Rafael Cardona

Una de las cosas más compleja de definir es el humor. ¿Agrio, negro, doliente, sarcástico? ¿Cómo debe ser el humor para llamarse de tal manera? ¿Por qué en la historia de la literatura o el cine no hay mujeres humoristas? Hay cómicas, pero no creadoras de humor. ¿Por qué? Yo no lo sé.

En México, el humor político es a veces materia de discurso en momentos solemnes. O de apariencia solemne.

Por ejemplo, en el IV Informe de Gobierno, cuando la mejor forma de protestar contra sus desplantes tercermundistas y de otro tipo, Luis Echeverría era blanco de todas las mofas imaginables. Yo recuerdo entre los miles, un chiste de aquel tiempo:

—¿Sabes cómo cambia Echeverría un foco?

—El preguntón hacía una mímica como si sostuviera entre los dedos un bombillo y en lugar de atornillarlo en el aire, donde habría un imaginario socket, hacía girar todo el cuerpo como una bailarina de cajita musical.

Y el otro se reía.

El aluvión de gracejos llegó a tal extremo, como para incluir el humorismo crítico o al menos vengativo, en la lista de acciones proclives al terrorismo. Así lo dijo don Luis en aquella ocasión:

“…Nosotros hemos dicho que no podemos seguir un esquema, para nuestro desarrollo, meramente desarrollista, sin un espíritu de justicia social; que frente a los chistes de mal gusto, frente a los rumores y frente a muchos de estos impulsos que tratan de fomentar el terrorismo, quede eso bien claro…”.

Los chistes formaban parte del catálogo armamentismo del terrorismo. Como los secuestros, los asaltos bancarios y los bombazos.

Si los terroristas de entonces hoy son legisladores, funcionarios del gobierno o líderes de la oposición, hasta ahora no se sabe si la amnistía por la cual llegaron al juego político, incluyó también al anónimo humorista de la calle. Pero no es de suponerse.

Hoy se ha resucitado esa molestia contra el humor: le ha tocado a López, quien se queja, en son sarcástico, de cómo los dirigentes empresariales cuya mano desde la oscuridad financia el sabotaje a su campaña, ni quiere perder “el privilegio de mandar”, en abierta alusión al humorismo de Manuel Rodríguez Ajenjo, quien escribe los guiones de esa obra de teatro y TV.

Pero el humor suele ser corrosivo. Un chiste puede permanecer en la mente de los ciudadanos más tiempo del imaginable. El género latino del epigrama (como lo ejercía Marcial) ha trascendido a los siglos.

Las octavillas y los cuartetos o dísticos satíricos pesan por encima de los largos discursos y sobreviven a los siglos. Cuando Nerón quiso moralizar a Roma, Marcial escribió estos versos inmortales:

“Nerón quiso que Roma fuera honrada: así pudo robar él solo”.

Pero el humor ahora ha sido sometido a la producción en serie. Los memes de la internet han transformado el ingenio en la industria ingeniosa. Yo vi hace poco una caricatura hiriente y salvaje:

Dos hombres, con apariencia de paisanos sencillos, hablan en la calle. Uno de ellos le dice al otro:

—¿Viste que el PRI cambió su presidente para ganar las elecciones?

—Hombre, pues si las quisiera ganar debería cambiar su candidato…

Pero los políticos realmente inteligentes no repudian el humor. Lo fomentan y crean sus propios chistes.

Se cuenta la respuesta de Churchill cuando al salir del hospital de una apendicetomía supo de su derrota electoral y el abandono de su partido.

—¡Vaya!, parece que mañana seré un hombre sin escaño, sin partido y sin apéndice.

El humor, dije líneas arriba, es indefinible. En México, se habla de una indeclinable vocación para hacer chistes de todo y por todos. No se sabe si es el disfraz de la amargura o si todos somos Garrick sin cambio de receta, pero ese refugio infecundo es parte de nuestro eterno equipaje de derrotados crónicos.

Nunca hicimos nada para evitar el latrocinio colectivo del obregonismo, pero celebramos la mutilación de don Álvaro y su brazo perdido, pues con una mano se puede robar menos.

En un tiempo de apariencias, Ernesto P. Uruchurtu mandaba aprehender al blasfemo “Palilllo”, nada más para sacarlo cuando el cómico iba a Los Pinos a darle funciones especiales y brindar con el Presidente López Mateos y… Ernesto P. Uruchurtu, según contaba el gran “Chino” Romero, de cuya boca escuché este chiste:

—Dígame, Humberto, ¿qué cuentos dice de mi la gente…?

—Señor presidente –respondía Humberto con  decoro–, no me atrevo.

—Dígame, dígame, insistía el veracruzano.

—Bueno, pues dicen que estaba usted en el baño de tina cuando llegó su mujer y vio algo salir del agua. Una puntita, pues. Y…

—Siga, siga, decía don Adolfo…

—Pues que ella le dijo con alborozo:

—Mira, Adolfo, mira… Y usted contuvo su entusiasmo, ¡Ay!, mujer, ni te emociones, nada más está flotando…

Y el presidente, calmado hasta entonces, se molestó y dijo:

—¡Carajo! ¿Qué quiere esta gente, que la gobierne o que me la coja?