Con el mismo estilo de siempre, fiel a su espejo diario y sin apartarse un ápice de los cuatro o cinco puntos básicos de su programa ideológico moral de transformación y regeneración nacional, Andrés Manuel López Obrador, el presidente de más de 120 millones de mexicanos, duerme con los ojos abiertos y nunca se quita los guantes.

Su propuesta de gobierno, su pasaporte a la parte luminosa de la historia, a la regeneración anhelada cuyo logro provoque una Cuarta Transformación, la cual ojalá y nos saque del subdesarrollo generado por las tres anteriores, con todo y su mitológico contenido de heroísmo, contenida en un programa llamado por la ley Plan Nacional de Desarrollo, no tiene fallas; tiene adversarios, enemigos y un pasado malevo al cual debemos exorcizar.

Pero no tiene errores.

Es un catálogo perfecto de ideas perfectas, cuya sola condición de valerosa honestidad es suficiente para lograr el éxito.

El triunfo no necesita ser práctico, le basta con ser ético.

“…La característica más destructiva y perniciosa de los neoliberales mexicanos fue la corrupción extendida y convertida en práctica administrativa regular. La corrupción ha sido el principal inhibidor del crecimiento económico. Por eso estamos empeñados, en primer lugar, en acabar con la corrupción en toda la administración pública, no sólo la corrupción monetaria sino la que conllevan la simulación y la mentira”.

Sin embargo, ese planteamiento sobre el cual se sostiene todo el “lopezobradorismo”, entendido como doctrina, prédica, actuación, finalidad, credo y estrategia, no es asunto novedoso ni tampoco debería ser materia de un plan nacional de desarrollo.

Es —en el mejor de los casos— una definición reiterada y sabida, puesta en práctica desde los tiempos del Gobierno de la Ciudad de México, tras el cual ni se erradicó la corrupción (antes se aumentó) ni se resolvieron los problemas urbanos o sociales.

Aquí, el documento divulgado en cumplimiento constitucional, merece un análisis en sí mismo, como figura de administración y ley porque a lo largo de los años, desde el Plan Sexenal del general Cárdenas, hasta cualquiera otro en ese mismo sentido, nada más hemos sabido de propósitos incumplidos, ideas en el aire, palabras celestiales.

Así fue expresado en los remotos tiempos, cuando la Revolución se hizo Gobierno:

“…Cumplida la misión inicial del Partido Nacional Revolucionario, que consistió en reunir los grupos, antes dispersos, de la Revolución, como preámbulo necesario para el encauzamiento del orden institucional de la República —orden a que convocó el ilustre ciudadano Plutarco Elías Calles, en su mensaje Presidencial del primero de septiembre de 1928—, ha llegado el momento para nuestro Partido de procurar alcanzar un estadio más alto, en el cual su acción política y su gestión económica y social produzcan resultados más fecundos para la colectividad mexicana.

“Esta evolución comprende el propósito de enmarcar sistemáticamente la política del Partido en programas meditados a conciencia, elaborados con sereno conocimiento de las realidades nacionales y llevados hasta la extensión que señalen la posibilidad de acción de los gobernantes y las finalidades concretas y medios que deban inspirar la obra de los miembros de la Institución.

“… ya es hora de formar un programa minucioso de acción que cubra los seis años del próximo período presidencial, programa que debe estar basado en el cálculo, en la estadística, en las lecciones de la experiencia”; y agregando después: “… debemos estudiar lo que podemos alcanzar, dadas las posibilidades de nuestro presupuestos y las realidades nuestras”.

“En nuestro país, la voluntad de mantener en el poder al Partido Nacional Revolucionario, nace del impulso constante del pueblo por realizar las trasformaciones sociales y económicas que establezcan progresivamente planos más altos, mejores y más amplios en la vida nacional. Mientras exista un Partido Revolucionario que garantice al pueblo el ejercicio del gobierno, la revolución se realizará en la forma pacífica y creadora de la acción política.

“Cuando no exista ese Partido, la revolución volverá a manifestarse, por medio de la violencia, en la guerra civil…”

Muchas de las ideas de este preámbulo fallaron del todo.

