Armamentismo, cerrazón y convivencia

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Masacre en Las Vegas

Rafael Cardona

Una vez más, por desgracia, la torcida interpretación constitucional del armamentismo doméstico en los Estados Unidos, fenómeno a escala del militarismo tradicional estadunidense, componente fundamental de la idiosincrasia de ese país, cobra un enorme número de víctimas entre muertos y heridos.

Quienes respaldan a los armamentistas ciudadanos o a los ciudadanos armados, como se quiera, entonarán la eterna canción cuya Segunda Enmienda constitucional, compendia y protege por los siglos de los siglos (ya llevan dos) la Ley del Revólver, mientras las voces más razonables propondrán, una vez más de manera infructuosa, el control de las armas, como se hace en cualquier otra parte del mundo libre, si esa rancia definición de los tiempos de la guerra helada aún significara algo para alguien.

Un tirador solitario, atrincherado en los ventanales de un hotel de lujo en Las Vegas, dispara sin cesar contra una multitud reunida para atender y celebrar un concierto de música “country”. Mata a más de 50 y hiere a varios cientos más. La policía lo “suicida”. El círculo se ha cerrado.

La responsabilidad no es de nadie, es de un loco.

Pero a ese loco alguien lo ayudó a enloquecer de tal manera. No se sabe si fueron las decisiones de los presidentes de un país cuya historia es una prolongada guerra o los discursos patrióticos de John Wayne o Rambo. Lo mismo da.

Así lo publica el NYT, como quien esquiva el golpe:

“…Un hombre, identificado por las autoridades como Stephen Paddock, abrió fuego la noche del domingo durante un concierto al aire libre en un hotel de Las Vegas, lo que resultó en más de 58 personas muertas y unos 515 heridos. Este es uno de los tiroteos más mortíferos en toda la historia estadunidense.

“La Policía Metropolitana de Las Vegas reportó que Paddock, de 64 años, se suicidó poco antes de que las autoridades irrumpieran en el cuarto del hotel desde el cual disparó y que estaban en busca de su “acompañante” de nombre Marilou Danley.

“El presidente Donald Trump declaró en conferencia de prensa que visitará la ciudad de Nevada el miércoles para reunirse con víctimas y familiares.

“Fue un acto de maldad pura”, dijo Trump, quien mencionó que esa maldad no debía afectar la unidad nacional.

“…Lo sucedido en Las Vegas no fue el único incidente violento el fin de semana. En Marsella, Francia, un ataque en una estación de trenes provocó la muerte de dos mujeres y fue reivindicado por el Estado Islámico; mientras que los habitantes de Edmonton, en Canadá, sufrieron un atentado en el que un policía fue acuchillado y cuatro personas fueron atropelladas con un camión.

“Las autoridades canadienses indicaron que habían hallado una bandera negra del Estado Islámico en el automóvil personal del presunto responsable”.

O sea, vamos buscando comales para charlar con la olla.

Y en ese mismo sentido es imprescindible recordar la conferencia de Mariano Rajoy hace tres años.

Todavía no se preparaban las más cercanas elecciones generales, cuyo gobierno tardó casi un año en ser formado, pero ya Rajoy decía sobre el referéndum catalán: “No será posible mientras yo esté en el puesto. Mi responsabilidad constitucional es preservar la unidad de España.”

Pero este pobre hombre no lo entiende.

Si existiera (en cualquier fecha de la historia peninsular) la unidad en España, no habría ocurrido esto (NYT):

“… El gobierno catalán indicó hoy por la mañana que considera vinculantes y válidos los resultados del referéndum independentista celebrado ayer en la región, en medio de enfrentamientos con la Policía y la Guardia Civil, que usaron balas de goma y porras en contra de personas que querían votar o resguardar las casillas.

“El referéndum fue declarado ilegal por las cortes españolas y por el gobierno de Mariano Rajoy, pero el líder catalán Cales Puigdemont indicó que con un supuesto voto del 90 por ciento a favor de la independencia tiene “el deber de tomar decisiones políticas”.

En todo esto pensaba ayer en un desayuno espléndido, derivado de algunas cosas menos agradables y cuya naturaleza y trascendencia ya quedaron debidamente salvadas, en el cual compartí la mesa con estas personas:

Reneé Dayán, directora de Tribuna Israelita (primero las damas); Moisés Romano, presidente del Comité Central de la Comunidad Judía de México, A.C.; Mauricio Lulka, director general de ese mismo comité; Elías Achar, presidente de la Tribuna Israelita, y mi fraterno amigo Alfredo Carrillo Chenchovsky.

Tiempo de concordia, tiempo de convivencia.

Me hubiera gustado ver ahí a otros, aunque fuera en la mesa de junto.

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