La forma como el populismo se convierte en fascismo (o dictadura) es lenta, imperceptible en ocasiones, pero inevitable. La exaltación de los valores inherentes a una entidad difusa y segmentada llamada “el pueblo “(o el pueblo bueno) se plantea como una alternativa moral y un destino justiciero. En su nombre todo es posible y válido, sobre todo cuando un caudillo se auto designa su intérprete, protector y único guía.

Por eso nos deben preocupar seriamente las voces en cuyo grito guerrero y reivindicador, se dice, los traidores al Cerro de las Campanas o los empresarios a sufrir expropiaciones por falta de respaldo a una y otra política.

Confiscar; expropiar sin causa de utilidad pública real, torcer los mecanismos legales para respaldar una política propia, una idea personal o un proyecto de grupo, es una aproximación peligrosa al fascismo, lo cual en esencia no es sino la imposición de la fuerza como único (no como último) recurso.

Umberto Eco, cuyas reflexiones en este sentido son indispensables, nos advierte sobre aquel fenómeno italiano cuya invertebrada y a veces contradictoria condición lo convirtió en cabús de nazismo hitleriano.

“…El fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones”.

“El fascismo fue, sin lugar a dudas, una dictadura, pero no era cabalmente totalitario, no tanto por su tibieza, como por la debilidad filosófica de su ideología. Al contrario de lo que se puede pensar, el fascismo italiano no tenía una filosofía propia: tenía sólo una retórica.

“La prioridad histórica no me parece una razón suficiente para explicar por qué la palabra «fascismo» se convirtió en una sinécdoque, en una denominación ‘pars pro toto’ para movimientos totalitarios diferentes.

 

Hoy en México las contradicciones entre el ser, el decir y el actuar, especialmente por ese nuevo muégano (colmena, lo llamaría Umberto) llamado “Morena” (evolución personalizada del fracasado caciquismo cardenista-perredista), donde caben (como en aquel tenían cupo) todos quienes quieran entrar al saco del oportunismo redentor, se expresan en la convicción ya sembrada de una eminencia electoral inevitable en la cual no hay opción sino para la victoria o la rebelión.

Soltar al tigre, pues.

Ya tendrán tiempo los filósofos de la sociología para explicarnos en el futuro cómo fue posible implantar en la conciencia de millones y millones de personas la confianza en quien no sólo ha traicionado en los hechos la esencia de todos sus dichos (especialmente la honestidad), sino ha desafiado todos los planteamientos lógicos con la pública complicidad de la desmemoria.

En esas condiciones Andrés Manuel tiene todo para ser un caudillo perdurable e invulnerable. Antes de este tercer intento por alcanzar el poder, ha sido “gobierno sombra” y “presidente legítimo”.

Su capacidad personal para la agitación de masas es incomparable con nadie en la historia de México.

Hoy nos estamos aproximando a una época similar al santanismo, como dijo Enrique González Pedrero en su obra “El país de un sólo hombre”, dedicado al análisis de la otra “Alteza Serenísma”: “…hubo política, mucha política, quizá demasiada política (politiquería, diríamos), pero no hubo Estado”.

Hoy el Estado es una mera invocación.

Su papel primordial, la seguridad de los habitantes, la posibilidad de convivir y no de morir según el aleatorio reparto de las casualidades o de estar en el lugar inadecuado en el momento inoportuno; ha sido rebasada por una delincuencia tan poderosa como para no encontrar límites en la próxima presidencia, cuya autoridad se descargará completa en la nivelación (según ella), de las oportunidades y riqueza del país; es decir, requisando, imponiendo leyes territoriales de reparto, elevando impuesto al suelo y la propiedad; haciendo una Reforma Urbana por la cual se impida la concentración inmobiliaria y en caso dado la congelación de activos o “el corralito” argentino.

Como hicieron los Kirschner.

La canonización del “pobrismo”; es decir, primero los pobres nunca nos ha dicho cuál es la finalidad de su preminencia. ¿Primeros para la educación de calidad (no como los palmípedos de preparatorias y universidades sin nivel ni cátedra; concentraciones de formación de cuadros anarquistas, cuando más)?, ¿primeros en empleo (más allá de las clientelas informales)?, ¿primeros en dejar de ser pobres?

La pobreza intelectual siempre lleva a la pobreza política. La oferta simplona como impedir un aeropuerto, construir refinerías de petróleo sin proyecto, ni dinero, ni tiempo (ni petróleo), etc., son pruebas de penuria técnica y sentimentalismo político.

Considerar nada más la parte emocional del líder o, como decía líneas arriba Umberto Eco, no tener una filosofía propia, sino cuando más una retórica sobada y pulida a lo largo de los años, arraigada en el mantra de una repetición constante sobre la cabeza de un pueblo inculto, pobre, desinformado y crédulo no puede ser sino un presagio ominoso.

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