Cárdenas expulsó a Calles y transformado sucesivamente hasta el desastroso PRI del 2018, casi al punto de su extinción, aquel partido cuya operación nos salvaría de la guerra civil, no ha visto llegar la lucha fratricida, aun cuando hoy haya batallas cotidianas en el ciberespacio, con ejércitos robóticos operados por fanáticos de uno y otro bandos.

“…Cuando no exista ese Partido, la revolución volverá a manifestarse, por medio de la violencia, en la guerra civil…”

Quizá la terrible advertencia no se ha cumplido porque ese partido aún existe, pero ahora se llama Morena, y fue gestado en un embarazo extrauterino de la madre priista y el ecléctico jugo seminal de todas las corrientes de izquierda.

Pero el PND, presentado a los ciudadanos hace unos días por el presidente López Obrador, dice muchas cosas más y ofrece casi el paraíso en la tierra.

¿Cual es su defecto?

El concepto mismo de la planificación, porque a fin de cuentas se trata de un ejercicio ocioso. Si los planes se cumplen, o no se cumplen, lo mismo da. Son proyectos sin consecuencia.

Sin embargo en los asuntos relacionados con la conducta humana y su impacto social, sí tiene el plan pronunciamientos cuyo efecto resultará inmediato, si se llega a cumplir.

Uno de ellos es la legalización de las drogas, para lo cual sólo se necesitan una pluma, un decreto y unas gotas de tinta.

“…La única posibilidad real de reducir los niveles de consumo de drogas reside en levantar la prohibición de las que actualmente son ilícitas y reorientar los recursos actualmente destinados a combatir su trasiego y aplicarlos en programas —masivos, pero personalizados— de reinserción y desintoxicación. Ello debe procurarse de manera negociada, tanto en la relación bilateral con Estados Unidos como en el ámbito multilateral, en el seno de la ONU…”

Más allá de la complejidad de construir un subsistema de atención clínica “masivo pero personalizado” en un sistema de salud, cuyo diagnóstico (en el mismo plan es funesto), salta a la vista el problema de legalizar todas las drogas, como si todas las sustancias produjeran los mismos efectos en la salud.

No son iguales una dosis excesiva y mortal de fentanilo (en Estados Unidos mata a más de 50 mil gringos por año) y un simple “pasón” de mariguana. ¿Cómo hacer para atender a millones de adictos en un país cuyo sistema de salud es un desastre, según dice el PND?

La administración que (se) inició el 1 de diciembre de 2018 encontró un sistema de salud pública insuficiente, ineficiente, depauperado y corroído por la corrupción. Millones de personas no tienen acceso a ninguna de las instituciones o modalidades de ese sistema o bien enfrentan padecimientos para los cuales no hay cobertura.

“…Como en otros terrenos, el desastre del sistema de salud pública es resultado de los afanes privatizadores y de los lineamientos emitidos por organismos internacionales copados por la ideología neoliberal…”

¿Y a esos millones de personas sin acceso al sistema se les van a agregar otros casi seis millones de adictos requeridos de tratamiento para cuya adicción se facilita el comercio legal de las drogas?

El hecho es sencillo: en un mercado ilegal, los adictos en este país aumentaron 47 por ciento en seis años. Con un mercado abierto y fácil, no se comprende cómo van a ser atendidos si esa misma tasa de crecimiento se sostiene en medio de una austeridad feroz.

“En sólo seis años el consumo de drogas ilícitas entre la población de 12 a 65 años de edad aumentó 47 por ciento, al pasar de 5.7 millones de personas en 2011 a 8.4 millones en 2016, alertó el comisionado nacional contra las Adicciones, Manuel Mondragón y Kalb (junio2017). (En) población general de 12 a 65 años hoy en día 8.4 millones de personas han consumido drogas ilegales una vez en la vida, mientras que en 2011, si comparamos estos datos últimos, fueron 5.7, lo que significó un incremento de 2011 a 2016 del 47 por ciento”.

 

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