Cuando Zuckerman se reía

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Hace ocho años aproximadamente, le regalé un libro a Leo Zuckerman, compañero de espacios radiofónicos en Fórmula. Se trata de “El asombroso viaje de Pomponio Flato”, del escritor español Eduardo Mendoza a quien conocí gracias a un obsequio del entonces “ombudsman”, José Luis Soberanes.

–Te regalo  esto, te va a gustar; le dije.

–Gracias, respondió.

Días después me dijo: “me estaba carcajeando con lo que dice Pomponio de los judíos”. El libro, ligero, caustico, humorístico, irónico y muchas cosas más, le había gustado y provocado carcajadas.

Pero, ¿de qué se reía Zuckerman? Pues de esto:

“…por extraño y cicatero que parezca los judíos creen en un solo Dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria.

“De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no solo es el mejor, sino el único que existe. Como tal no ha de imponer a ningún  otro dios ni su fuerza ni su razón y en consecuencia obra según su capricho, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es implacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas.

“Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber infringido las leyes que él les dio…”

Pero no sólo esto causaba la sonrisa o la risa de Leo. Hay otras cosas más hilarantes en esta caricaturizada forma de analizar e interpretar la historia del pueblo escogido. Faltaba más.

“…Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Si son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos.”

Para entonces Zuckerman ya se tiraba al piso de la risa, según me dijo cuando me agradeció el regalo, el hilarante relato de Pomponio Flato, cuyo apellido es a veces una hechura frecuente en las discusiones políticas.

Y eso me recuerda una anécdota de Jacobo Zabludovsky.

Cuando Televisa decidió conmemorar un aniversario de 24 Horas en España, en una reunión  sobre el idioma, alguien le regaló a Jacobo una copia de la cédula real por cuyo mandato se le permitía a quien sabe cual caballero de la Corte de Felipe II; el privilegio de “pearse en público”.

A esa asamblea acudieron notabilísimos escritores. Rulfo entre los mexicanos, cuyo centenario apenas conmemoramos hace poco; Camilo José Cela con su Nobel bajo el brazo y muchos más.

A este caballero Jacobo le regaló el facsímil de tan insólita merced.

Cuando se hizo la distribución de los cuartos en un hotel de Salamanca, algo ocurrió con la habitación de Cela. La reserva no estaba lista; el cuarto no estaba desocupado o quien sabe cual malandanza lo perseguía. Cela era malhumorado y refunfuñón y así reaccionó.

Salió por los pasillos pegando de gritos, insultando camareros y camaristas; maldiciendo y repitiendo joder, joder como si fuera Pascual Duarte.

Lo llamaron a  la calma Y entonces Jacobo le dio un  consejo:

–Camilo, aunque tengas la cédula real, ya no abuses de ella…

Ojalá esto sirva para distender una polémica tuitera cuyo contenido para mi es insustancial. A quienes me pidieron una disculpa pública se las he ofrecido desde ayer, no por justa sino por conveniente.

Las acusaciones de racismo y antisemitismo me quedan holgadas o mejor dicho, no me quedan a causa de  un simple análisis político industrial, quizá equivocado, pero no excluyente.

Buscaré una crónica de Israel en cuyo texto cuento mis pasos por el Yad Vashem, acompañado de Sergio Nudelstejer, en aquel tiempo cabeza de “Tribuna israelita”, o mi  conversación con Simón Weisenthal, en Copenhague o mi entrevista con el alcalde de Jerusalén Teddy Kolleck,  con quien me recomendó Mathías Goeritz cuya estrella de David miro cada tarde en la sinagoga de Mazaryk, junto al Seminario de Cultura Mexicana.

Eso es todo. La sinagoga y la cultura mexicana. Buena dualidad.

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