Rafael Cardona

Se llamaba César.

Alzaba el metro con 80 centímetros. Tenía el cabello abundante y descuidado. Llevaba sonrisa fácil, verbo veloz, si bien limitado. Vocabulario de niño de secundaria o reportero de la radio mexicana. Botas de punta, cinturón de cuero ancho. La camisa desabotonada hasta medio pecho. Cadena con la “Santa Muerte”. Era untuoso y a su manera simpático, pero traicionero. Bebía sin decoro, se guardaba polvos en toda fosa o encía. Anunciaba su rebeldía con tatuajes desafiantes y en cualquier momento le brotaba un temporalmente abroncado, violento, altivo.

—¿Ya llegó César?

Era pregunta frecuente en la revista donde trabajaba como formador. Tenía un enorme talento para su labor. Veloz, dedicado, cuando se dedicaba; pero sus fluctuaciones lo hacían inconstante.

—No, no ha venido.

Y cuando estragado y con los ojos rojos, César llegaba tras dos días de ausencia, se metía a la mesa de composición y en un día hacía el trabajo para el cual otros dos necesitaban media semana. Hundido, empecinado, delirante para el corte, el pegamiento, el cúter y el diseño improvisado, festejaba su maratónica actividad con un simple, jefe ya acabé, ya no se enoje; mejor invite una “chela”…

César se fue de la revista cuya efímera dirección me tocó a mí, no sin antes haber embarazado a la secretaria. ¡Ay!, cómo lloraba Martita la abandonada.

Un día me dijo:

—Jefe, quiero pedirle un favor, usted conoce gente. Yo quiero ser policía. Pero no de azul, quiero ser “tira”. Ya le he hecho de “madrina” y eso me gusta.

—¿Y por qué?, le dije.

—¡Ay!, jefe, pues pa atracar, ¿para qué mas se mete uno de agente? Mire, jefe, usted me conecta con sus amigos, yo le entro a la chamba y casa semana le vengo a dejar lo suyo. Todos salimos ganando. Nomás consígame algo con un buen comandante. Yo hago lo demás”.

César entró a la policía sin mi ayuda. Supe, tiempo después, de su mala suerte: lo mataron en una madrugada de daifas y cocaína en una colonia de Ciudad Neza.

La extorsión policiaca en México es el verdadero motor de la ambición de agentes, patrulleros y comandantes. Sembrar evidencias falsas, aumentar las dimensiones terribles de una circunstancia delictuosa, sujetar a los familiares con la cadena del miedo, de la promesa, del doble juego, y la impunidad con la cual se maneja todo; los mutuos encubrimientos, las fraternidades sucias, la “Hermandad”, el “entre”, la cadena ascendente del dinero recaudado, los protectores políticos y todo ese sucio sendero de la vida policiaca son la otra “delincuencia organizada”.

Por eso las cosas no fluyen como deberían. Por eso el Ejército necesita salvar la situación. Y eso, relativamente.

Nosotros no nos damos cuenta, pero si viéramos la realidad con la mirada de alguna otra cultura, no podríamos entender cómo los empeños contra la delincuencia comienzan deteniendo a los policías municipales o estatales (Tijuana, Chilpancingo, etc).

Hoy esa vocación irremediable de extorsión uniformada se revela una vez más en el caso del joven Marco Antonio. Más allá de su ruin aprovechamiento político en plena campaña de Morena y demás, debemos recordar (2008) un caso íntimamente vinculado con esta “tradición” policiaca: el “News Divine”, un local de espectáculos habilitado para tardeada de adolescentes, en Gustavo A. Madero, donde la policía asesinó a casi 20 de ellos al provocar una estampida para garantizar una redada innecesaria, cuyo fin no era otro más allá de “asegurar” a los muchachos y después exaccionar a sus familias.

El gobierno, entonces en manos de Marcelo Ebrard, la policía de Joel Ortega; la ilusoria procuración de justicia bajo el mando de Rodolfo Félix y la administración local de Francisco Chiguil no tuvieron costos. Ni siquiera electorales, porque el clientelismo perredista aplicado a una sociedad agachona y cobarde, perdona cualquier cosa. Todo a cambio de una “ayuda”.

