Dentro de un mes comenzará el nuevo gobierno. Al menos, se iniciará de manera formal y constitucional, pues fuera de eso, en el uso cotidiano y en el ejercicio anticipado del poder, así sea mediante anuncios trepidatorios de cómo se dibuja el porvenir, la presidencia electa más bien lo parece en ejercicio pleno.
Así ha sido gracias al ansioso fervor de Andrés Manuel por el ejercicio del poder, y a la disminución —casi hasta la evanescencia— del anulado y desdibujado régimen de Enrique Peña, quien ya sorbe cada día los amargos tragos del cáliz de la derrota.
Pero el repertorio de sorpresas y la capacidad de exposición provechosa del Presidente Electo parecen no tener límites. No se acaban los conejos de su mágico sombrero de copa.
Al día siguiente de la conferencia de prensa en la cual dio a conocer no sólo le decisión de abortar el aeropuerto de Texcoco, sino de poner límites entre el poder político y el poder económico, con Poncho Romo y José María Riobóo como testigos en la mesa principal y el fin de los empresarios rapaces, Andrés Manuel divulgó un mensaje cargado de símbolos, semióticamente muy interesantes.
Sentado con una actitud de extrema tranquilidad, acentuada por lo neutro de su entonación, calmoso y hasta afable en su argumentación, Andrés Manuel puso por delante algunos símbolos de su persona y su trayectoria.
Cuatro bronces a su espalda, colocados en una mesa de altas patas. Juárez (imposible no mostrarlo en sus dos versiones); Morelos y Cárdenas. Además, una fotografía pequeña del general, con marco rojo, colocada en el ángulo inferior izquierdo de la pantalla. Atrás de las esculturas (de muy escaso valor artístico, por cierto), un cuadro en el cual luce el escudo nacional. La constancia de triunfo, así nomás, como al desgaire.
En otra mesita, a noventa grados de la anterior, luce una bandera mexicana muy diferente a la actual: el águila del campo blanco del pabellón tiene las alas abiertas, como aparecía durante el Imperio, la Reforma y el Porfiriato, y hasta en el respaldo de las bancas de los parques públicos.
Fue la bandera utilizada por la “Presidencia legítima”, cuando la verdad no era circunstancia real sino anhelo esquivo.
Sin embargo lo más sorprendente no es eso, sino los libros exhibidos en aparente casualidad. ¿Quién manda aquí?; se llama uno. Y de él hablaremos otro día. Otros encuadernados con pastas rojas y no identificados por esta columna, y las Memorias de Adriano, libro fundamental de la escuela preparatoria.
—¿Le dirá algo Adriano a Andrés Manuel? ¿Conversarán estos dos hombres? Quizá estas frases le hayan impactado a nuestro futuro presidente. Veamos:
“…Para un hombre refinado, la eminencia en los negocios humanos significa un obstáculo más grave, pues el poder casi absoluto entraña riesgos de adulación o de mentira. La idea de que un ser se altera y cambia en mi presencia por poco que sea, puede llevarme a compadecerlo, despreciarlo u odiarlo…
“…He mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos. La verdad que quiero exponer aquí no es particularmente escandalosa, o bien lo es en la medida en que toda verdad es escándalo…
“…hice fundir e incorporar a las arcas del Estado la colosal vajilla de plata que había servido para la gula de Vitelio…
“…Parte de nuestros males proviene de que hay demasiados hombres vergonzosamente ricos o desesperadamente pobres. Hoy en día, por suerte, tiende a establecerse el equilibrio entre los dos extremos; las colosales fortunas de emperadores y libertos son cosa pasada; Trimalción y Nerón han muerto.
“Pero un inteligente reajuste económico del mundo está todavía por hacerse. Cuando subí al poder renuncié a las contribuciones voluntarias ofrecidas al emperador por las ciudades, y que no son más que un robo disfrazado…
“…La mayoría de nuestros ricos hacen enormes donaciones al Estado, a las instituciones públicas y al príncipe. Muchos lo hacen por interés, algunos por virtud, y casi todos salen ganando con ello….
“…Somos funcionarios del Estado, no Césares…
“…Mi séquito, reducido a lo indispensable o a lo exquisito, me aislaba poco del resto del mundo; velaba por mantener la libertad de mis movimientos y para que pudiera llegarse fácilmente hasta mí…
“…Las provincias, esas grandes unidades oficiales cuyos emblemas yo mismo había elegido, la Britania en su territorio rocoso o la Dacia y su cimitarra, se disociaban en bosques donde había yo buscado la sombra, en pozos donde había bebido, en individuos hallados al azar de un alto, en rostros elegidos y a veces amados.
“…Conocía cada milla de nuestras rutas, quizá el más hermoso don que ha hecho Roma a la tierra…”
Pero en el libro se advierte:
“…nada puede exceder de los límites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años”.

 

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