber por una conferencia de prensa, una petición: ‘Compadre, renuncie al contrato obtenido y yo, ¿pues cómo le hago?’

“Ni modo de decirle ‘¡Ah!, no, compita, lo cáido, cáido, pues no se trata de eso; y entonces, pues le dije, ¡claro, Compadre, para cualquier cosa yo estoy con usted! Y aquí me tienes, disfrutando al revés los privilegios de ser compadre del presidente.

“Sin contrato, pero con reconocimiento y con la satisfacción de haber, comprendido las circunstancias como él me dijo. ¡Pinches circunstancias!; pero, en fin. Nunca hice las cosas por interés, sino por amistad. Y los amigos se prueban en las malas, no en las buenas.

“En otros tiempos todo se conseguía nomás por eso. Hoy todo se debe rechazar, nomás por eso.

“Ni modo, mi historia —no se por qué— me recuerda la de aquel famoso vate Campos, quien fue siempre conocido en los rumbos de Bucareli como el poeta desflorado, pero no por las razones impropias de tu lúbrica imaginación, amigo, sino por las derrotas del triunfo.

“El vate aquel, muy certero e inspirado, no tanto como el mamarracho a quien le acaban de dar el Premio Aguascalientes (quien sí presume de floraciones rectilíneas), participó en un concurso municipal y ganó el premio de la Flor Natural y unos pocos pesos de estímulo económico.

Durante la fiesta del festejo, después de hacerlo repetir por cuarta vez los versos laureados, el alcalde se le acercó y le dijo con aliento a pulque:

—El dinerito se lo queda, mi poeta, pero la florecita ésa de chapa de oro, me la devuelve; porque es el misma del año entrante.”

“Y desfloraron al vate. Cuando ganó, perdió.

“Bueno pues ya te conté y no te quito más tu tiempo. ¡Ah! y si se te ofrece algo o sabes de alguien, me dices. Me acabo de quedar con veinte toneladas de papel y no tengo a quien vendérselas.”

 

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Leo la biografía política de Adolfo Ruiz Cortines, escrita por Juan José Rodríguez Prats:

“… sabía (don Adolfo), dar consuelo y manifestar su solidaridad cuando no podía otorgar una posición política. A Manuel Caldelas no pudo hacerlo presidente municipal en una primera ocasión. Al llegar a Veracruz le dio una palmadita en la mejilla y con cariño le expresó: “mi candidato derrotado”.

Ésa es otra versión del célebre “perdimos”, atribuido al mismo Adolfo El viejo (cito a Enrique Quintana):

“…Cuenta Gonzalo N. Santos en sus Memorias que cuando ya se acercaba el proceso de sucesión presidencial del veracruzano Adolfo Ruiz Cortines, éste recomendó a algunos de sus subalternos que revisaran con todo cuidado los papeles y la situación financiera, fiscal y de todo tipo de su secretario de Agricultura, Gilberto Flores Muñoz, con objeto de quitarle toda mancha.

“Habiendo trascendido esta indicación presidencial, se dio por sentado que el sucesor que Ruiz Cortines dejaría, era el político nayarita, mejor conocido como El Pollo en los medios políticos.

“Como al final de cuentas, el astuto Ruiz Cortines engañó a todos, y se inclinó por su secretario del Trabajo, el mexiquense Adolfo López Mateos, se hizo célebre la expresión que usó para informarle a Flores Muñoz que él no sería ‘el bueno’:

‘Perdimos, Pollo, perdimos’”.

 

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No se sabe cómo pudo estacionar su auto frente a la puerta Mariana del Palacio Nacional, en una embestida distinta a la del general Bernardo Reyes, pero silenciosa y con la melena al aire se sentó recargada en su vehículo y se burló de la inexistente seguridad, a pesar de haber sido olisqueada por los “binomios caninos” (no se sabe cuál de los dos elementos del binomio la olfateó a ella y cuál al coche), pero cuando le vino en gana se fue sin nadie para conocer siquiera sus ocultos pensamientos, hundidos con la cabeza entre las piernas durante más de una hora y media.

Quería una cita con el Presidente y en nombre de sus Derechos Humanos, los puso a todos en ridículo. Cualquiera puede hacer un happening en el Zócalo.

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