Apenas llega este nuevo gobierno a la primera de sus quincenas; los rumores de aquella tarde triunfal del Zócalo de fiesta, abarrotado con canciones, indios con sahumerio y crucifijo negro, teponascles y cascabeles; concheros y bastones de mando, siguen frescos y nuevos, tanto como el retiro de las barreras metálicas cuya ausencia dejó limpio el rostro del Palacio Nacional, tan parejo y festivo como la apertura de Los Pinos en cuyos jardines se exhibe la película Roma, cuyo homenaje a la memoria nos entrega una vez más la fórmula infalible de un éxito popular: el pan y el circo.

Filas interminables para dar acceso a los jardines cercanos a “La hondonada”, precisamente junto al sitio donde hace ya muchos años Luis Echeverría, con su hermano Rodolfo al frente del Banco Nacional Cinematográfico,  regañó a productores y directores y los instó a crear una verdadera industria para el pueblo, con cintas de “aliento”, con cine de contenido social, educativo, constructivo y todo lo demás.

El cine resultó de mal aliento y no había sido sino hasta ahora cuando en lugar de Gregorio Wallerstein llegó la multitud para ver la obra  postmoderna del exitoso hipster Alfonso Cuarón, con sus memorias del idílico pasado de reiterativos aviones y esquivas cacas de perro en el patio de una casa idealizada de la colonia Roma.

Los recuerdos forman un gran mosaico de nostalgia por un mundo femenino en blanco y negro.

Los petates sobre la grama antes vedada a los pasos profanos, las semillas de maíz reventado (suave patria, tu superficie es el pop corn), los ponchecitos de la hospitalidad Morena,  son tan avasallantes como la irrupción de los soldados del Ejército Rojo a la Ciudad Prohibida cuando Mao Tse Tung proclamó la República Popular y las murallas fueron inútiles para contener la entrada de los chinos curiosos, quienes, a mediados del siglo pasado, caminaron libres por las 79 hectáreas de la ciudad antes ­inalcanzable, de Pekín, convertida hasta la fecha en un museo de lo excesivo tras 500 años de residencia de emperadores y mandarines.

Pero otros circos ha habido, quizá no tan festivos ni tan culturales.

La quincena pilla al gobierno metido en una compleja circunstancia cuyo desenlace debería comenzar con la presentación del presupuesto, pues ni la aritmética ni la bolsa admiten retórica o desplantes de oratoria.

Los números son fríos y perfectos y a fin de cuentas (nos lo recuerda Arthur Koestler); todas las cosas son números, según dijo Pitágoras. Pero entre éste y Ramírez Cuéllar hay una notable distancia, si el gran genio de la isla de Samos me permite esta triste comparación.

Quincena de sustos y descalabros bursátiles y alteraciones cambiarias. El peso como subibaja, con mayores descensos y menores subidas, siempre en el riesgoso borde de los 21 pesos (y cuanto venga después) y el amago de cambistas y especuladores, quienes no van a desaparecer por decreto ni por impulso republicano de austeridad forzada. No funciona el mundo de ese modo.

Hasta Porfirio Barba Jacob nos dijo cómo el hombre pasa la vida profunda, “en rútilas monedas, tasando el bien y el mal”.

Pero el (mal) llamado error de diciembre, o sea, la cancelación del aeropuerto, sigue dando materia a los malquerientes y los adversarios, pues a pesar de los abundantes votos del pasado julio, invocados para cualquier tino o desatino,  muchos no quieren convertirse al nuevo evangelio “morenista” y en el extremo de una audacia insolidaria con los pobres, cuyo bienestar nos debe ocupar primeramente, osan criticar al nuevo y supremo gobierno de la República, ya sea con quejas, acres comentarios en la prensa fifí o hasta rebeliones de papel de china en los edificios y escalinatas  de la Judicatura o la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Los magistrados y ministros se dicen amagados por un intento de coartar su independencia a través de la sumisión salarial y la intromisión en asuntos ajenos al Poder Judicial, y le envían un tuit al señor Montesquieu para ver si se digna explicarles a estos ignorantes de la historia, el mérito y la necesidad de lograr poderes separados, contrapesos y límites al poder absoluto del Ejecutivo, pero nadie responde el mensaje  desde el más allá.

Pero las fuerzas progresistas ya han tomado cartas en el asunto y por eso, para marcar los territorios de la justicia y la decencia austera y republicana de la Cuarta Transformación, toman la calle Venustiano Carranza y con furia vindicativa patean el auto de un funcionario menor de la Judicatura a quien confunden con algún ministro de la Corte en el día del último informe de Luis María Aguilar, presidente de la Suprema, quien trata de defender su inspiración juarista de jurista, su actuación autónoma y su frasco de sales, porque a medio discurso le viene el arrechucho y se le presenta el “vahido”, nervioso e impactado por enfrentarse a un fajador callejero de tantas batallas, un profesional de la barricada y la movilización de masas y contingentes como ha sido a lo largo de su vida el Presidente de la República, quien lo mira displicente y cazurro mientras repantigado en la silla observa gozoso el cataclismo de una defensa inútil.

Y detrás de ellos, el ícono mayor de la hagiografía mexicana, el patricio de Guelatao en cuyo nombre tantos dislates se cometen. El impasible, el redentor, el gran Benito Juárez.

Discursos y más discursos, palabras sueltas al viento, las cuales apenas disimulan los velos de una realidad extraña cuya naturaleza no conoce de aeropuertos ni de trenes por la península de Yucatán o refinerías en el aire.

Las maniobras de oferta y escasa demanda de bonos para el gran aeródromo, cuyos pasivos se redimirían con los pagos derivados del uso del aeropuerto, no podrán ser rescatados mediante ese procedimiento, porque todavía no se sabe cómo cobrar el uso de un aeropuerto inexistente, así se trasladen los derechos a otros campos aéreos cuya operación no fue financiada por los tenedores de esos papeles, quienes ya baten las alas de buitre con ánimo de despedazar al ganso cansado.

Unos hablaron de la Decena trágica en el lejano año 13 del siglo pasado, y ahora ya hay quien alude, rencoroso, a la quincena trágica de este diciembre, pero las cosas no son así como lo dicen los adversarios, no importa si el Presidente asume una vez más su papel de líder de partido y se enfurruña o se encabrona, según el verbo preferido de cada quien, porque el Tribunal Electoral le da el gobierno de Puebla a la señora esposa de Javier Moreno Valle, doña Martha Érika Alonso, con lo cual se prolonga o se instala una dinastía en ese hermoso estado nacional, cuyo suelo ofrece no pisar el Presidente de la República, pues no lo considera prudente dado el estado de las cosas, sin reparar cómo esa condición inestable se acentúa con su negativa de estar siquiera presente ahí donde Zaragoza tanto le ayudó a la República.

Todo tiene que ver, por desgracia, con los dineros, con el dinero maldito, cuyo fulgor de moneda o vuelo de papel tantas desgracias causa, porque nadie debe ganar por encima del Presidente y los altos salarios y los privilegios son materia de pudrición en el alma del país y acentúan la injusta condición de los pobres, los muchos pobres a quienes la Cuarta Transformación ha jurado rescatar de su mísera condición.

 

rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com
Twitter: @CardonaRafael