El Premio Nobel, las lágrimas y la tortuga

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El escenario no es como para pasarlo por alto. También es una referencia de lo más obvio.

Hace años, en este mismo foro, bajo idénticas luces, con la misma luminosidad teatral, pero sin las alfombras rojas de la tarde priista, ni las pantallas donde se exhiben en festivo carrusel las imágenes de tantos políticos sonrientes, cuando nadie lo imaginaba con un Premio Nobel de literatura en la maleta, Bob Dylan, con un astroso sombrero muy chico para su cabeza; una armónica con enfisema y una guitarra perezosa, con leves soplidos y confusos acordes cantaba –es un decir–, y también, como los políticos ayer, dejaba sin respuesta las preguntas de la vida.

“–How many roads must a man…?”

Todo se quedaba disperso en el aire, (“blowin in the wind”), como la mañana  de ayer en el Palacio de los Deportes.

Avenida Añil y Río Churubusco. Nueve de la mañana.

Tirado al sol de agosto como un prehistórico quelonio, (un “Odontochelis” o un ejemplar de la paleontológica familia de los testudines), con sus patas de concreto, escondida la cabeza en su  carapacho de bronce, la enorme tortuga del viejo escenario olímpico (como los quebrantos del PRI, data del 68), se convierte esta mañana de sábado en la casa de los “dinosaurios” de la política mexicana quienes hacen un esfuerzo por romper el  cascarón de sus inercias y presentarse en el ámbito de la novedad como un  partido unido, renovado, comprometido, abierto a todos los vientos, sin candados de clausura, sin resabios de los viejos nacionalismos excluyentes, renovado en su fe revolucionaria y digitalizada;  transformado, redimido de los pecados ajenos; comprometido con la transparencia, la rendición de cuentas (quien lo iba a decir, Juan Pardinas como ideólogo inspirador del “tres de tres priista”, Dios mío); la claridad en sus procedimientos, ajeno al salto de trapecio de los plurinominales (aunque uno de sus nuevos principios sea la no discriminación, a éstos los discrimina), promisorio, prometedor, certero en su confianza de llegar a una victoria cuya definición sobrepasa cualquier optimismo; abierto a la juventud a la cual (así, en abstracto y en el Día Internacional)  le entrega sin mérito superior al calendario, el treinta por ciento de sus posiciones electorales, como si no hubiera sido suficiente el juego feliz de la paridad de género.

Alabado sea.

Pero si la respuesta está en el aire, ¿cuál viene siendo la pregunta, la única, la importante?

O las únicas:

¿Quién y cuando?

Los lectores de runas y vísceras eventradas, los atentos a cualquier guiño de la casualidad (porque en política no hay casualidades, dicen), hallan sentados juntos a Miguel Ángel Osorio y a José Antonio Meade, a quien muchos indican como el gran beneficiario de los cambios a favor de los simpatizantes en contra de los militantes rancios y por tanto rencorosos.

–¿Y usted, que onda?

–Nada mi veterano, yo soy simpatizante, ¿quiere ver mi credencial 007?

Porque la neta, la neta, nada más quisieran todos los priistas saber una cosa, para dónde soplará ese viento ahora suspendido en la inmensidad de la duda:

–¿Quién va a ser el candidato? ¿Para quién quitamos candados y restricciones a los saltamontes, para quien pusimos treinta por ciento de candidatos a favor de los niños (¿los nuños?); a favor de cuál de los aspirantes, suspirantes y constantes propusimos la posible entronización de quien no haya sido ni constante ni aspirante ni reclamante, ni conociera el arduo honor de pegar propaganda por las calles cuando apenas el bozo era un  esbozo?

“The answer in blowin in the wind…”

Y no lo responde Enrique Ochoa; tampoco despeja la duda la secretaria Claudia Ruiz Massieu, responsable de la organización de todo este sainete en el cual intervinieron 390 mil personas a lo largo de los meses, ni mucho menos el Presidente de la República quien recuerda sus comienzos, sus ilusiones y su victoria y les agradece a todos y a todos les pide empeño, fuerza y vigor para llevarse la nueva victoria y proseguir en el camino de la modernización de México, de la prosperidad de la patria.

¡Ay!, la dicha de los mexicanos.

Los nuevos modos de convocar al voto, de pedir el favor en el ánfora.

Nadie en ese sentido como José Carlos Ramírez Marín quien anuncia las secretarías del Emprendimiento y la Inclusión y la de Anticorrupción en el renovado Comité Ejecutivo Nacional. De veras.

