El Congreso de la Ciudad de México (iba a escribir el H. Congreso, pero su honorabilidad todavía no está probada), les tomará protesta hoy a los (semi) alcaldes de las demarcaciones en las cuales está dividida la capital del país, en irracional calca de las delegaciones de cuando esto se gobernaba a través de un departamento administrativo dependiente del Ejecutivo Federal.

La vieja estructura territorial de tiempos de Luis Echeverría, tuvo como invocación acercar al ciudadano con la autoridad. No designarla, no elegirla, no otra cosa sino ponerse de acuerdo para los fines burocráticos de los servicios urbanos. Y disminuir la corrupción, asunto imposible: la izquierda la multiplicó por 16.

Tiempo después se optó (en tiempo del ingeniero Cuauh­témoc Cárdenas), por someter los nombramientos a la ratificación de la Asamblea de Representantes (una Cámara de Diputados de segunda división). Si las delegaciones fueron un simulacro democrático; el procedimiento de ratificación también. Cárdenas dominaba la asamblea.

La existencia de las alcaldías en la Ciudad de México, cuyos nuevos administradores tratan de presentar con otra marca alejada de la CDMX de Miguel Ángel Mancera, quien fue el promotor del dicho marco jurídico, se debe a la novísima Constitución Política de la Ciudad, redactada por un centenar de talentos cuyo genio no se advierte por ninguna parte.

Sus autores, entre ellos el gran Alejandro Encinas, quien fugazmente calentó la silla del Jefe de Gobierno para garantizar las facilidades necesarias al plantón de protesta del entonces candidato derrotado en las elecciones del 2006, Andrés Manuel López Obrador, en el Zócalo y Reforma, nos dijeron siempre, ésta es la primera constitución de la ciudad en 500 años, lo cual es cierto a medias, porque ésta ya era una ciudad cuando se promulgó la Constitución de Cádiz, con todo y uno de los diputados (José María Couto), entre otros novohispanos en la corte.

Y tan fue la Constitución de esta ciudad, como para llamarle con su nombre al principal espacio urbano, Plaza de la Constitución, años después conocido como Zócalo, en homenaje a la más mexicana de las costumbres: dejarlo todo a medias. Como el país.

Juan Pedro Viqueira Albán, autor del ensayo histórico, ¿Relajados o reprimidos?, cuyo texto analiza las formas de diversión en la Ciudad de México durante el siglo de las luces, nos explica cómo esta capital siempre ha estado sujeta al molde de la oportunidad, al vaivén de las casualidades; antes foráneas, ahora internas.

“…La expulsión de los ejércitos invasores de España y el regreso de Fernando VII en 1814, paradójicamente echaron por tierra todas las reformas promovidas por las Cortes de Cádiz. Apenas el rey se cercioró de su popularidad entre el pueblo y el Ejército, abolió la Constitución de 1812, restaurando así la monarquía absoluta.

“Las noticias del regreso del rey y la supresión de la Constitución gaditana, llegaron juntas a la Nueva España. El Virrey, Calleja, que siempre se había opuesto a la aplicación de la Constitución, las recibió el 5 de agosto de 1814, con “indescriptible júbilo”, y para darlas a conocer a la ciudad, ordenó que se celebrara en la Catedral un grandioso Te Deum.”

Como el libro de Viqueira habla de las diversiones y entretenimientos públicos, nos comenta de igual manera el sutil entramado entre las diversiones populares y el manejo de las masas. Aquello el pan y el circo tan viejo como la historia misma.

“…Para festejar estos acontecimientos el virrey mandó también que se celebrara una gran temporada de toros, espectáculo adecuado para la ocasión (prohibido, —­sin embargo y sin cumplimiento cabal— por Carlos IV en 1805 y signo de ideología entre liberales y no tan liberales). Los liberales, para quienes la supresión de la Constitución era una grave derrota, vieron en estas corridas de toros un claro símbolo del regreso al viejo orden.”

Hoy no podemos hablar de un virreinato en la ciudad de México alguna vez muy noble y muy leal según dijo Carlos V cuando le entregó su escudo de armas con todo y la incorporación de los plebeyos nopales a la distinción heráldica europea, como si no hubieran sido suficientes la calzadas mexicas y el torreón español sobre la laguna del ombligo lunar.

La actual ciudad no conoce un virreinato. Cuando mucho, una regencia, pues todos sabemos las limitaciones de la señora Claudia Sheinbaum en materia de autonomía. Ella no está para servir a la ciudad sino para obedecer al Presidente Electo (y más cuando ya lo sea en funciones); pues es parte de un proyecto político de largo alcance.

Su estrategia es la imitación. Si Andrés Manuel va a Tlatelolco; ella va a Tlatelolco. Si su jefe político, amigo y protector hace una gira nacional de agradecimiento por los millones de votos recibidos, ella peregrina por toda la ciudad con idéntica gratitud.

En fin, ya falta menos.