Campañas 2018: al terminar enero, nada para nadie

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El pasado miércoles me encontré con una encuesta denominada “Perfil ideal de un Candidato”, cuyos resultados es probable no les agraden a las –dicho con respeto al género- y los, integrantes de nuestra “maravillosa” clase política; hoy enfrascados en una batalla campal por ver quién tiene la mejor ocurrencia, lanza el mejor adjetivo descalificando al de enfrente o comete más errores. Dicha encuesta realizada por De Las Heras Demotecnia tiene el objetivo conocer qué reacción le produce a los mexicanos –a los comunes y corrientes que somos mayoría- escuchar la palabra “POLÍTICO”. El resultado fue sumamente indicativo, las definiciones más recurrentes fueron “vergüenza, enojo, desprecio y repulsión”. O sea, nada que festejar y la confirmación de que la calidad de la política en México ha descendido a su peor nivel.

Es en este contexto de desencanto social, el proceso electoral se desenvuelve de una forma cruenta de lucha por el poder y todo lo que ello significa para candidatos, partidos, grupos de interés, organizaciones fácticas -cuyo desempeño y participación se da en los límites de la legalidad e incluso en la más absoluta ilegalidad-, empresarios, banqueros, inversionistas e iglesias. Todos buscan cercanías, acomodos, relaciones, “contactos”, “gestores”, cabildeos con los perfilados para ocupar un cargo relevante en el siguiente gabinete presidencial, congreso federal, gubernaturas, legislaturas locales y hasta presidencias municipales. El entorno de la geopolítica internacional también cuenta y se lanzan redes de comunicación para ganar influencias regionales.

El Estado mismo, digamos los gobiernos en turno, desde la Presidencia de la Republica hasta los menos relevantes, son parte interesada y mueven sus fichas. Secreto a voces es la influencia decisiva que el Presidente Peña ha tenido en la definición del candidato presidencial del PRI. Para muchos analistas la elección del 1 de julio será un plebiscito a su actuación; de ser así, el resultado puede no ser el mejor, para él, su candidato y su partido. Durante el mes que recién terminó, la inseguridad se mantuvo en los alarmantes niveles del año pasado; enfrentamientos entre carteles y de estos con las Fuerzas Armadas a plena luz del día en Tamaulipas, haciéndole parecer una zona de guerra del Medio Oriente, obligaron incluso a cancelar una gira presidencial, aduciendo “cambios de agenda”.

El debate abierto por el Presidente Peña Nieto con las redes sociales, al inaugurar una ampliación del libramiento entre Jilotepec y su bastión de origen Atlacomulco, a las que recriminó “a veces son muy irritantes y a veces les gusta hacer señalamientos muy duros y muy lapidarios y poco recogen de los logros y de los avances que hemos tenido como nación”; tuvo, como era de esperarse un efecto boomerang, negativo. No son pocos quienes advierten una errática comunicación de los logros del gobierno federal por parte del área responsable. A ello hay que agregarle debates mediáticos como el promovido por el gobernador de Chihuahua, Javier Corral, en contra de la Secretaria de Hacienda, al que también se respondió tarde y mal. Todo ello en su conjunto impacta en la baja aprobación –después del repunte de septiembre y octubre pasados- del Presidente Peña en las encuestas recientes.

Ya en este terreno, el de las mediciones de intención del voto, durante el mes de enero la controversia se centró en definir quién de entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya termina el periodo de pre-campañas (que en realidad son una bufonada porque en los hechos son candidatos únicos) colocado en el segundo lugar, asumiendo como una realidad que al término de este primer mes, con más o menos margen, Andrés Manuel López Obrador encabeza todas las preferencias de intención de voto.

El 29 de enero, el Periódico El Universal dio a conocer una encuesta nacional de Buendia-Laredo con las siguientes predicciones: Andrés Manuel López Obrador 32%, Ricardo Anaya 26%, José Antonio Meade 16%; los Independientes Margarita Zavala y Jaime Rodríguez aparecen en un lejano 4% y 2%. De inmediato, la medición fue descalificada por Enrique Ochoa, argumentando que “la casa encuestadora trabaja para el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Acción Nacional. En consecuencia arroja resultados atípicos y tiene un conflicto de intereses porque tiene como uno de sus clientes al blanquiazul de Ricardo Anaya”. Y remató “la casa encuestadora no puede arrojar resultados que puedan ser creíbles para la ciudadanía, ni que merezcan un análisis profundo”. Por su parte, el PAN de Anaya festinó y Morena de Andrés Manuel no hizo mayor eco. No lo necesitaba.

La respuesta –diría Reyes Heroles que “en política nada es casual todo es causal”- no se hizo esperar. El 31 de enero, el Heraldo público otra encuesta, levantada por Suasor Consultores, en la que López Obrador obtiene el 25%, seguido de José Antonio Meade con el 22% y Ricardo Anaya en un muy cercano 20%. En esta medición lo destacable es que se privilegia informativamente la “ventaja” de los indecisos que alcanzan la cifra del 28%, porcentaje de electores que en la encuesta de Buendia-Laredo se presenta en otros términos y en un segundo plano. El 43% “Ya está convencido de por quién votar”, mientras que el 54% “está todavía dudoso de por quién votar”.

Ante tal escenario. Febrero inicia con la disputa narrativa de cuál candidato se consolida como el segundo lugar a 5 meses de la elección presidencial. Dado que ninguna de las casas encuestadoras publica sus cuestionarios para con ello cumplir con el principio de replicabilidad, es imposible conocer la veracidad de lo postulado. En consecuencia, dan la impresión de ser “Trajes a la Medida” y dan a ambas campañas espacio para pregonar ir a la alza. Lo que sí podemos percibir con certeza es el pulso, el terreno en el que ambos candidatos se desenvuelven. Meade permanece ensimismado en la campaña que lo obligan a hacer; no se percibe a un candidato que controle su agenda y decisiones. Agresivo una semana, conciliador la otra, incapaz de articular una narrativa que no sea de obviedades (“La pobreza tiene rostro de mujer indígena”, “La Ciudad de México necesita más y mejor transporte público”). Por lo que se advierte, necesita con urgencia definir un ritmo y mística propia. La de Los Pinos es muy riesgosa.

Ricardo Anaya, fiel a su estilo, parece querer consolidar primero su coalición interna. Se ha reunido con legisladores de los tres partidos que lo postulan, ha arropado a Alejandra Barrales, su compañera de viaje; visitado a comodidad su natal Querétaro. Por supuesto, si quiere crecer tendrá que encarar ruedos más retadores, afinar las propuestas y hacer frente a su pasado reciente de traiciones, desencuentros y paradójicamente de los halagos que le brindaba a “Tirios y Troyanos”. Para muestra ahí está el video donde sublimiza a Meade.

Por su parte, López Obrador permanece en las alturas de todas las mediciones pero con nubarrones a la vista por las formas en que se han impuesto las candidaturas a los gobiernos de Morelos y Chiapas. La primera será para Cuauhtémoc Blanco, mientras que la segunda para Rutilio Escandón. Morena comienza el mes en la encrucijada interna de la erradicación del disenso en pos del bien mayor, o la formación de voces críticas que den cauce al malestar de la militancia en varias entidades

Lo cierto es que al término de enero y a una semana de entrar al “periodo de silencio”, lo único real es que nada está decidido. Así lo revelan las dos encuestas comentadas: 28% está indeciso por quién votar en la de Suasor Consultores: 54% no ha decidido su voto en la de Buendia-Laredo.

¿Alguien puede asegurar que esto ya está decidido?

RAÚL CASTELLANOS HERNÁNDEZ / @rcastellanosh

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