El Ejército no tiene quién le escriba

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La postergación de la llamada Ley de Seguridad Interior, en cuyo articulado se iba a resolver el círculo cuadrado de la participación de las Fuerzas Armadas en labores civiles de protección ciudadana, es un triunfo para algunos y una miserable derrota para otros.

 

Entre los perdidosos está, obviamente el señor General Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa Nacional  cuyo dedo chato ya parece índice de republicano en el exilio. Este año cae Franco, decían los hijos de la Republica y el Pacorro, terco,  cayó hasta cuando muchos de sus sepultureros habían muerto de hastió, desilusión y tristeza.

 

–Este año tendremos una legislación para evitar costosas ambigüedades, piensan los militares mexicanos, mientras esquivan los ataques de los delincuentes y la incomprensión de muchos ciudadanos, estimulada por los antagonistas políticos quienes recargados en la farola de los Derechos Humanos condenan y estigmatizan a la más eficaz de las instituciones de este país.

 

De la media docena de dictámenes en preparación en el Congreso (cinco por lo menos en la Cámara de los Diputados, y una en el Senado), nada se pudo poner en claro como no fuera el carácter oportunista de los opositores y la incomprensión de quienes queriendo resolver el teorema  no han hecho sino ensuciar el pizarrón con fórmulas equivocadas.

 

La Ley de Seguridad Interna no debería ser únicamente una legislación para perpetuar el papel supletorio del  Ejercito, es decir un suplente forzado de las inexistentes policías estatales y hasta municipales. Hacer una ley para obligarlo a romper sus formas de organización, trabajo, estrategia y finalidad, y perpetuarlo en funciones impropias, es (esa palabra ya la uso el señor general Cienfuegos), desnaturalizarlo.

 

Confundir la Seguridad Interna con el papel externo del ejército,  es decir, en la calle no en cuartel, es otro enfoque equivocado.

 

El primer paso debería ser modificar la ley misma del Ejército, tal y como se hizo cuando se extinguió el ministerio de Guerra y Marina y se creó la Secretaría de la Defensa Nacional. Hoy, como están las cosas, mejor sería crear una secretaría de la Defensa y la Seguridad.

 

Obviamente eso equivaldría a cambiar todo el orden jurídico de este país. Y si eso no es posible, entonces tampoco lo es remediar a medias con una legislación construida sobre el desequilibrio y con la intención manifiesta de una temporalidad.

 

Vamos a legislar mientras…

 

–¿Mientras? Sí, mientras creamos un sistema policiaco nacional confiable, moralizado, profesional, seguro. O sea, nunca.

 

La imposibilidad de las fuerzas políticas de lograr acuerdos para empujar la ley en este agónico periodo de la sexagésima tercera legislatura no es sino la consecuencia de algunas distorsiones ya enquistadas en la discusión.

 

El Partido Acción Nacional insiste en construir el mando mixto policiaco a su manera, mientras la izquierda más izquierda (Morena), quiere de plano olvidarse del tema y crear, mejor, una ley para regular el uso de la fuerza, lo cual implica no usar la fuerza nunca más. Un Ejército con pistolas de agua, y de preferencia agua bendita, no vayan a ensuciar a algún delincuente con goterones contaminados.

 

Y mientras los diputados y los senadores no escriben la ley, el Ejercito espera –como aquel viejo coronel de García Márquez, siempre derrotado en tantas guerras civiles–, una carta imposible, en las mismas y desfavorables condiciones de hace más de una década cuando el presidente Felipe Calderón  tuvo la estúpida idea de declarar la guerra de mexicanos contra mexicanos.

 

MAMIFEROS

 

Hace unos días fue aprobada una ley contra la tortura, como si los torturadores no supieran su quehacer y les importara muy poco. En fin, tenemos una ley contra las vejaciones, golpes, palos, malos tratos, inhumanidad, degradación, flagelaciones, sofocamiento, “pocito” o bolsa del súper,  y cuanto a usted se le ocurra. Bendito sea dios. Ya les dimos gusto a nuestros sinodales en la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos.

 

Pero bien  hubiera valido la pena aplicar esa ley ayer durante las insólitas exposiciones de los diputados cuya polémica (abortada por falta de quórum, por si algo hacía falta), sobre la ley de Vida Silvestre y protección de especies, como los delfines de los parques de diversiones, queda como muestra no solo de la superficialidad, la falta de argumentos y la ociosidad legislativa.

 

También fue una tortura escuchar a algunos y algunas. Un suplicio, en verdad.

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