La impunidad dictó sus órdenes y todos las cumplieron.

Nadie pagó por ese crimen. La alcahueta Comisión de los Derechos Humanos, en manos entonces del coordinador actual de la marcha de Javier Corral, Emilio Álvarez Icaza, se encargó de convertir los delitos punibles en pías recomendaciones cuya utilidad todo mundo se pasa por el perineo; Ortega coordinó después la campaña de Mancera a la jefatura de Gobierno, dirigió el Metro y Chiguil está a punto del retorno.

La corrupción de la policía extorsionadora no existiría sin la protección política de los funcionarios (patronos, padrinos y socios a la vez). Y éstos no podrían prevalecer sin el apoyo (para convertirlo en financiamiento circular) de sus partidos.

En plena escandalera por la “desaparición” de Marco Antonio, a quien supuestamente los patrulleros iban a extorsionar (¿cuánto le podían haber quitado a un joven sin dinero?), los ciudadanos observamos el regreso del fulgurante operador Marcelo Ebrard, quien llega resentido (por otros asuntos), después de un exilio de años en Estados Unidos y Europa.

La fallida y criminal tarde del News Divine y su raíz de extorsión se viene a repetir, en escala, con el caso del preparatoriano ahora perturbado y en aparentemente prolongado extravío interior, da pie a esta noticia cuya seriedad es materia del absurdo. Vea.

“ (EoL).- El secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México, Hiram Almeida, lanzó un regaño a los 140 mandos de la ciudad. Les pidió que vigilen a los 89 mil policías que tienen a su cargo para que respeten los protocolos de detención, y evitar un caso como el del joven Marco Antonio Sánchez”.

El problema no son los “protocolos” de detención, sino los motivos de las capturas.

A fin de cuentas todos son César.

La caravana de Javier Corral avanza sin mayores tropiezos y ya no parece la demorada entrega de fondos el motor de su presencia político electoral. Ahora son pleitos frontales contra los priistas (como es necesario y natural en una campaña política de apoyo a Ricardo Anaya) , como, por ejemplo, contra el gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval a quien le augura un futuro de persecución como a otros exmandatarios denunciados o consignados por corrupción.

Y el asunto del dinero ha pasado a un segundo plano, seguramente por estos datos ahora en circulación:

“El gobierno de Javier Corral recibe fondos desde el inicio de su gestión —diciembre de 2016— y de hecho una primera transferencia por 770 millones de pesos en ese mes, correspondientes a participaciones etiquetadas sujetas a comprobación, no se tiene registro de reportes sobre su uso y destino.

“El Gobierno de Chihuahua no ha dejado de recibir recursos federales y trata de cubrir sus deficiencias reclamando dinero, mientras subsisten otros problemas graves de la entidad, como lo son la inseguridad y la falta de garantías para la libertad de expresión…

“…La posición de la Secretaría de Hacienda se fundamentó en los datos estadísticos que aparecen en su página de internet de transparencia.

“…Las cantidades publicadas muestra que en el 2017, el gobierno de Chihuahua recibió 43 mil 056 millones de pesos por concepto de Participaciones y Aportaciones Federales, un dato que ya agregó 2,000 millones de pesos más respecto al presupuesto inicial autorizado.

“Para el 2018, conforme a lo programas de participación autorizados por los Diputados y Senadores, el estado de Chihuahua recibirá 44,106 millones de pesos, cantidad que supera en 3,000 millones de pesos a lo entregado en el 2017 por la SHCP.

“En el primer año de César Duarte como gobernador de Chihuahua, que fue el 2011, el Estado de Chihuahua recibió 763 millones de pesos, en tanto que Javier Corral en su primer año como Gobernador —en el 2017—recibió mil 285, es decir, obtuvo más de 30% de recursos disponibles en el Ramo 23 en comparación con su antecesor”.