Y no se cansa de rematar sus párrafos con una frase; este es el partido de la inclusión, este es el partido de la inclusión y tanto se emociona (no como para tirarse un “rap” estilo Eminem), pero si para tomar un título de Yolanda Vargas Dulché y decir así nomas, sin sombra de rubor: “… este es el partido más alegre… para lograr una sociedad con más sonrisas que lágrimas”.

Los “Violines de Villafontana se tiran con “La marcha de Zacatecas”.

Pero regresemos a las nueve y media de la mañana.

Veamos cómo se pueblan calles y avenidas con camiones y banderolas. Miremos cómo se desplaza la marea roja; la ola escarlata con los colores “de nuestra bandera”, en los escudos del pecho, en las espaldas bordadas en las gorras de ocasión, en las portezuelas de los autos; en las cartulinas del estacionamiento.

¡Ay!, Rafael Freyre, si un peso hubieras tenido por cada reproducción de tu escudo priista; ni Carlos Slim igualaría tu riqueza. Pero en fin. Eso es todo.

La asamblea ha significado un esfuerzo muy duro. Arduo. Y de su resultado, la verdad, deben  estar orgullosos los responsables, incluyendo al secretario Técnico el señor “Borrego” Gándara quien se fajó a brazo partido como Héctor Gómez Barraza y como tantos otros cuyos tiempos de labor se iban a la madrugada por semanas y meses.

Para ellos debe haber sido en parte este reconocimiento del presidente, del exultante presidente Enrique Ochoa:

“…Que nos vean bien. Este partido político está unido y, en su unidad, este partido es invencible. Reconociendo la aportación de cada militante y de cada simpatizante, en el 2018 tendremos los resultados electorales que todos queremos: mantendremos la Presidencia de la República.

“Ganaremos las 9 elecciones de gobernador en Chiapas, en la Ciudad de México, en Guanajuato, en Jalisco, en Morelos, en Puebla, en Tabasco, en Veracruz y en Yucatán.

“Ganaremos también la mayoría parlamentaria en el Senado de la República y en la Cámara de Diputados. Competiremos y ganaremos
en los distritos y en los municipios de las 30 entidades federativas que tienen elecciones. Y que no quede duda: con el voto mayoritario de las mexicanas y de los mexicanos, el PRI seguirá gobernando la República”. ¡Nomaaás!

Todo en el verbo es el PRI.

En sus definiciones más allá del optimismo y la verde túnica de la esperanza, no parece haber enemigos al frente, excepto aquellos cuyo augurio era verlos débiles y divididos. Apenas un par de menciones al peligro real:
“…Hay quien le apuesta al caudillismo y a la división de los mexicanos… el PRI defiende las causas de México mientras otros se dedican a defender sus posiciones antes que sus convicciones… dijo Peña Nieto.
Y en ese sentido Ochoa fue más directo:
“Hoy los priistas pensamos hacia adelante para asegurar que no haya retrocesos en el país. Tenemos una gran responsabilidad frente a nosotros: detener al populismo autoritario que ha afectado tanto a Venezuela. México merece mejor futuro.

“En las recientes elecciones, el PRI demostró ser la única fuerza capaz de frenar la amenaza del populismo autoritario. Lo hicimos en 2017 y lo haremos de nuevo en 2018.”

La gran bóveda debajo del quelonio se ha poblado con los rumores del futuro feliz. La llegada del Presidente, a la mitad de la función; les traho el aire ya casi olvidado de un “rock star” en medio de la multitud.

No dejan caminar a Peña, como cuando era más joven y dichoso  candidato seguro del triunfo, confiado en una victoria arrolladora; seguido por una generación política de cuyos resultados ya nadie quiere acordarse, por aquello de los Duartes y los Borges y la mano del muerto.

Pero a Peña lo arropan, lo abrazan, lo estrujan, le toman  fotografìas y todo es la fiesta de la “selfie”.

El gran  proscenio iluminado es una oferta para la gran imagen. El escenario es magno, el sonido es impecable y por eso no es posible evitar la tentación de gritar a fin de cuentas, como les corresponde a ellos hacerlo ahora y en hora de su suerte:

¡Viva Mèxico, viva el PRI!

El Palacio se despobló. La respuestas se quedaron en el aire. Alguien apagó las luminarias y cerró los portones. OCESA fue.

¿Y afuera?

Afuera no hay asamblea, afuera está la vida, la vida real.

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