El agua, siempre el agua

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La historia de esta ciudad es una historia líquida. Toda es de agua, de lluvia, de laguna mansa y asesinada por los rigores de la codicia; de arroyos, torrentes y riachuelos en carrera apresurada de la serranía y el cinturón de volcanes hacia la zona baja donde los tulares  y el arbolado paraíso, desaparecieron hace muchos años.

Se fueron como la sonrisa de la niña sin muñeca, la soltera sin novio, la canción sin guitarra y la guitarra sin  cuerdas, como el puño cuando se abre la mano, como el baile cuando acaba la música; el zapato sin  tacón, la mosca sin  alas, las lagunas sin agua y los ríos entubados sin aire para respirar.

Hoy, cuando en todo el mundo se habla del agua, debido a la fecha internacional para hablar de ella, pues no sirven para más las fechas conmemorativas desde la ONU o desde donde vengan, vale la pena reflexionar no en las desgracias del pasado depredador (nadie ha pasado de la veneración  fundacional de la laguna a su desecación para satisfacer la codicia inmobiliaria), sin en el incierto futuro o mejor dicho, en la certeza de un futuro de escasez y apremio.

Pero la ciudad de México puede escribir su historia con pura agua. Por, para y contra ella.

Por ella para fundarse en el islote de una laguna; para ella, en el incesante afán de hallarla para consumo de los hombres y su sed y su limpieza; su industria, su campo,  su siembra y su siega, y contra ella para librarse de sus calamidades, para echarla afuera en la uresis imposible por vivir en una cuenca cerrada y hundida o para esquivar los efectos de trombas traicioneras y diluvios inmemoriales:

“(Cal y arena).- En septiembre de 1629 una tromba azotó a la capital durante treinta y seis horas.

“La lluvia “caía del cielo con tanta abundancia cuanta jamás se había visto en Nueva España”, escribió un testigo.

“El ingeniero Enrico Martínez, maestro mayor del desagüe, tomó la decisión de segar la entrada del canal de Huehuetoca para evitar que la crecida de las aguas destruyera las reparaciones que, por orden del virrey, se estaban realizando.

“Fue una decisión funesta: el 21 de septiembre, día de San Mateo, un torrente embravecido descendió por los montes. En los barrios, las frágiles casas de los indios se deshicieron.

“Según el arzobispo Francisco de Manso y Zúñiga, durante la crecida murieron treinta mil indios. De veinte mil familias que habitaban la ciudad antes de la inundación, sólo quedaron cuatrocientas: los sobrevivientes habían iniciado un éxodo masivo”.

Pero el lenguaje del agua nos lleva de la inundación a la sequía y ahora, cuando las aguas pluviales se derraman hacia ninguna parte y el consumo humano se devora la nube y su lluvia bienhechora, debemos considerar con toda seriedad, ajena por lo visto al explosivo mercando inmobiliario, de estas advertencias (Crónica, entrevista con Roberto Olivares, 20 de marzo 17):

“Por eso se habla que el 80 por ciento del agua que se consume en las ciudades cuando menos es agua que se extrae del subsuelo y eso es peligroso, porque se sobreexplota el subsuelo y no se permite la recarga; estamos hablando de poder entrar en una crisis mucho mayor, con problema para tener disponibilidad, y los procesos son cada vez más complicados, cuesta mucho más poder procesarla.

“No nos vamos a quedar sin agua, porque cuando menos tenemos agua de los mares, pero eso cuesta (la desalinización)”.

“Enfatizó que los operadores de agua en el país tienen que enfrentarse a que en México el agua no tiene valor y mucho menos un valor económico.

“Dijo que el que alguien no pueda pagar el agua no quiere decir que la desperdicie.

“No es que no se pueda pagar, acabo de estar en Tlaxcala, están diseñando el programa de gobierno, el plan de desarrollo estatal, y ellos cobran cada dos meses 30 pesos, cuota fija. ¿Sabe cuánto cuesta una caguama? 35 o 40 pesos.

“La gente puede pagar, pero hay un mal hábito. Es lo último en lo que piensan. ¿Por qué no hacen lo mismo con el celular, con el gas, con la electricidad? Son malos hábitos, mala información, un mal manejo político, y hay un abandono por parte de los órdenes de gobierno, concretamente el municipio”.

“Mencionó que se requiere una política pública que defina con claridad cuál es la posición del Estado.

“También se necesita, añadió, un presupuesto adecuado y programas que sean supervisados, transparentes y con rendición de cuentas.

“Y consideró que los políticos deben dejar de hacer promesas, tomando el agua como anzuelo para captar adeptos.

“Un candidato en campaña ofrece a sus votantes más agua, de mejor calidad a menor precio, gratis. Ese individuo exactamente no sabe de qué está hablando, (lo que dice) se podría etiquetar como un fraude, toda vez que está alejada de la realidad la persona que hace esa promesa”.

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