Ahí cerca de Ébano, donde comenzó la historia terrible del petróleo mexicano, sangre del diablo en las venas del país (Edward Laurence Doheny y el inglés Weetman Dickinson Pearson, fueron los primeros concesionarios en 1901), Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de los EUM, relató cómo su rotundo NO frenó los intentos de petrolizar el nuevo tratado comercial con México, Estados Unidos y Canadá, riesgo del cual nos libró su firmeza frente a Donald Trump, quien sumiso y humilde, dijo: dejen las cosas como dice el Presidente Electo de México.

Más allá de la patriótica sonoridad de quien no permitió el “apergollamiento” de la patria en manos de la codicia petrolera, esta mañana salí de mi casa para llenar el tanque de mi auto VW, con gasolina etiquetada por la British Petroleum. Como había mucha gente en ese servicio, preferí acudir a una estación con la firma de la española Repsol. Si no, hubiera ido hasta donde hay un expendio de Shell.

La gran diferencia entre los tratados trilaterales del salinato y la época post reformista del “peñismo”, es precisamente la reforma energética, cuyos efectos están hoy a la vista.

La reforma energética, —cuyo resultado principal ha sido la apertura industrial en gas, petróleo y electricidad—, condujo,  al menos en espíritu, las negociaciones trilaterales del Tratado, pero especialmente en la parte correspondiente a Estados Unidos. A los canadienses ya se les habían entregado, mucho tiempo atrás, las garantías de explotación de las demás riquezas: las de la minería.

Es más, a un gestor suyo, a Napoleón Gómez Urrutia, se le allanaron todos los caminos judiciales para lograr un sitio de lobby, en el Senado de la República. Los sindicatos canadienses de mineros y acereros lo protegieron durante todos los años de su evasivo exilio.

Se podrá decir de cualquier manera, pero una garantía derivada de la revisión del Tratado de Libre Comercio y su transformación en el TEUCAMEX o como le vayan a bautizar, es el compromiso de no meterle reversa a los contratos de exploración y explotación ya vigentes, derivados de las rondas de adjudicación legalizados por la reforma energética cuya vigencia Morena había ofrecido abatir, como si se tratara de la reforma educativa. Y no será así.

El nuevo Tratado es, por una parte, un marco para dirimir desacuerdos, pero también un terreno en el cual fijar compromisos más allá de los vaivenes ideológicos de los gobiernos de México.

La noción mexicana de soberanía petrolera ha permanecido intocada durante mucho años, aun desde antes de la expropiación industrial de 1938; porque esa actitud del general Cárdenas no le otorgó al país soberanía sobre sus recursos; ésa ya la tenía. Le dio propiedad de las industrias aquí establecidas, las cuales, como las negras golondrinas de Bécquer han vuelo a colgar sus nidos de los balcones de la patria.

Y el nuevo Tratado se los garantiza. Lo demás es palabrería de propaganda y autopromoción.

Hasta ahora no existe una bitácora de las negociaciones del TLC (2) o como se llame. Quizá cuando tenga tiempo, Ildefonso Guajardo lo podrá escribir. Jesús Seade no, porque no estuvo presente en todo; es más, no estuvo presente en casi nada porque se incorporó al final.

Por eso vale la pena leer a Carlos Salinas de Gortari, quien en su magna obra México, un paso difícil a la modernidad, nos cuenta cómo se defendió en aquel tiempo el capítulo petrolero.

“…Carla Hills volvió a insistir en el tema del petróleo. Declaró que el de los energéticos era un punto muy importante para la economía estadunidense y tenía que ponerse sobre la mesa de discusión. Serra respondió de inmediato: se dialogaría sobre las reglas de importación y exportación, pero el petróleo no sería tratado como una mercancía más…

“… sabíamos que se acercaba la parte final de la negociación por lo que las presiones aumentarían notablemente. El consenso fue que no cederíamos nada en el tema del petróleo. Les pedí que comenzaran a redactar los párrafos del TLC que recogieran los cinco “NO” fijados en materia petrolera.”

