Cuando el pan mengua y el circo se acaba

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La huelga de silbatos caídos por cuya enjundia los millones de aficionados al futbol se quedaron el domingo ayunos de su alimento hebdomadario y cuyo curso ya es de sobra conocido, nos lleva a reflexionar sobre la delgada frontera entre lo “público-público” y lo “público-privado”.

Expliquemos este aparente galimatías.

Los espectáculos masivos promovidos por empresas privadas (privadas en cuanto a su capital; no a su presencia social) se mantienen bajo reglamentaciones de una extrema elasticidad en su alcahueta aplicación.

No hay nada más laxo en cualquier delegación,  como los reglamentos de espectáculos públicos, ya sean salas de cine, plazas de toros, estadios y aun frontones y otros.

La verdad todo mundo actúa como su gana le da. Los inspectores no son sino extensiones nominales de una papeleta de los administradores, gerentes o promotores. Y todos se cobijan entre lo central y lo delegacional.

Se vive entre el disimulo de una autoridad cuyo fin verdadero debería ser custodiar y garantizar el interés del público (aficionados, seguidores, asistentes, devotos o como sean) y la insaciable voracidad de los empresarios capaces de cualquier cosa con tal de incrementar sus ganancias a costillas de los fanáticos, el circo se mantiene entre la autarquía y la anarquía.

El paro de árbitros ya dicho (pararon los pitos, dijo un ingenioso) es una muestra de cómo una divergencia entre “particulares” se dirime en perjuicio de una afición a la cual nadie protege, cuida o redime. Lo público es rehén de lo privado.

Los clubes afiliados en la Federación mexicana de Futbol forman una mafia intocable. Y cuando se trata de alzar sus beneficios, entonces el gobierno se convierte en su Celestina, por ejemplo cuando se trata de avalar la organización de un  campeonato mundial de la FIFA, la cual es como la FMF pero a lo bestia, hundida en un pantano eterno de corrupción entre países federaciones y gobiernos. Si no me cree pregunte en Brasil.

Quizá el deporte sea muy bueno en cuando a disciplina personal,  pero una vez profesionalizado, apesta por todas partes. Y utilizado como herramienta de promoción o respaldo de los gobiernos, pues hiede aun peor.

Hace muchos años, cuando la ciudad de México sufrió una grave destrucción por dos sismos consecutivos, en el año 1985, se preparaba –con el respaldo absoluto y beneficio mayor de la televisión– la Copa del Mundo.

No hubo en el mundo quien no ofreciera, así haya sido de dientes para afuera, un auxilio o al menos un mensaje de solidaridad por la tragedia. A los pocos días de los terremotos,  la FIFA envió a un  grupo de sus observadores para conocer de cerca los efectos sísmicos.

No vinieron a ayudar ni a cosa parecida, estuvieron con la nariz fruncida recorriendo estadios para ver si no se alteraban las condiciones del cuaderno de cargos y en verdad había condiciones suficientes para desarrollar el certamen. Y el gobierno, a pesar de todo, los trató como si fueran gratos embajadores.

Finalmente en esa Copa del Mundo el equipo argentino mostró las reales dimensiones de la falsedad deportiva: ganó porque Maradona metió un gol con la mano. No en la final, pero si en el momento cumbre de su equipo. La mano de Dios en el bolsillo de los aficionados.

Los empresarios deportivos hacen su negocio con los gobiernos y después presionan para vivir en la autorregulación, lo cual es distinto de la autonomía. Son vividores irresponsables a los cuales nadie toca ni con el pétalo de un  reglamento.

Hace algunos años el gobierno federal intentó instaurar, como en Estados Unidos (futbol, beisbol, baloncesto), la figura de un Comisionado. Un responsable final, pues.

La encomienda cayó en manos de Gustavo Petriccioli quien pudo lidiar contra Henry Kissinger cuya mano poderosa quería la copa para EU; pero no pudo contra Guillermo Cañedo y los hombres de la TV quienes lo pusieron de rodillas una vez arreglado el negocio. El comisionado nunca sirvió para nada, como algunas veces si ha servido la Comisión de Box, no en los tiempos actuales pero sí cuando la presidía Luis Spota.

Los empresarios piden seguridad para los estadios, los gobiernos les ponen policías (así se pague por ello), pero la responsabilidad por desmanes y motines, recae siempre en la fuerza pública. Lo público-público; al servicio de lo privado-público.

Al gobierno siempre le toca la parte apestada, no sólo por su tolerancia sino por el cálculo político.

En el pan y circo de la vida diaria, el futbol bien vale una misa.

FRONTON

Un  ejemplo de cómo el gobierno siempre va al rescate de la demagogia deportiva o de los espectáculos (para después no volverse a meter con ellos), la tenemos en el frontón México sucesivamente reinaugurado  (se abre y se cierra tanto como los muslos de una trabajadora sexual) con la presencia del grupo gobernante.

En algún momento, Manuel Camacho reabrió en una misma temporada el teatro Blanquita; el ya dicho Frontón (para dejarlo en manos de la CROC) y la Plaza México para atestiguar en pocos años el derrumbe de la fiestas, la clausura por años del jai-alai y el debilitamiento del teatro de revista.

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