No se trata del calentamiento global ni alguno de estos otros fenómenos planetarios por los cuales las avalanchas pesan más, las olas marinas se convierten en ejércitos de agua con destructivas caballerías de espuma y chorro contra las costas del Pacífico o el Índico; no es cosa del deshielo de fiordos y glaciares, cuyas caries se desgajan con abrumador estrépito contra el agua gélida, ni mucho menos de muertes masivas de peces sencillos y de pequeña plata en caletas y radas o de grandes ballenas sin oriente varadas en los arrecifes o las playas; o de bandadas de pájaros caídos como helicópteros de desgracia en medio del llano; no, es otro calentamiento, el de las conciencias, el del lenguaje con cuya pronunciación todo empieza, porque lo sabemos desde el comienzo, en el principio siempre es el verbo.

Y esa lección bíblica, esa enseñanza, nos muestra y demuestra cómo todo comienza con el lenguaje. El odio, como el rencor, la pendencia o la venganza, también comienza con la palabra y hoy los mexicanos vivimos en medio de dos fuerzas contradictorias.

El odio (y quizá ni eso, posiblemente sólo el desprecio altivo, el sabor de la victoria mal digerida), por una parte, y el llamado a la conciliación —sin ejemplo—por el otro, crean un ambiente indefinido y gelatinoso, sin coherencia, sin tendencia.

Y ese clima es obra directa del Presidente de la República, quien necesita —como los conductores de la radio—, “llenar” cada mañana su emisión con cualquier tema, venga  o no a cuento, tenga o no importancia.

Preso de su insaciable urgencia por aparecer y exponerse, se expone en cada aparición.

Puede ser una ceremonia para recibir en el Zócalo de sus éxitos, el bastón de mando de los “pueblos indígenas” o una pregunta al mudo agujero del suelo para dialogar con la “Madre Tierra”, sobre el paso de un tren por las tierras de la península yucateca, o una cotidiana comparecencia ante los medios en una especie de cátedra del titubeo y la contradicción, en la cual se confunden la arenga con la homilía; el discurso con la prédica; la noticia, con el evangelio de una doctrina personal.

Así se anuncian perdones y se denuncian delitos, se condenan la corrupción y la impunidad, pero no se ofrecen puniciones, aunque se deje la puerta abierta para una consulta de seguro tan manipulada como todas las demás, una vez y cuando se haya modificado la Constitución, lo cual invalida en su propio terreno las consultas hechas sin la dicha modificación constitucional.

El señor Gal y Matías contrae nupcias con la señora Bati Burrillo.

Pero en este año, cuyas últimas horas ahora vemos discurrir entre la clara luz del sol viejo y la suave caricia del viento fresco, con nubes de celaje largo, largo y, a veces, montañas curiosas cuyos ojos de humo miran nuestras vidas, México ha sufrido una voltereta notable.

El primero de julio, a la mitad del agónico calendario, una fuerza política, con  distintos grados de calidad en sus filas, formada en la leva de las inconformidades y los resentimientos, las traiciones y el oportunismo, en la cual conviven todos como una colmena, en cuya labor sólo cabe un propósito: estar siempre bien con la cabeza, servirle al líder, seguir sus pasos, repetir sus gestos y sus gustos, colmarlo de halagos y bendiciones; jamás contradecirlo (excepto en el notable caso de Tatiana Clouthier), y poner a su servicio (el servicio del movimiento a fin de cuentas), todas las herramientas del gobierno y algunas más para hacer siempre algo suplementario: si él dice diez, ofrecerle once y si doce dice aumentar la docena. Quizá no lo sean, pero actúan como fanáticos.

“Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”, nos dijo Amos Oz quien en las tierras jerosolimitanas, no llegó a mirar las luces del nuevo año, ni de su calendario, ni del nuestro.

El cambio no es apreciado como una consecuencia, sino una finalidad. Se quiere hacer de los demás nuestra copia. Por eso las revoluciones terminan devorando a sus hijos.

Vivimos en un tiempo sin discusión posible, porque nunca nadie logrará un margen favorable de razón, por pequeño como se quiera, cuando la polémica termina con el enésimo recuento de los votos de una elección cuya naturaleza de requisito y nada más, es efímera.

Las elecciones terminan y la sociedad sigue sus cambios todos los días, como bien les enseñó Chou En Lai a los teóricos del marxismo cuya receta era el imposible socialismo chileno por la vía de las urnas.

Pero hoy no existen más ni los soñadores de las Alamedas ni los chinos de la “Larga Marcha”. Hoy se vive en otro siglo y con otras reglas y el mundo avanza entre la hipertecnología y el desencanto de todos los sistemas y la triste evidencia de como todo movimiento “antisistémico” se convierte a su vez en aquello cuya finalidad quería destruir.

Hoy muchas cosas nos recuerdan tiempos cuyo olvido muchos quisieran. La animadversión  ante la crítica nos lleva al tiempo de Luis Echeverría, quien criticaba a quienes escribían sobre su gestión escondidos tras una maquinilla  rencorosa (lo refiere Daniel Cosío Villegas en su ensayo sobre el estilo de gobernar), o José López Por­tillo con su queja por la ingratitud de sentirse golpeado, cuando ha pagado para evitar el azote de las teclas o las lenguas, para no remontarnos demasiado en el siglo pasado.

De nuevo la crítica es mal vista no por su contenido sino por su existencia y su audacia. Criticar (con intención política o sin ella), es ser de inmediato y sin remedio un conservador o un profascista.

¿Significará algo el conservadurismo en estos días?

El calendario nos dice como los liberales (jacobinos juaristas) y los conservadores (clericales y extranjerizantes), ya jugaron sus papeles en este país desde hace muchos años. Volver a las diferencias entre devotos y herejes; conversos sospechosos, a los mexicanos cuya maldad se prueba cuando no se acata la prédica del gobierno en turno, no parece un discurso definitivamente moderno.

Ya alguien podrá explicar cómo se convierte un conservador en un canalla y cómo los hedores del macartismo hallan en los días mexicanos un tiempo de canallas y nos llevan a los ejemplos de la biblioteca donde aúllan los chacales (Amos Oz) o imperan los ruines y malvados.

Por lo pronto el año se ha ido. Han sido cinco meses de mandato preparatorio durante el espacio de la transición, facilitado por la abdicación del expresidente Enrique Peña, quien se desentendió de todo mientras la nueva administración (nuevo régimen, insiste en autonombrarse) iniciaba por una parte la construcción de su plataforma y sus ejércitos y por la otra la destrucción de todos los símbolos de los tiempos pasados, como si la exhibición de Los Pinos o la venta de un avión fueran necesario preludio de una nueva vida para todos los mexicanos.

En unas horas más comenzará el nuevo año. Nuevo calendario, mismo país, misma nación, mismo destino.

Pero caigamos en el inevitable lugar común y digamos: felicidades a todos durante 2019. Dicha, prosperidad y larga vida.

 

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