En enero del año pasado, Carlos Salinas relató cómo frenó a su amigo George Bush cuando el gobierno estadunidense persistía en su afán de la apertura petrolera.

“Le dije, no vamos a adaptar la Constitución al Tratado, sino el Tratado a nuestra Constitución”.Y decía la verdad, como también se ha dicho ahora.

Se ha respetado el espíritu de la Constitución, pero ahora es otra Constitución. El “mito” del intocable monopolio petrolero en manos del Estado se disolvió con la reforma de este gobierno, a la cual Morena (en formación), se opuso con la timidez de un infarto.

Y sobre esa base ha intervenido en la negociación el siguiente gobierno, más allá de las frases heroicas y rimbombantes.

Hace apenas unos meses (noviembre, 2017),  Salinas irrumpió de nuevo en el mercado editorial. Resulta ahora interesante leer esta nota de entonces (Sur):

“…Para Carlos Salinas de Gortari, cuyo más reciente libro está próximo a salir al mercado, a 25 años de las negociaciones del TLCAN, la discusión y aprobación de un buen acuerdo sobre el libre movimiento de personas ‘es muy oportuno, pues surge como una medida que Estados Unidos requiere, dada su dinámica demográfica, y que México podría exigirle’, luego de las aperturas unilaterales concretadas en sectores estratégicos de nuestro país.

“A finales de los noventa, recordó, ‘se entregó unilateralmente a los extranjeros el sistema de pagos con los principales bancos del país. Hoy se ha decidido abrir el petróleo por convenir al desarrollo del sector. Esto podría ser una carta en las negociaciones en curso, para demandar reciprocidad por parte de los estadunidenses’”.

Esa reciprocidad no parece ser tan amplia o visible como se quisiera. Los acuerdos sobre “movimiento de personas”, como le llama el expresidente al fenómeno migratorio, con todo y la edificación del muro (por la cual ya nuestro futuro mandatario promete no pelear contra Trump), no dominan nuestro panorama más allá de la sumisa condición de “Tercer país seguro”; o sea la conversión de México en una estación migratoria de los gringos en nuestro territorio.

“…El número de personas que solicita asilo en México aumentó más de 10 veces entre 2013 y 2017, al pasar de mil 296 a 14 mil 596, de acuerdo con estadística oficial, documentada por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

“De acuerdo con Nancy Pérez, debido a que la vida de centroamericanos, sudamericanos y mexicanos estaría en juego con un acuerdo de este tipo, hacemos un llamado a Andrés Manuel López Obrador y a su equipo a pensar que cualquier decisión que se tome en este momento de que México se convierta en un tercer país seguro, debe ser con la conciencia del impacto que puede tener el que no vaya acompañado con una propuesta sólida de un sistema de protección internacional (La jornada)”.

 

Hoy como nunca debemos lamentar la imposibilidad de leer una crónica de Monsiváis (tan caro para este gobierno naciente y su vocero). Como pocas cosas habríamos disfrutado su narración ácida y punzante, sobre la boda de César Yáñez y su gentil novia.

Cómo se habría divertido el gran cronista al ver la mimética condición del “neoriquismo” en la cuarta transformación con el gran líder en la portada de ¡Hola! como simple invitado a la consagración rastacuera del anhelo de ser siquiera por un sexenio, muestra de la nueva “alta sociedad”.

Mi sangre aunque plebeya, también tiñe de rojo. Mi boca aunque “pobrista”, también come langosta.

Hoy muchos quedan impedidos para censurar la frivolidad de los gobiernos anteriores tan dados a la indecente exhibición de sus lujos insultantes. La congruencia, como otras cosas, no es una de las prendas de quienes han llegado a establecer el futuro orden nacional en términos de austeridad, decoro republicano y, si no fuera pedir mucho, un poco de buen gusto y recato.

 

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