El cártel de los gobernadores

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Sin  pena ni gloria la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago), conmemoró (festejar sería mucho decir), sus primeros quince años de vida, lapso en el cual nadie ha logrado responder una pregunta: además de ejercer presión política sobre el Ejecutivo y la Secretaría de Hacienda, ¿sirve para algo?

 

Si uno revisa su autorretrato (eso viene siendo su página de internet) se va a enterar de cómo el idioma puede usarse para muchas cosas, hasta para no decir nada.

Por ejemplo, en la parte relativa a sus funciones, potencias, capacidades y finalidad, la Conago dice de sí misma:

“…funciona como un espa

cio institucional permanente para lograr un mayor equilibrio y mejor distribución de las potestades que corresponden a los órdenes de gobierno federal y estatal…

“…Impulsa el fortalecimiento de las entidades federativas para que contribuyan en mayor medida al desarrollo nacional, así como para que cuenten con los recursos y capacidad de respuesta de las demandas de sus comunidades…

“…Reafirma el compromiso de las entidades federativas con el pacto federal y con el deber de impulsar un proceso político de auténtica descentralización y de fortalecimiento del federalismo.

“…Propone el diseño de programas incluyentes que satisfagan las demandas de seguridad, justicia, bienestar social, democracia y transparencia.

“…Busca promover la consolidación de una nueva relación de respeto y colaboración entre los órdenes de gobierno”.

Obviamente tan caros propósitos no se han logrado de ninguna manera: ni sea fortalecido el “Pacto federal”, ni tampoco se ha logrado la “consolidación de una nueva relación  de respeto (¿entonces la anterior era irrespetuosa?), entre los órdenes de gobierno, ni mucho menos se ha logrado la contribución al desarrollo nacional nada más por pertenecer a un  foro permanente “de mayor equilibrio entre los órdenes (a veces desórdenes) del poder nacional.

Pero la Conago, selecto club en el cual han estado inscritos en su momento algunos de los símbolos nacionales de la corrupción, cuyos nombres no es necesario repetir, tiene la cachaza declarativa de afirmar (otra vez cito sus autodefiniciones), cómo “…busca en todo momento el desarrollo nacional, apegado a las demandas y a la responsabilidad social”.

Obviamente la responsabilidad social no proviene de una “conferencia”, sino de un compromiso adquirido; supuestamente, desde la toma de la administración estatal.

Pero la verdad es sencilla: la Conago ha sido la palanca para convertir los gobiernos estatales en ínsulas virreinales con todos los excesos conocidos y con un  disimulo apenas disfrazado de condenas declarativas cuando alguien se porta mal, como ese decálogo firmado y juramentado el tres de mayo de este año.

En la historia de México las coaliciones entre gobiernos estatales con fines claramente políticos, no son cosa nueva, tanto como para estar expresamente vedados por la Constitución en su artículo 117  (“….(Los) Estados no podrán en ningún caso celebrar alianza, tratado, o coalición con otro Estado ni con potencias extranjeras”), lo cual se salva (o salta), con un  enunciado teórico:

“Para no contravenir el magno texto), la Conago  “delibera y toma decisiones no vinculantes pero si propositivas, que se sustentan en el compromiso y voluntad política que suscita el encuentro de los Titulares de los Ejecutivos Estatales”.

Por eso la Conago es, cuando mucho, un espacio de lucimiento para algunos. Es un foro de alta visibilidad y su pronunciamientos son parte del juego de “toma y daca” entre los poderes locales y el poder federal No en balde fue un invento de los priistas quienes le dieron la vuelta a la tortilla: si en tiempos remotos, el “Bloque de gobernadores” (presidido por Miguel Alemán) tenía como finalidad apoyar al Presidente Cárdenas en su difícil momento post expropiatorio, la actual versión fue originada como mecanismo para compensar las decisiones hacendarias de un  gobierno de “alternancia”, como el de Vicente Fox.

Hoy es un club cuya conformación lo convierte, por los tiempos actuales de lucha preelectoral, en un elemento más en la complejidad del juego político.

Por eso Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno y actual presidente del sindicato)  escogió un escenario simbólico para la fiesta del aniversario a la cual, por desventura, no acudieron tofos los invitados (faltaron 17 gobernadores): la Plaza de la República en la ciudad de México.

Ahí, en la calle antes llamada  Ejido, se alzaron las banderas de todos los Estados. Fue na bonita escenografía para una obra aburrida y repetida.

NOMBRES

La Plaza de la República tiene su centro el Monumento a la Revolución, mientras la gran rúa en honor de la Reforma (cuando se consolida la República), guarda el monumento la Independencia.

La lógica nos diría: donde está la columna de 1910, se debería llamar  Avenida de la Independencia. Pero si se le quiere dejar el nombre de la Reforma a para simbolizar la sepultura de los afanes imperiales de Maximiliano, su constructor, entonces, al menos, la Plaza de la República debería ser de la Revolución, pues ahí se hizo el monumento, sobre el, esqueleto del fallido Congreso porfirista.

En fin, así somos los mexicanos.

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